Opinión
Juan Benito Coquet

Del tripartidismo a la partidocracia

El Sol de México
3 de junio de 2008

En el artículo anterior tratábamos de sentar las bases para la elaboración de una teoría sobre el fenómeno que hemos denominado "partidocracia" y el cual, sostenemos, con las dudas surgidas de una exploración teórica tentativa e incompleta afecta profundamente al sistema político mexicano desde hace por lo menos una década. En las líneas que siguen intentaremos precisar aún más estas bases teóricas, con algo que nos parece una causa efectiva del fenómeno de la susodicha partidocracia, el sistema tripartidista que se ha consolidado en México.

De acuerdo con la clasificación del viejo sabio politólogo italiano Giovanni Sartori, de las clases de sistemas de partidos políticos que existen en el mundo democrático, el régimen mexicano de partidos caería en el grupo de los sistemas caracterizados como de pluralismo extremo con tendencias fuertes a la polarización, sobre todo a partir de la elección del año 2000 que estableció la alternancia democrática por vez primera en más de setenta años en el Ejecutivo del Estado. La razón de calificar al sistema mexicano de partidos políticos como de pluralismo extremo y polarizado es, en primer lugar, la presencia de varios partidos en la lid electoral, la fuerte fragmentación del electorado y una tendencia centrífuga tanto en el comportamiento de los partidos como en el de los votantes. Sartori, buen conocedor de México y a cuya democracia alguna vez calificó de esotérica durante la etapa de hegemonía del PRI, establece una serie de criterios para distinguir el pluralismo extremo de otros sistemas de partido, como el bipartidismo o el pluralismo moderado.

Entre estas características cabe destacar las siguientes: a) la presencia de partidos antisistema importantes con actitudes deslegitimadoras hacia el régimen político existente; b) la existencia de oposiciones bilaterales, esto es, la presencia de dos oposiciones que son mutuamente excluyentes y no son capaces de sumar fuerzas; c) la ubicación central de un partido o de un grupo de partidos, lo que produce interacciones triangulares entre las fuerzas políticas; d) la irremisible tendencia a la polarización, lo que hace escaso el consenso y favorece las posiciones en los extremos tanto de derecha como de izquierda del espectro ideológico; e) la prevalencia de los impulsos centrífugos sobre los centrípetos, lo que equivale a que la posición de centro, aunque es axial, está en constante riesgo de perder el poder; f) la estructuración ideológica congénita del sistema de partidos, lo cual supone la competencia entre partidos que están en desacuerdo no solamente en torno a cuestiones generales, sino también alrededor de los principios y situaciones fundamentales de la política y, g) lo que Sartori denomina la actuación de oposiciones irresponsables que magnifican y maximalizan sus posiciones para socavar la legitimidad del sistema.

El simple recuento de estos criterios hace resaltar por sí solo la similitud de estas caracterizaciones con el caso mexicano, porque en nuestro país existen al menos tres partidos, uno mayor que los otros, que desde sus orígenes e importancia en la configuración democrática del país han denunciado el funcionamiento de un régimen neoliberal que favorece a las oligarquías políticas y económicas del país, el cual debe ser modificado de raíz; porque en México existe tres grandes partidos, uno de derecha, otro de centro y el último de izquierda, rodeados de un grupo de partidos menores que tiene un valor de coalición para efectos electorales, no tanto de gobierno y, sobre todo, que el partido de centro, el PRI, en dos elecciones presidenciales consecutivas ha pasado de ser un partido hegemónico a ser la tercera fuerza política del país, al menos en lo que toca al componente nacional del sistema electoral.

Ahora bien, habría que matizar la caracterización típica del ilustre maestro italiano, aclarando que está diseñada para regímenes parlamentarios, no para sistemas presidencialistas como el mexicano y de ahí partir para destacar los aspectos particulares del tripartidismo mexicano, que configuran lo que hemos denominado partidocracia. Desde el momento en que uno de estos tres partidos se hace del poder público en México, los otros dos lo prensan y lo chantajean, haciendo nugatoria la posibilidad de surgimiento de una oposición bilateral que fuera leal al sistema y más proclive a la obtención de consensos. Lo que sucede en realidad es que la aplicación de la regla de la mayoría se empieza a tornar francamente inaplicable en un ambiente de cerrada competencia, fragmentación social y fraccionalización y polarización de los partidos en contienda.

El principio mayoritario se va disolviendo en el resultado electoral equilibrado a tres partes y surge entonces la necesidad del consenso entre las partes, el cual se dificulta por la distancia ideológica entre las mismas. El partido, o más bien el sistema de partidos llega a adquirir tal autonomía respecto del sistema político global, que acaba por subsumir al gobierno constituido a través del Congreso por la presencia de un Ejecutivo unipersonal.
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