Opinión / Columna
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Rosamaria Villarelo Reza
Lecciones de la Revolución
El Sol de México
18 de noviembre de 2009
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El próximo 20 de noviembre o ¿fue el 16? se conmemora un año más de la Revolución Mexicana. La pregunta viene a colación debido a que ya hay tal confusión de fechas que en poco tiempo, si no se corrige a tiempo, habrá muchas personas que no sabrán a ciencia cierta cuándo se celebra, que es lo que se celebra y cuál es la importancia de lo que se celebra.
Esto se ha presentado no sólo por el hecho de que algunos diputados quisieron festejarlo dos veces, el lunes y el viernes de esta semana, sino por la decisión de la legislatura anterior de reprogramar las fechas de asueto para los días lunes "para apoyar a la industria turística", que por lo que se ve, no ha servido tanto desde el momento en que por iniciativa presidencial se ha propuesto la desaparición de la secretaría encargada del ramo.
El cambio de calendario de fechas conmemorativas ha causado tal desconcierto que por dos años consecutivos he recibido de regalo calendarios, el último enviado por una embajada, donde aparecen los siguientes ejemplos de las efemérides: 2 de febrero, día de la Constitución; 14 de septiembre, día de la Independencia de México; 16 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana, por el hecho de que las fechas correctas el 5, 16 y 20, respectivamente, tuvieron que cambiarse a los días lunes.
Además de estos garrafales yerros editoriales, habrá que adicionar a esta confusión que ya tampoco se festeja con todo el protocolo oficial la conmemoración de la Revolución (de hecho, discursos que servían para atacar a los "conservadores" o "enemigos de la revolución" y un desfile deportivo), como solía hacerse en tiempos de los gobiernos que se autollamaban revolucionarios.
No ha faltado la duda o la certeza de que los dos últimos gobiernos, no identificados con la ideología revolucionaria, prefirieron hacer a un lado esta parte de la historia mexicana y evitarse tener que conmemorar hechos históricos que, junto con problemas ocasionados por las diversas posiciones partidistas, lo único que les estaba ocasionando eran malestares y desencuentros políticos.
Ya sin el glamour de esos otros tiempos, a las nuevas generaciones les da lo mismo que sea un día u otro, si es que no preguntan ¿porqué hoy no tuvimos clases? Pero no sólo ellos. En este mes he tenido la oportunidad de visitar por motivos laborales dos estados de la República; en uno de ellos alguien me preguntó si ya se había rectificado la fecha del inicio de la Revolución y, en otro, no faltó quien considerara que debido a que en el inconsciente colectivo había un cierto temor de que el 2010 estallaran movimientos rebeldes ante el descontento por la crisis nacional, era mejor desaparecer de una vez esta celebración.
Todo esto, que puede parecer nimio o irrelevante, tiene un fondo que va más allá de lo meramente anecdótico. Lo menos es que se cambie o no el día de descanso obligatorio, pero lo que se debe rescatar y preservar en la memoria social y política son todos esos hechos del pasado que nos han formado como país. Cualquier nación que se precie de querer mantener una identidad propia, debe rescatar su historia, sus luchas, sus valores. No creo que haya que borrar de nuestro contexto los antecedentes que han servido para que no se repitan los errores del pasado o para renovar las acciones o actitudes que nos han permitido avanzar.
Esta celebración de la Revolución, como antecedente de los 100 años que cumplirá el próximo año, nos tiene que hacer reflexionar, pues si no queremos que se replique la violencia y las condiciones que dieron lugar a los levantamientos armados en el siglo XX, entonces se tendrá que hacer un llamado de unidad y de concordia entre los miembros de la sociedad en su conjunto.
Esa sería la mejor forma de llevar a buen término y como una lección de la historia un aniversario del que se pudieran sacar enormes ventajas, como la de analizar el presente y ver el futuro con otra dimensión: la de querer salir adelante, de abatir las lacras ancestrales que padecemos, de insertarnos, como lo han hecho otros países, en una época de crecimiento, desarrollo y sobre todo, en búsqueda de su paz social.
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