De cuerdas y pasiones: El violonchelo como forma de vida
Desde la primera vez hasta la consolidación de una carrera, cuatro violonchelistas relatan cómo es conectar con este instrumento, siendo León un punto de encuentro de generaciones unidas por la música
Mary Elenne Castro Mares
José Luis Herrera: El violonchelo como decisión de vida
Lo que lo atrajo del violonchelo no fue solo su sonido, sino su complejidad y versatilidad.
“Es un instrumento que tiene muchísimas capacidades. Puedes tocar agudos, graves, profundos, suaves... Es como una bicicleta comparada con un Ferrari. Puede hacer todo lo que quieras, todo lo que le pidas”.
José Luis Herrera ha sido formado por figuras como Natalia Melinkhova, José Luis Gálvez y Keith Robinson, y ha tocado en ensambles de cámara, orquestas y festivales de renombre nacional.
Andrea Casarrubios: Tocar, componer, enseñar... y expandir
“Es una comunidad muy bonita de violonchelistas. Todo el mundo viene con muchas ganas de aprender, de escucharse, de tocar juntos”, dijo, ya instalada en el Festival Internacional de Violonchelo de León.
No es la primera vez que la invitan, pero sí la primera en que logra coincidir.
“Mis días son todos muy diferentes. Hay meses que estoy viajando más por conciertos, otros que me dedico más a componer. Intento alternar”.
Describe su rutina con precisión: estiramientos, cuidado mental, escalas, estudio de repertorio... y composición nocturna.
Cada bloque de su día tiene un propósito: preparar el cuerpo, organizar la agenda, hacer música o escribirla.
Durante sus clases en el festival, donde ha impartido masterclasses y asistido a talleres, Andrea se centra en algo más que la técnica.
“Cada alumno necesita algo distinto. A veces es confianza, otras veces es empoderarse, tener control técnico del instrumento... pero lo que quiero sobre todo es inspirarles musicalmente”.
Un instrumento íntimo y expansivo
Cuando habla del violonchelo, lo hace desde la experiencia personal, pero también desde el conocimiento profundo de su sonido.
Pero lo importante no es su tamaño, sino su capacidad expresiva. Por eso valora tanto el modelo del festival: conciertos, sí, pero también talleres, clases, escucha mutua.
En ella, todo se entrelaza: lo que compone nutre lo que toca, lo que enseña refleja lo que ha vivido, y lo que escucha se convierte en impulso creativo.
Aprender, rodearse y seguir tocando
“Llegué y me la pasé súper. Este año decidí volver”, cuenta. Esta vez, no dudó. Otro amigo se le unió en el viaje y el plan quedó hecho: “Dijimos, ‘no, pues vamos’”.
Lo que lo hace volver no son solo los conciertos ni el ambiente general del festival, sino el acceso directo a maestros internacionales y la oportunidad de recibir observaciones uno a uno.
Un encuentro con el instrumento que eligió quedarse
Víctor Martínez Volante tiene 18 años, es originario de Playa del Carmen y lleva una década tocando el violonchelo.
Ya había participado en otros festivales, pero este le resulta distinto. Para Víctor, el que todo esté enfocado exclusivamente en el violonchelo marca una diferencia profunda.
“He ido a otros festivales y sí me han dicho como tips o consejos, pero creo que lo que he escuchado aquí me ha servido más porque pues es obviamente del instrumento”, dijo.
Víctor comenzó tocando el piano, y más adelante probó el violín, pero nunca logró conectar con él. Todo cambió cuando le ofrecieron probar un violonchelo.
Sobre la dificultad del instrumento, es claro: todo instrumento tiene su complejidad, pero lo que marca la diferencia es la actitud.
“Si tienes el deseo de aprender, se hace más ligero el aprendizaje”, reflexionó.
“Realmente puedo darme el lujo de tener un chelo propio y de poder darle mantenimiento seguido”, dijo, sin perder de vista el privilegio que eso representa.





























