La escena seguía ahí, estática, Maribel se armó de valor y lanzó unas palabras a la niña:
–¿Quién eres?, ¿por qué estás aquí? –La entidad levantó el rostro a una velocidad endemoniada, abrió los huecos donde quizá un día tuvo ojos, alargó su boca y dibujó una sonrisa de dientes viejos y chuecos, luego respondió:
–Ni con mil vueltas vas a enflacar maldita gorda, muérete y púdrete en tu propia grasa.
–Ni con mil vueltas al parque vas a enflacar maldita gorda, muérete y púdrete en tu propia grasa.
Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
Desde París hasta el Estadio Azteca, colectivos, artistas y activistas han convertido el arte urbano, las intervenciones simbólicas y los actos públicos en una forma de crítica contra los costos sociales, ambientales y territoriales que dejan los Mundiales
El jueves y viernes Santo forman parte de los días más importantes de la Semana Mayor al conmemorar los últimos momentos de Jesucristo y dando origen a diversas tradiciones
El escritor desmenuza en su nuevo libro las hazañas de los mundiales, los sobornos, los negocios ilícitos y la violencia deportiva, sin dejar de lado el crecimiento del futbol femenil, en el contexto de un mundial marcado por tensiones políticas y sociales
Hablar de fantasmas en Durango, es como hablar de mariscos en alguna costa / Foto: Alberto Serrato
Hablar de fantasmas en Durango, es como hablar de mariscos en alguna costa y es que la vejez de este pueblo ocasiona el almacenamiento milenario de tantas energías que de alguna u otra forma se han fugado de este mundo bajo distintas circunstancias: enfermedad, casualidad o la maldad.
Maribel ha ganado unos cuantos kilos porque desde lo ocurrido, dejó de lado la idea obsesiva de correr ocho kilómetros diarios en el parque guadiana, pues teme que sus ojos vuelvan a ser testigos de lo que jamás podrá salir de su mente y que cada noche la atormentará hasta el resto de sus días.
Eran las 4:10 de la mañana. El bullicio de la ciudad, apenas parecía un lamento lejano y poco a poco tomaba fuerza con el sonido de algunos carros que pasaban en la avenida principal conexa a los puentes gemelos. Ella tiene 29 años, es empleada de una escuela estatal y hasta hace dos semanas tenía el hábito de levantarse a las 4:00 am para hacer ejercicio, quemar algunas calorías, regresar a bañarse, desayunar e irse a lidiar con el sistema educativo y con sus más de mil defectos. Tenía dos años trabajando y el estar sentada en una oficina siete horas al día, durante cinco días a la semana, según ella, le había creado un ligero problema de sobrepeso en el abdomen, no era notorio, pero se convertía en un trauma, y quizá aunque lo hubiese sido nunca debió ser motivo de complejo, pero el mundo superfluo de redes sociales y los estándares de belleza que todo el tiempo consumía, la llevaron a ese estricto ritmo físico con el objetivo de volver a tener sus medidas habituales y ¿por qué no? mejorarlas también.
Se levantó de la cama, miró el reloj colocado en su buró y parpadeaba con números rojos, marcaba las 12:00 am, notó que se había desconfigurado, por suerte ya tenía bien cronometrado el sueño y se dio cuenta de que ya era hora de levantarse para hacer el sacrificio del día a día, pues si o si, no dejaría de pesar 55 kilogramos. Se enfundó unos justos de licra, sus Reebok, un top atlético, luego se hizo un batido de plátano, se lo zampó como si fuese el último de su vida, se lavó los dientes y salió a la calle.
Una luna llena brillante aún bañaba la calle principal de la colonia obrera, pensó en pedir un Uber, pero su mente le advirtió que quizá sería más seguro irse caminando. Cerró la puerta, se colocó unos audífonos y le pidió a Siri reproducir música folk 2025 y mientras ella escuchaba guitarras con ritmos hippies y una voz muy a lo Laferte, el silencio en la calle propiciaba el ambiente de una próxima escena de horror, pero ella no lo antojaba así, porque su mente solo podía visualizar el pensamiento de lograr quemar por lo menos 200 calorías en su ritual matutino.
Atravesó la colonia obrera, el ISSSTE, el IMSS, luego un par de funerarias y a pesar de estar rodeada por una escenografía sacada de un cuento de horror tradicionalista, era su rutina y no le generaba algún miedo, sin embargo, no era tan grato ver ataúdes apilados a través de una gran ventana y codificar en el subconsciente que uno muy similar algún día sería su morada eterna. Cruzó la calle y llegó al parque Guadiana donde sucedió el amargo encuentro.
La entrada lateral del parque, como siempre era oscura y fresca. Una grabadora vieja sonaba con canciones regionales clásicas desde la caseta del velador, ella miró al interior y pudo ver a un hombre de algunos cuarenta y pico de años, estaba echado boca arriba sobre una silla blanca de plástico, con una gorra del municipio cubriéndole medio rostro, dejaba ver una boca abierta con dientes amarillos y un hilo de baba escurriéndole hasta el pecho. Maribel quiso reírse, pero lo dejó pasar por alto y se dispuso calentó sus tobillos al pie de la pista de trote, lo hizo girándolos quince veces hacia afuera y otras quince hacia adentro. El cielo ahora se teñía de azul intensos, profundos y en los próximos cincuenta minutos se tornaría rojizo para dar paso a la luz del día, ella no perdió mucho tiempo y se montó a la pista para darle gas a esas 200 calorías del día. Dio una vuelta al parque, luego dos, los zopilotes aún dormían y algunos ya dejaban verse en lo más alto de los árboles con las alas abiertas para darse un baño del sol que de una u otra forma parecía tardarse y en la tercera ocurrió el fenómeno.
Maribel no perdía ritmo, la música se sincronizaba con sus latidos y su respiración. Algunas venas en sus brazos saltaban ligeras y la hacían ver más blanca que de costumbre. Llegó a la altura del kilómetro 1.2 frente a unos juegos posados al fondo de la pista, sin sentido perdió el ritmo y en su cuello sintió una agitación acompañada de pulsaciones anormales, era algo parecido a una taquicardia, prefirió detenerse pues era algo que nunca había sentido. Las pulsaciones se convirtieron en hormigueos, entonces fue cuando ella decidió salirse de la pista y caminar hacia los juegos donde pensó que quizá podía sentarse un poquito para recuperarse de esa mala sensación. Caminó a pasos lentos, detuvo la música y se quitó los audífonos. No había silencio y por contrario el ritmo de la ciudad ya podía escucharse como un leve rugido, pero aún había algo de oscuridad en donde ella se encontraba pues el municipio no había reparado unas cuantas luminarias fundidas ya desde hacía unos años a la fecha. Se sentó sobre una resbaladilla, miró sus tenis cubiertos de un polvo rojizo, luego echó un vistazo a sus brazos y las venitas dilatadas ya habían desaparecido, su cuello ya no palpitaba y el corazón funcionaba a ritmos normales, al menos hasta el momento en que escuchó el rechinar de uno de los columpios y un ligero sonido en forma de siseo ocasionado por una boca.
–Dios mío, ¿qué es eso? –Pensó sin el deseo de voltear a comprobarlo. Lo primero que se vino a su mente, fue el acoso de algún borracho que se había quedado por ahí a dormir, luego la idea de que quizá era algún zopilote rondando en los juegos y cuando decidió voltear a comprobarlo, ninguna de las dos premisas mentales coincidió, porque lo que estaba ahí era una niña columpiando, siniestra, sin vida y sin ojos.
Maribel sintió un mareo y tuvo un sentimiento de irrealidad, porque no podía ser cierto estar ahí vulnerable, frente a una niña sin ojos, enfundada en un vestido mugroso, como sacado de una tumba. Ella volvió a cerrar los ojos y cuando los abrió, la niña no había desaparecido, seguía ahí, tan real como el velador chorreando saliva en la caseta y como algunos de los corredores que jamás advirtieron del oscuro encuentro a pesar de que ella jura haber gritado a los cuatro vientos.
La pobre chica desencajó su rostro, no por la ofensa, sino por la naturaleza de esa interacción. Ella ya no quiso ver más, pero no pudo correr, tomó una cruz que siempre la acompañaba en su pecho, cerró los ojos con fuerza y lanzó en repetidas ocasiones una oración que según su abuela muerta diez años atrás, era para alejar malos espíritus. Ella se hincó, lo hizo en silencio y llena de fe. Cuando abrió los ojos, el columpio estaba vacante para alguien más, el sol ya dibujaba los relieves del parque en tonos rojizos y algunas personas la miraban como si fuera una persona lejana de la salud mental. Ella regresó a su casa con esas 200 calorías en su cuerpo y con la horrible imagen de esa niña en su mente, diciéndole:
Maribel hoy tiene la duda si ese demonio era real o tan solo era su mente castigadora en relación a su autopercepción. No lo sé, lo único que puedo decirle es que viva feliz como Dios se lo permita y que en la medida correcta cuide de su salud sin caer en obsesiones ocasionadas por los estándares de belleza otorgados por las redes sociales.