Opinión
Lo público y lo social
José Narro Robles
Ventana a la Universidad

Organización Editorial Mexicana
21 de mayo de 2007

Como lo adelanté en la entrega anterior, con esta colaboración me despido de mis muy apreciados lectores. Entre los incontables temas que podría seleccionar en una ocasión tan especial, opto por hacer un comentario sobre la Universidad Nacional, su papel y su importancia en la sociedad contemporánea. Lo primero consiste en ubicar a nuestra Casa de Estudios.

Los últimos 456 años de la vida de México, han contado con sus servicios. Pocas, muy pocas, son las instituciones que se pueden preciar de un hecho de esta naturaleza. Sin embargo, la trascendencia del asunto no radica en el transcurrir de cuatro siglos y medio. La realidad es que México no sería el mismo sin su Universidad Nacional.

Los cientos de miles de profesionales que se formaron a lo largo de la historia, sirvieron a la sociedad. Durante este tiempo se produjo conocimiento, se preservó parte del patrimonio nacional, se generaron ideas novedosas y se desarrollaron conciencias democráticas, libertarias y a favor de la justicia.

La saga de la Universidad inició en el siglo XVI, sigue vigente en el XXI y no terminará en el XXIII. Hoy, la UNAM es reconocida en distintas evaluaciones como la institución primada de educación superior de Iberoamérica. Como un caso excepcional por lo que representa para el país, en comparación con otras grandes universidades del mundo.

La UNAM es grande, pero ante todo tiene grandeza. Por desgracia no todos los mexicanos pueden ser universitarios. En cambio y por fortuna, todos pueden sentirse orgullosos de esta gran institución.

¿A qué se debe todo lo anterior? ¿En donde reside la fortaleza de una institución nacida de la tradición europea previa al renacimiento? ¿Cómo ha hecho para evolucionar y llegar hoy en día a ser un organismo vivo de ciencia y cultura que se anticipa a los tiempos y las necesidades del país?

Varias podrían ser las explicaciones a esas y muchas otras interrogantes. Destaca el compromiso en todo tiempo de su comunidad. La entrega permanente de alumnos y maestros ha sido ejemplar. Sin embargo, no hay duda de que muchos de los valores y principios que hoy le rigen explican sus alcances. En este sentido pueden mencionarse: su autonomía frente a todo poder; la libertad de cátedra y de investigación; el sentido de identidad y el orgullo de pertenencia a la comunidad; el uso del diálogo, la razón y el derecho como fórmulas para resolver las diferencias; el respeto irrestricto a la inteligencia y el saber; el cultivo de la verdad y la belleza; la búsqueda de la equidad y la justicia; así como la lucha permanente a favor de las mejores causas del país.

Estos son, entre otros, argumentos con los que se podría responder a las preguntas. En la Universidad se enseña y se aprende, se avanza el conocimiento y se difunde el saber, pero en especial se practican y se cultivan valores fundamentales: vivir en libertad y en el marco del respeto a los demás, comportarse con honestidad y con lealtad. El motor de la Universidad son sus académicos, el combustible que le hace funcionar, sus alumnos.

Una de las grandes maravillas de la Universidad de la Nación es que en sus aulas y programas, el estudiante no sólo obtiene información. También se le forma con un compromiso con su comunidad. Pero sobre todo, hay que enfatizar que a él se le ofrece el espacio de libertad que se requiere para imaginar, para transformar el estado de cosas existentes, para desafiar la verdad establecida, para visualizar un mundo nuevo y mejor, para evocar utopías nacientes y retadoras.

Una condición muy apreciada que ha florecido en el rectorado del doctor De la Fuente, tiene que ver con el reconocimiento de la pluralidad. Por supuesto también con sus consecuencias: el respeto a las diferencias, la tolerancia para formas distintas de ser y de pensar, la necesidad de mantener la unidad en la diversidad.

En nuestra Casa de Estudios sacamos provecho de esa pluralidad para hacer mejor lo que nos corresponde. Las variaciones en edad y experiencia, en profesión y método de trabajo, en credos e ideologías, en objetivos e intereses, son parte de nuestras fortalezas. Lo son, ya que a partir de ellas somos capaces de conjuntarnos en torno a la superación y al interés de servir a México.

Muchas veces he señalado que la solución a nuestros problemas se encuentra en la juventud. Ahora afirmo que parte de la misma radica en quienes hoy se forman en la UNAM. Por esto, la sociedad entera debe apoyar a su Universidad. No hacerlo es una forma de autodestrucción. México no merece eso.

Me quedo como últimas palabras, con agradecimientos sinceros y sentidos. A don Mario Vázquez Raña y a sus colaboradores. A la Organización Editorial Mexicana y a El Sol de México. De manera muy especial a los lectores, en particular a quienes encontraron tiempo para darme su punto de vista sobre mis datos y opiniones. A todos ellos, ¡¡gracias, muchas gracias!! Me dieron una oportunidad de aprender y de enriquecerme intelectualmente.

Profesor de la UNAM

narro@servidor.unam.mx

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