Opinión
Corresponsal en Holanda
Ma. Esther Estrada
Amsterdam, la ciudad de los diamantes

Organización Editorial Mexicana
20 de enero de 2008

Amsterdam, Holanda.- Dice la publicidad que un diamante es para siempre. Y aunque la ciencia no coincide con esta afirmación, el romanticismo que rodea a esta piedra preciosa nos invita a no desear separarnos nunca de ella.

Encontramos diamantes en los anillos de compromiso, diamantes en las coronas de los reyes, diamantes en relojes, pulseras, collares y aretes.

Pero también los diamantes se usan en los instrumentos médicos de precisión y en las maquinarias industriales que requieren de gran dureza.

Como alhaja, pulido, pareciera que tenemos un arcoiris en nuestras manos cuando la luz se refleja en un diamante. Tal vez sea esa una de las razonas por las que siempre ha tenido un gran valor, inalcanzable para muchos.

DE LA PIEDRA EN BRUTO A LA JOYA

Un diamante en bruto podría pasar a simple vista por un vulgar trozo de vidrio opaco. Para resaltar su fulgor debe tallarse y pulirse con gran precisión, lo que requiere de mucha destreza y paciencia, ya que se calcula que tallar un diamante de apenas 0.205 gramos (el equivalente a un quilate) toma entre cuatro y ocho horas.

El primer paso es cortarlo, para lo que se usa un disco giratorio cuyo filo está recubierto con una mezcla de polvo de diamante y aceite.

Después, para darle forma, se frota el diamante con otro diamante en el ángulo deseado. Uno de los diamantes se hace girar con un torno, mientras el otro se sostiene contra él. El último paso consiste en pulir las caras que dan al diamante su brillantez, lo que se hace nuevamente con un disco giratorio cubierto con polvo de diamante.

En este proceso, la piedra pierde casi el 60 por ciento de su tamaño original, pero duplica su valor.

A finales del siglo XVII el joyero italiano Vincenti Peruzziot inventó la talla brillante, que sigue usándose para la mayoría de los diamantes. Para optimizar los efectos ópticos de la piedra, ésta debe tener forma redondeada con 33 caras en la parte superior y 24 en la inferior. Por tanto, un diamante con mínimo 57 facetas se considera perfecto.

CARACTERÍSTICAS DE LOS DIAMANTES

El valor de un diamante no se define sólo por su peso, sino que influyen otros factores, como son su color, su claridad y su talla.

El peso de un diamante se define en quilates, que es un término que proviene del griego keration que se refería a las semillas del algarrobo que se utilizaban desde la antigüedad para pesar piedras preciosas ya que tienen un peso notoriamente uniforme. En 1907 la industria joyera internacional definió que un quilate equivale a 0.205 gramos.

Un diamante puro es transparente. Pero en la naturaleza se encuentran diamantes con tonalidades que van del amarillo al azul y que implica alguna impureza. El amarillo significa que contiene partículas de nitrógeno; el rosa, de magnesio; el verde, de radio, y el azul, de bohrio.

Actualmente se puede cambiar artificialmente el color de un diamante por irradiación de electrones, aunque esto debe estar mencionado en el certificado del diamante.

La claridad o pureza se refiere a la ausencia de partículas de carbón en el diamante, que se aprecian como pequeñas manchas negras.

Finalmente, la característica más importante para evaluar un diamante es su talla. Cuando se realizan los cortes, el tallador debe calcular los ángulos de las caras de manera que la luz penetre, se refracte internamente y salga otra vez por arriba. La brillantez del diamante se debe a la descomposición de la luz en los colores del espectro, lo cual provoca esos reflejos multicolores que tanto nos admiran en esta piedra preciosa.

Un diamante transparente, sin impurezas y con una buena talla tiene un alto valor, que crecerá según su tamaño.

HISTORIA

El diamante, que proviene del carbono expuesto a grandes temperaturas y grandes presiones en las entrañas de la tierra, sale a la superficie por las chimeneas de los volcanes, y muchas veces la erosión y las lluvias los llevan a los ríos o incluso hasta al mar. Es el material más duro que se conoce. Su nombre proviene del griego adamantem, que significa invencible. Al principio se le atesoraba incluso en bruto, hasta que los artesanos de la antigüedad descubrieron la única manera de pulirlo, que es tallándolo con otro diamante, y a partir de ahí ha formado parte de la joyería que ha engalanado a hombres y mujeres a través de los siglos.

Hace casi tres mil años se encontraron los primeros diamantes en la India. Ese país fue la principal fuente de abastecimiento de estas piedras preciosas en todo el mundo hasta el siglo XVIII, antes de que se descubrieran grandes minas en Brasil (1725), Rusia (1829), Australia (1851), Sudáfrica (1866) y Siberia (1948). Actualmente, también está creciendo el mercado de diamantes en otros países como por ejemplo Botswana, Venezuela, China y Canadá. Si mira las 20 localidades donde se producen diamantes en un mapa se dará cuenta de que hasta la fecha no se ha encontrado ninguna mina de diamantes ni en Europa ni en la Antártica.

Posiblemente los primeros diamantes se conocieron en Europa en el siglo III a.C., como consecuencia de los viajes de Alejandro Magno, que provocaron un enorme intercambio entre los puertos del Mar Rojo y los de la Costa de Malabar, en la India. En un principio, eran considerados talismanes o amuletos que daban fuerza a los guerreros o que realzaban el amor de un hombre por su mujer.

En el siglo XIV, una de las principales rutas de comercio de diamantes entre la India y Europa pasaba por Venecia, que era el centro mercantil más importante del mundo occidental y que fue el primer lugar del mundo donde se cortó un diamante.

Pero el verdadero responsable de que se incrementara la demanda de diamantes en Europa, fue un inquieto viajero y comerciante francés del siglo XVII, Jean-Baptiste Tavernier. En sus viajes a Asia visitó las minas indias de Golconda, que eran la principal fuente de estos valiosos minerales. Regresó cargado de diamantes, que vendió a miembros de la corte francesa, a los nobles y a los grandes aristócratas. También a él le debemos el método para clasificar los diamantes que sigue utilizándose hasta hoy, de acuerdo a las cuatro variables que mencioné anteriormente: color, peso, claridad y corte.

Durante los siglos XVII y XVIII los diamantes procedían principalmente de India y llegaban a Amberes, ciudad que concentraba gran parte del comercio de estas piedras preciosas.

Pero también desde 1636 la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC por sus siglas en neerlandés) empezó a importar grandes cantidades directamente a Amsterdam, que se convirtió en un floreciente centro de corte, pulido y comercialización de diamantes. El descubrimiento de las minas en Brasil coincidió con la disminución de la producción en India, por lo que la VOC se convirtió en el principal comercializador de estas piedras preciosas, por sus rutas ya establecidas con aquel país americano.

Adicionalmente a este factor, la toma de Amberes por los españoles, católicos y conservadores, provocó que los mejores lapidarios protestantes y judíos se mudaran a Amsterdam, que era una ciudad privilegiada que ofrecía libertad tanto civil como religiosa. Durante casi 400 años Amsterdam llegó a ejercer casi un monopolio mundial no solamente en la comercialización, sino también en el corte y tallado de diamantes. Muchas piedras famosas se han pulido ahí como el Cullinan, el Eureka, el Jubilé y el Excelsium.

Sin embargo, la Primera Guerra Mundial, la depresión de los años treinta y sobre todo la deportación de judíos durante la Segunda Guerra Mundial fueron fatales para la industria del diamante en Amsterdam.

En un intento por salvar la mayor cantidad posible de las reservas existentes de diamantes de manos de los alemanes, unos 500 comerciantes trasladaron sus piedras preciosas a Gran Bretaña. De común acuerdo con el gobierno británico, se creó una organización a fin de registrarlas y guardarlas mientras durara la guerra. Gracias a esta organización, fueron devueltas a sus propietarios grandes cantidades de diamantes una vez que la guerra terminó.

AMSTERDAM Y AMBERES EN LA ACTUALIDAD

Después de la Segunda Guerra Mundial, Amberes recuperó su prestigio como capital internacional de los diamantes. Actualmente, la producción anual de diamantes se estima en 110 millones de quilates, de los cuales el 80 por ciento se utiliza en la industria, donde la dureza es importante, como en sierra de precisión o instrumentos médicos quirúrgicos. El resto se utiliza para la joyería.

En Amberes se comercializa el 80 por ciento de la producción mundial de diamantes en bruto y el 50 por ciento de todos los diamantes pulidos.

Tradicionalmente esta era una actividad en manos de judíos, aunque ahora también se han integrado en el gremio empresarios de la India, de Georgia y de Rusia. Lo que se mantiene, es que sin importar el origen de los comerciantes, ni el idioma que hablen, las transacciones comerciales de diamantes se siguen cerrando con un apretón de manos y las palabras hebreas: "Mazzel y Broche", que significan "Suerte y bendiciones".

La mayoría de los diamantes pequeños llegan cortados a Amberes (en Surat, India, se cortan más de tres cuartas partes de los diamantes del mundo), pero la ciudad belga mantiene su reputación como la mejor para cortar piedras más grandes.

Hoy en día, Amsterdam cuenta sólo con unos cuantos centros de corte y pulido de diamantes, pero se ha dedicado principalmente a la venta a consumidores finales. Cada año sus joyerías reciben más de un millón de visitantes, por lo que mantiene el título de "la ciudad de los diamantes".

GRANDES DIAMANTES

A lo largo de los siglos, distintos diamantes han llamado la atención del mundo por su belleza, su tamaño, o las leyendas que se han asociado a ellos.

Imposible es no mencionar el diamante más grande que se conoce hoy en día, que es el Golden Jubilee, que pesa 545.67 quilates y pertenece desde 1966 al rey de Tailandia.

Pero el diamante más célebre del mundo sigue siendo el Cullinan, que se obtuvo de una mina cerca de Pretoria en Sudáfrica. Originalmente pesaba 680 gramos (3.106 quilates) y su tamaño era aproximadamente el del puño de una mujer (10 x 6.4 x 12 centímetros).

Se le dio a trabajar al holandés Joseph Asscher, reconocido tallador de diamantes de Amsterdam, quien se pasó seis meses deliberando si debía partirlo o cortarlo en dos con sierra. El 10 de febrero de 1908 este hombre tomó la decisión de partirlo y lo consiguió al segundo intento. El magnífico diamante fue cortado debido a que, a pesar de su gran pureza, tenía una mancha negra. De él se obtuvieron 9 piezas importantes y 96 más pequeñas.

La más grande de las piezas se convirtió en el Cullinan I o Primera Estrella de Africa, tallado en forma de pera, de 530.2 quilates y 74 facetas. Adorna el Cetro Real Británico. Durante muchos años fue el diamante más grande del mundo.

Otro diamante famoso es el Centenario. Su historia se remonta a 1988 en que en Kimberly, Sudáfrica, se encontró un diamante en bruto de 599 quilates que, en palabras del presidente de De Beers, "era uno de los diamantes de mejor color encontrados jamás". Tras ser tallado durante tres años en Amberes por el maestro Gaby Tolkowsky, presenta una forma semejante a un corazón, 247 facetas, y su peso es de 273 quilates.

El Rembrandt Negro, de 42.7 quilates, es el diamante negro más grande que se conoce, además de ser el más duro jamás cortado. La piedra en bruto, encontrada en Zaire, pesaba 125 quilates. Al tallador Frederic van Nous le tomó 3 años y 3 días tallar sus 57 facetas.

Y el diamante con mayor número de historias asociadas es el Hope. El Diamante Azul, como se le conocía originalmente, fue robado del ojo de un ídolo hindú. En el siglo XVI, el comerciante francés Tavernier lo compró y se lo vendió al rey Luis XIV, quien lo renombró como el Azul de Francia. Pero el diamante no ha dejado de atraer desgracias a sus propietarios. Tavernier murió arruinado y en el exilio; el rey Luis XIV murió inesperadamente de viruela; el rey Luis XV lo guardó en un cofre y nunca lo usó, pero su nuera Maria Antonieta, quien se lo apropió, murió en la guillotina. Tras otros dueños que quedaron en la quiebra o murieron, entre ellos el rey Jorge IV de Inglaterra, en 1830 Sir Henry Hope compró el diamante, pero no quiso correr riesgos. Contrató a un grupo de rosacruces y les pidió organizar una ceremonia mágica, para exorcizar la joya. Cuando estuvo seguro de que no causaría más problemas a nadie, decidió darle su nombre. Nada malo le sucedió a sir Henry, pero cuando su nieto lo vendió en 1901, el maleficio regresó con nuevos bríos. Los siguientes propietarios perdieron la salud y sus fortunas, envueltos también en tragedias familiares. Conociendo toda esta trama, el experto en diamantes Harry Winston lo adquirió en 1949, y tras varios años de intentar venderlo sin éxito, pero en los que nunca le pasó nada malo a él, decidió donarlo en 1958 al Smithsonian Institute, de Washington, donde está expuesto al público en una urna de cristal.

CONCLUSION

Hay tanto más que se puede decir de los diamantes, que han inspirado películas, alhajas, imitaciones y robos. También han sido el sello de compromisos y romances famosos. Como el de Richard Burton con Elizabeth Taylor. Cuando ambos actores estuvieron casados, él le regaló un diamante en forma de pera, de 69.42 quilates, que en su momento le costó un millón de dólares. En 1978, después del divorcio, Elizabeth lo vendió por tres millones. No fue un mal negocio, pero lo mejor es que destinó los beneficios para la construcción de un hospital en Botswana.

Sin llegar a esas cifras millonarias, y después de visitar Amsterdam y Amberes, puedo decir que si Amsterdam es el cielo para los compradores, Amberes es el paraíso. Alrededor de la estación central de ferrocarril se encuentran cientos de joyerías especializadas en alhajas a base de diamantes. Pasear por esas calles donde los escaparates de las tiendas brillan con joyas de las más sencillas a las más sofisticadas, es un placer para los sentidos.

El reflejo de colores que lo acompaña a uno en el recorrido por las joyerías, es como sentir el fuego de la pasión con que normalmente se regalan los diamantes.
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