Opinión
Luis Hernández Palacios
Camino a Quito

Organización Editorial Mexicana
9 de julio de 2008

Aún mantiene su halo de asombro, para muchos, el resultado de la operación "Jaque" que puso fin al cautiverio de quince rehenes de las FARC, mediáticamente singularizado en la figura de la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, que se encontraba retenida por el grupo rebelde desde febrero del 2002. Esta operación no solamente ha significado un abono importante en la contabilidad política del presidente Alvaro Uribe (junto con su ministro de Defensa, Juan Manuel Santos) o la propia Ingrid Betancourt, sino que, además, expresaría un debilitamiento político, militar, ideológico y moral del grupo insurgente, y coloca en un nuevo vértice el caminamiento de la situación política colombiana.

Una serie de datos marcan la pista por la que discurrió el desenlace de la referida operación militar. Que van desde la incursión de las fuerzas armadas colombianas en territorio ecuatoriano, el 3 de marzo pasado, que dejó entre otros saldos, la muerte de quien fue referido como el número dos de la organización guerrillera, Raúl Reyes, a quien se le adjudicaba el carácter de negociador internacional de la suerte de los retenidos por la guerrilla, quien expresamente trabajaba con el Gobierno francés para la liberación de Ingrid Betancourt, pero que también realizaba otras actividades en ese ámbito y en la dirección colectiva (operativa, logística, financiera y política) de la organización armada. A ese hecho se sumó, posteriormente, la muerte de quien fue conocido como Manuel Marulanda ó "Tirofijo", fundador, comandante histórico y jefe militar indiscutible de las FARC. A ello sucedieron otras pérdidas de dirigentes y deserciones que, es de creer, las resquebrajaron en muchos sentidos.

Pero del lado del Gobierno debe apuntarse que, apenas una semana antes de la liberación de los rehenes, la Corte Constitucional había cuestionado la reforma de la carta magna que abrió paso a la reelección de Uribe, a lo que éste respondió con un amago a un plebiscito eleccionario, montado desde luego en los índices de popularidad de que en ese momento disponía, superiores al 60 por ciento. Finalmente, no pasa desapercibida la coincidencia de fechas de la operación "Jaque" con la presencia del virtual candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, John McCain, que, sin duda, apadrina la política de "Seguridad Democrática" del presidente Uribe, por lo que para ambos, el resultado de esta constelación esperan les proporcione plausibles beneficios.

El presidente Uribe ha demostrado, una vez más, su enorme sagacidad para lograr la confirmación de la aceptación que el pueblo colombiano le viene otorgando. Ello se debe, en mucho, a la necesidad colectiva de arrojarse en manos de alguien en quien confiar. Después de sesenta años de confrontación militar (desde la violencia iniciada en 1948 con el asesinato de Jorge Eliecer Gaytán y la primera etapa de la violencia hasta el surgimiento de las guerrillas de orientación marxista en la década de los sesenta). Y esa necesidad de búsqueda de confianza y otorgamiento de credibilidad, más allá de las manipulaciones mediáticas y de las encuestas de popularidad, habían enfilado al Presidente y su gabinete hacia la apertura de una nueva era histórica, basada en esa política de "Seguridad Democrática". Por cierto que para algunos colombianos, esa política sólo había servido para que las familias pudientes salieran de paseo los fines de semana o los propietarios rurales del centro del país a sus fincas. Pero no es el camino del infierno el que se encuentra empedrado de buenas intenciones, sino como dice un viejo dicho colonial del país andino "el que conduce a Quito". Para Quito, es pues todavía un camino difícil, en lo internacional, a sortear por Uribe, y "para Quito" es el sobrenombre burlón adjudicado a Uribe, por sus críticos en una clara referencia a su supuesto padrinazgo a los paramilitares (los paracos), expresión de los grandes finqueros y políticos de medio pelo, para enfrentar a la guerrilla marxista desde fines de los ochenta.

En esa confianza colectiva, los apuntamientos de los aguafiestas que insisten en señalar el montaje mediático que fue la operación "Jaque", o porque fue el resultado de la entrega de veinte millones de dólares a las FARC, o porque fue una acción operativa israelita o estadunidense, hoy no tienen credibilidad en Colombia. Lo cierto es que Uribe, más allá de los señalamientos de un no pequeño sector pensante y crítico, pareciera disponer de moneda de cambio político para consolidar su proyecto de una tercera reelección.

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