Opinión
Lisandro Otero
Putin: persona del año

Organización Editorial Mexicana
26 de diciembre de 2007

Unigido por la revista Time

La revista Time creó en los años 30, del pasado siglo, un nuevo estilo periodístico: sucinto, bien documentado, con elementos narrativos, que la elevaron a cifras elevadas de circulación. Una de sus innovaciones fue elegir cada lapso anual a la figura que más se hubiese destacado en su campo respectivo de actividad, a la cual se le llamó el Hombre del Año. El feminismo cambió el título a la Persona del Año. Esta vez ese alto galardón le ha tocado a presidente ruso Vladimir Putin.

En el perfil biográfico que suele publicarse se trata sobre la personalidad y los logros del agasajado. Según Time, Putin es un hombre de mirada fría, dominante, de poco sentido del humor, que suele observar a su interlocutor con una fijeza que lo comprime con su autoritaria ascendencia. En este instante vive en la dacha de Novo Ogarenko, a 25 minutos del Kremlin, que comprende un primer edificio donde hormiguean sus asesores y ayudantes y una segunda residencia, sobria y espartana en su mobiliario, donde vive con su esposa y dos hijas.

Putin bebe poco, a veces una copa de vino Montrachet con sus comidas. Se relaja oyendo a Mozart, Brahms y Tchaikowsky. Nunca trabaja directamente en computadoras, ni envía o recibe personalmente correos electrónicos. Putin está físicamente bien entrenado y es cinta negra de judo, deporte que practica a menudo. También nada en una piscina, cada mañana, durante una hora.

Algunos comentaristas han visto, con acuciosidad, que los últimos gobernantes rusos han ejercido su cargo en desastrosas condiciones de salud. Durante los últimos años de Breznev este apenas podía hablar por el cáncer que padecía en la garganta. Cuando Konstantin Chernenko asumió el poder padecía una terrible insuficiencia renal y debía ser sometido a diálisis constantes. Yuri Andropov gobernó apenas 15 meses debido a su pobre salud, ya declinante al asumir las riendas. Yeltsin, borracho irremediable hablaba con desesperante lentitud, decía disparates garrafales, se tambaleaba en los actos públicos y era una penosa ruina que debía ser archivada cuanto antes. Con Putin todo eso ha cambiado. Rusia ya no es dirigida por un personaje en decadente deterioro.

Time continúa informando que Putin entendió la disolución de la Unión Soviética como una tragedia nacional que dejó a veinticinco millones de rusos étnicos viviendo en el exterior. Entre los logros de Putin se anota el haber devuelto su autoestima a los rusos y haber restituido a su país la estabilidad económica y política. Durante los últimos cinco años el nivel de crecimiento económico ha sido de 7 por ciento anual, ha pagado su deuda eterna y ha generado una neoburguesía muy activa en las finanzas del sistema financiero mundial. Las tiendas están ahora bien abastecidas y ya quedó atrás la insolvencia y la carestía. Los rusos suelen compararlo con Pedro el Grande. Es cierto que gran parte de esa bonanza se debe a los elevados precios mundiales de petróleo. Putin está convencido que Estados Unidos de Bush interfiere en los asuntos rusos y sus medios de propaganda tratan de crear una imagen negativa de los rusos.

No obstante Putin gobierna con autoritarismo intransigente. Por Moscú circula un chiste que narra cómo a Putin se le apareció en sueños el fantasma de Stalin y aquél le preguntó cómo debía gobernar su país. Stalin le respondió, primero debes arrestar a todos los liberales, los discrepantes, los reformistas y liquidarlos a todos. Segundo, debes pintar el Kremlin de azul. ¿Por qué de azul?, preguntó Putin. Ya sabía yo le respondió, que no tendrías duda alguna sobre el primer consejo. Putin estudió en la Universidad de Leningrado. Su abuelo fue cocinero de Lenin y luego de Stalin. En 1975 fue reclutado por la KGB. Fue corresponsal de la agencia noticiosa TASS en la República Federal Alemana, en Bonn, Se le envió a Dresde, en la República Democrática Alemana. Trabajó en la KGB hasta 1990. Allí supervisaba la visita continua de hombres de negocios occidentales a una zona donde está situado lo mejor de la industria óptica alemana. Se hacía llamar señor Adamov. Fue un anónimo servidor público, un miembro de la KGB, un coronel entre decenas de millares de oficiales de la seguridad rusa. De pronto se convirtió en primer ministro y casi enseguida en presidente. No hay antecedentes de una carrera política tan acelerada en el mundo contemporáneo.
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