Claudio nunca olvidará la letra “E”, porque era el nombre de la fila donde él se encontraba limpiando cuando sucedió el horrible encuentro y ahora que piensa en esa letra siempre evoca la palabra “espectro” porque eso fue con lo que se encontró ese mal día.
Hoy Claudio se encuentra estable, pero no volverá a entrar al cine pues aunque se muestra sano, dice que jamás le entregará su alma a eso que lo atormentó en una sala de un cine.
Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
Desde París hasta el Estadio Azteca, colectivos, artistas y activistas han convertido el arte urbano, las intervenciones simbólicas y los actos públicos en una forma de crítica contra los costos sociales, ambientales y territoriales que dejan los Mundiales
El jueves y viernes Santo forman parte de los días más importantes de la Semana Mayor al conmemorar los últimos momentos de Jesucristo y dando origen a diversas tradiciones
El escritor desmenuza en su nuevo libro las hazañas de los mundiales, los sobornos, los negocios ilícitos y la violencia deportiva, sin dejar de lado el crecimiento del futbol femenil, en el contexto de un mundial marcado por tensiones políticas y sociales
La Iglesia Católica indica que las personas de 14 a 59 años no deben comer carne, excepto quienes están enfermas; la tradición se puede intercambiar por otras abstinencias
(...) Claudio no necesitó escarbar en leyendas antiguas para llevarse el susto de su vida mientras limpiaba las butacas de un popular cine / Foto: cortesía / Alberto Serrato
Al hablar de fantasmas, imaginamos a una mujer vestida de blanco y a una niña con un vestido antiguo lleno de fango flotando a lo lejos de un callejón tradicionalista; también revocamos a la idea espectral al siglo XIX y a hechos tristes del romanticismo oscuro, pero Claudio no necesitó escarbar en leyendas antiguas para llevarse el susto de su vida mientras limpiaba las butacas de un popular cine.
La última función de viernes de la sala 4 había terminado. El público salía por las puertas auxiliares, las risas y comentarios pronto se convirtieron en ecos lejanos que se fundieron en un silencio cotidiano del cierre. Eran las 11:35 de la noche y Claudio esperaba al pie de la pantalla de la sala 4, mientras una pareja se besaba en la fila “E” del sitio. Ellos no se habían percatado de que el joven los observaba, pues los besos y el calor del momento habían subido a niveles de cine para adultos, tan así fue que actuaban como si en un motel de paso estuviesen. El pervertido abrió los ojos, vio a Claudio en la primera fila recogiendo vasos de las butacas y eso cortó la inspiración del encuentro pasional. Ambos cerraron el pico, metieron las lenguas a sus respectivas bocas, la chica se acomodó el escote, empujó al otro partícipe y ambos se prepararon para salir de la sala. El par avanzó con una risa cínica que insinuaba la segunda parte del acto en el asiento trasero del carro, en Uber o qué sé yo. El ladino se acomodó la camisa y dejó ver en su cuello múltiples collares de santería. Claudio no pudo evitar verlos porque el hombre parecía muestrario de tienda esotérica. Éste, molesto con Claudio por haber interrumpido el acto casi sexual, le lanzó una mirada pesada y malévola, casi como la de un brujo, jurándole un castigo por haber cortado el erótico momento, pero eso no es lo importante del relato, sino lo que ocurrió cuando Claudio se quedó solo en la sala 4 donde conoció el terror en su forma más pura.
Las luces laterales de la sala estaban encendidas, Claudio a pesar de sentir la mirada de aquel hombre, no la respondió y se mostró servil. Recargó la barbilla en el palo de la escoba y suspiró, pues le llevaría al menos una hora limpiar todo el desastre de basura regado de manera uniforme en el piso. Resopló con desgano y anheló que su amiga Lisa estuviera ahí para ayudarle, pero esa tarde, ella se marchó casa temprano, luego de haberse comido una buena parte de gomitas enchiladas de la dulcería.
Claudio se resignó y preparó como un guerrero espartano; empuñó su escoba, recogedor y jaló el bote de basura. Echó un vistazo por última vez a la sala tan vacía como un lugar abandonado y pudo verse a sí mismo barriendo el sitio y esparciendo aroma sobre los asientos, pero en esa visión era un viejo, estaba arrugado y tenía una barba larga. La idea de trabajar toda su vida en el cine lo abrumó y lo llevó a otro pensamiento donde tenía que esforzarse para aspirar a algo más en la vida, volvió a la realidad y se dispuso a trabajar. Se apretó el cinturón, se acomodó la gorra y tomó sus instrumentos de trabajo, pensaba dejar impecable la sala para marcharse a casa al menos unos cinco minutos pasada media hora de las doce y así, alcanzar a dormir unas siete horas efectivas. Barrió la primera fila de asientos, luego la segunda, se fue la tercera, después a la cuarta y al llegar a la quinta, tuvo la sensación de ser observado. A menudo eso le ocurría, porque sus compañeros de turno solían hacer bromas pesadas de esa naturaleza; en una ocasión después de la película de los juegos del miedo, le habían cortado el suministro de energía para emboscarlo y dejarlo encerrado en la sala un buen rato, por eso era de esperarse una mala jugada, pero estaba seguro de que ellos limpiaban el área de snacks y Lisa seguro estaría sentada en el retrete de su apartamento pagando el KARMA por todas las golosinas que se atiborró a escondidas de la empresa.
La sensación de ser observado siguió presente y más intensa. Claudio detuvo sus actividades de limpieza, apretó la escoba con ambas manos y miró a las escaleras laterales, después al techo, bajó la mirada a la cabina, luego se agachó para ver debajo de los asientos, alzó la vista a la puerta de emergencia y no había nadie. Su corazón se agitó sin razón no porque hubiese visto algo, sino porque el malestar se convirtió en una opresión densa en el pecho y en un frío inexplicable dentro de ese sitio y digo inexplicable porque él mismo había apagado el sistema de aire cuando terminó la película. Empuñar la escoba se convirtió una especie de refugio momentáneo, porque sería su arma en caso de cualquier ataque, aunque en el fondo pensó en cómo demonios atacaría a un fantasma, el pensamiento le dio risa, trató de dejar la sugestión de lado y se enfocó en limpiar. Llegó al asiento E7 y en el respaldo había una mancha blancuzca y viscosa que se había chorreado hasta el piso. Se dio cuenta de que era el mismo lugar donde la pareja había intercambiado besos y fluidos.
Atomizó desengrasante sobre la espesa materia. Claudio sintió asco, pues dedujo el origen de esa sustancia; con una franela que llevaba colgada en la presilla del pantalón, talló un par de veces y aunque Claudio era un chico afanoso, no le importó dejar impecable ese puto asiento porque sabía de lo que se trataba. Limpió como pudo y antes de enfocarse a recoger un bote de rosetas casi lleno que seguro se le había tirado a la morbosa pareja, vio un collar de colores tirado debajo del asiento E7. Era de cuentas de vidrio coloridas e igual a los collares que traía aquel morboso en el cuello. En el centro tenía un dije extraño de color hueso y cuando lo vio a corta distancia, supo que se trataba un dedo meñique –quizá de un niño–. No quería recogerlo, pero tenía que hacerlo, sintió escalofríos y aprensó con las puntas de sus dedos para llevarlo a la basura. Casi terminaba de recoger la última roseta de maíz, cuando al final de la fila “E”, una de las butacas retumbó como si alguien se hubiese parado de golpe. Volteó de inmediato y unos pasos cortos se escucharon sobre las escaleras.
–¡Cálmate ya güeyy, te estoy viendo! –Dijo Claudio con la esperanza de que fuera su compañero Tony, pero al término de sus palabras no hubo respuesta alguna, más que el siseo de una de las lámparas laterales. El corazón de este pobre malaventurado se fue a los límites de funcionamiento, por fortuna era joven y era poco probable que sufriera un infarto, retrocedió dos pasos con la intención de ir a buscar a sus compañeros o al menos gritarles desde el pasillo lateral para desahogar ese negativo sentimiento y cuando estaba a punto de dar la media vuelta, una cabeza pequeña salió debajo del asiento que un minuto atrás se había movido por voluntad propia.
Él jura ante Dios que el dueño de la cabecita no tenía más de cinco años y que sus ojos eran dos huecos con unos puntos rojos al centro. Era un niño con una gorra del pato Donald. El niño tenía dientes filosos parecidos a los de un gato, brazos huesudos y viejos como los de un anciano y de su pecho salía un ruido similar al de un ronroneo. El niño extendió un brazo, señaló a Claudio, lo giró a 180 grados, el dedo índice se irguió y le hizo un ademán para que se acercara a él. Claudio sintió un bulto atorado en la garganta, quizá era todo el flujo de sangre derivado del colapso nervioso, quiso gritar tan fuerte que si logró hacerlo. El grito retumbó en todo el cine y al cabo de unos segundos aparecieron sus amigos en la sala 4. Ellos estaban sorprendidos y atonitos, encontraron a Claudio, sentado en uno de los escalones abrazando sus piernas, temblando, con los ojos perdidos en la nada y diciendo: díganle que se vaya, díganle que se vaya, no puedo entregarle mi alma.