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Martín Torres Padilla fue un personaje fundamental en la historia del sindicalismo mexicano. Nacido y fallecido en Orizaba, Veracruz, fue trabajador de la industria textil, diputado federal y local, y dos veces alcalde de su ciudad natal. Pero, principalmente, resalta por su labor sindical, donde logró el primer contrato colectivo de trabajo en México, lo que representó un hito histórico nacional.
Cuando murió, el sindicato de trabajadores de la fábrica El Hércules, en Querétaro, estaba a punto de concluir la construcción de su propio teatro, a unos pasos de su centro de trabajo y en la calle principal de la población cuyo nombre fue definido por la industria iniciada por don Cayetano Rubio: Hércules. En el predio, ubicado en el número once de la calle con el mismo nombre, durante unos años levantaron el inmueble donde antes hubo tienda sindical y baños.
Finalmente, en 1950 inauguraron su teatro con una capacidad de mil trescientos espectadores, apenas unos pocos años después de la puesta en marcha, en el Centro Histórico de Querétaro, de los cines Alameda y Plaza. Su capacidad respondía, más que a las características de inmuebles semejantes de la época, al número de trabajadores de El Hércules afiliados al sindicato, pues ahí pretendían llevar a cabo las sesiones del organismo.
Por muchos años, el teatro Martín Torres fue utilizado para eso, aunque también era el escenario de presentaciones artísticas (ahí se presentaron los Cómicos de la Legua de la U.A.Q. por primera vez fuera del centro de la capital queretana), caravanas musicales y celebraciones privadas de las familias de algunos de los miembros del poderoso e histórico sindicato.
Por allá de la década de los ochenta del pasado siglo, el teatro de Hércules se convirtió en un cine de moda; los habitantes de Querétaro se trasladaban hasta la llamada popularmente “hermana república” para asistir a las proyecciones de las más exitosas y taquilleras cintas de la época. Sin embargo, su tendencia cinematográfica acabó por disgustar a los vecinos de la comunidad, pues las proyecciones se tornaron de medianoche y para público adulto. Ante las quejas, las proyecciones dejaron de celebrarse y el Martín Torres volvió a convertirse en un inmueble subutilizado, sin un rumbo o proyecto claro, donde siguieron presentándose conciertos y obras de teatro, aunque cada vez en menor medida, dado su creciente deterioro. Incluso hubo intentos por convertirlo en sede de alguna compañía teatral, sin éxito.
Con el cierre de la fábrica textil y la extinción del sindicado, el teatro quedó aún más a la deriva y prácticamente en el abandono. De ahí la importancia de la nota aparecida en días anteriores donde se da cuenta de la autorización del cabildo capitalino para que el Municipio de Querétaro lo compre y lo convierta en un espacio más, abierto a las artes escénicas. Y la posibilidad es trascendente porque, si bien existe en nuestra ciudad una oferta teatral evidente, también lo es que los espacios para llevarla a cabo son escasos, sobre todo si exploramos los recintos con la infraestructura técnica necesaria para albergar cualquier tipo de espectáculo.
Llama la atención que al referirse a la futura adquisición del inmueble se hable del teatro Hércules, y no del Martín Torres, que es su nombre primigenio. Acaso sería tan importante rescatar un espacio consumido por el descuido, como el nombre de un personaje trascendental abrazado por el olvido.