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Opinión
![]() Lisandro Otero
Violencia y poder
Organización Editorial Mexicana
28 de diciembre de 2007
Golpe de Estado a la americana
Estamos acostumbrados al Golpe de Estado latinoamericano. Un general pone en pie de guerra, al amanecer, sus tropas, ocupa las estaciones de radio y televisión y rodea el palacio presidencial; deposita al presidente depuesto en un avión, o lo asesina, y comunica una proclama a la nación. Un clásico fue el pinochetazo. Fulgencio Batista, en Cuba, era un experto. Dio golpes de Estado en 1933 y en 1952, siempre usando el ejército contra los poderes civiles. Curzio Malaparte escribió un famoso prontuario de procedimientos con tal fin: "La técnica del golpe de Estado". Hitler lo intentó en Munich, con su famoso "putsch", que fracasó porque no contó con el ejército, sólo algunos generales lo siguieron. Franco se apoyó en el Ejército de Africa para invadir el territorio continental español. Suharto asesinó medio millón de personas, luego de deponer a Sukarno, en Indonesia. Perón usó a las masas, en su famosa marcha del 17 de octubre, para salir de la prisión y consolidar el poder. Son diversas técnicas y procedimientos violentos para alcanzar el dominio de un país. Pero en Estados Unidos están perfeccionando el golpe de Estado a la americana, que es un garrotazo político sin violentar las instituciones, al menos sin que la apariencia del orden establecido parezca haber sufrido una brusca alteración. Eso hicieron con John F. Kennedy. Un atentado organizado por la CIA y el FBI, con la cooperación de los exiliados cubanos y el financiamiento de los petroleros tejanos. Johnson asumió la presidencia, según las normas legales, y echó abajo los planes de su antecesor de hacer la paz con Cuba y con Vietnam. A Nixon también le dieron otro golpe de Estado a la americana. Sólo que resultó de más fácil ejecución ya que aquel mandatario era un notorio bribón capaz de cualquier felonía. A Clinton intentaron propinarle otro golpe de Estado a la americana con el caso Lewinsky. La divulgación del informe del vicioso del pornógrafo Ken Starr, no logró hacer bajar el sostén del pueblo estadunidense a su Presidente, según lo demostraron las encuestas. Acorralado, bajo incesante hostigamiento, Clinton subió del 60 al 63 por ciento en el apoyo popular. Idearon otro recurso para asestarle un nuevo golpe bajo, una manera de humillarlo, desacreditarlo y hacer bajar el apoyo de que disfrutaba: el juicio político para el desafuero. Fracasaron. Después de recibir del presidente Eisenhower un plan de ataque contra Cuba, el nuevo mandatario, John Fitzgerald Kennedy, lo aprobó reticente. Se trataba de invadir la isla por Playa Girón con una fuerza mercenaria que se entrenaba en Honduras. El proyecto terminó en un estrepitoso fracaso. Tras el fiasco el Presidente desmanteló la antigua estructura de la CIA responsable de la catástrofe, entre ellos a su director, el artero Allen Dulles. De otra parte estudió la posibilidad de detener el creciente compromiso de Estados Unidos en Indochina, que amenazaba con convertirse en un conflicto mayor, como después lo fue. Esto perjudicaba al complejo militar industrial que veía las posibilidades de ganancias mayúsculas por una guerra abierta en Vietnam. La mafia ítalo norteamericana, que había tenido negocios con el padre de Kennedy en la época de la prohibición alcohólica y le había ayudado a ganar las elecciones presidenciales a su hijo, estaba siendo hostigada por el hermano Bobby, Fiscal General que no cesaba de perseguir al cabecilla obrero Jimmy Hoffa, muy ligado a los gángsters. Bobby sostenía fuertes discrepancias con el jefe del FBI, el legendario J. Edgar Hoover, quien protegía a los mafiosos, que tenían pruebas de su homosexualismo y su afición de acudir a orgías de travestís, donde solía vestirse de mujer. Esta política le creó al presidente Kennedy un conjunto de enemigos letales: la mafia ítala, la mafia cubana, la CIA, los empresarios de la industria de guerra, el FBI, los petroleros texanos. Fueron estos quienes planearon y llevaron a cabo el magnicidio en Dallas. Lee Harvey Oswald, fue uno de los peones que la CIA empleó en la fachada del asesinato. Para añadir ridículo al escarnio en la Comisión Warren, que investigó el asesinato, estaba uno de sus perpetradores, el propio Allen Dulles. El filme de Oliver Stone revela cuidadosamente el engranaje homicida que preparó y ejecutó el atentado. En el grupo cubano que intervino en el atentado en Dallas están involucrados Luis Posada Carriles, Guillermo Novo Sampoll, Félix Rodríguez, Tony Cuesta y Orlando Bosch entre algunos notorios verdugos y matones. Un libro del general cubano retirado Fabián Escalante, quien en un tiempo fuera dirigente de la seguridad cubana, revela la intensa participación de los exiliados cubanos anticastristas en este sórdido golpe. También ese grupo de hampones siniestros fue actor principal en la maniobra de espionaje que culminó con la deposición de Nixon, otro golpe de Estado a la americana. Con la muerte de Kennedy culminó una época. Fue un lapso en el cual terminó la primera mitad del siglo XX, la posguerra y el síndrome de Corea. Kennedy fue sacrificado por grandes poderes ocultos, los mismos que apoyaron y auparon al mentecato George W. Bush a la presidencia. Kennedy enseñó a toda una generación a aspirar a la conquista de las estrellas, plantó una quimera en la mentalidad de las nuevas promociones estadunidenses y al morir, traicionado por los suyos, nació el mito que enlazó su nombre al de otro gran patricio asesinado, Abraham Lincoln. Columnas anteriores
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