Opinión / Columna
 
Alejandro Díaz 
Temor reverencial
El Sol de México
13 de abril de 2010

  Por décadas, los sucesivos gobiernos federales han reclamado a Estados Unidos la inequidad existente entre ambos países en la lucha contra el tráfico de estupefacientes. A pesar del gran número de usuarios de drogas en el vecino país, éste hace muy poco por inhibir el consumo, tratar a los viciosos y combatir el narcotráfico en su territorio. Por décadas han dejado la carga del combate a México, sin perseguir dentro de su país a los grandes comerciantes de droga. De esa forma, los productos ilícitos que se persiguen en México al llegar a la frontera parecen adquirir suficiente legalidad como para moverse libremente en Estados Unidos.

Si bien nuestros vecinos sí han consignado, juzgado y sentenciado a miles de vendedores minoristas de drogas, los pocos grandes capos que han sentenciado no fueron atrapados allá, fueron extraditados de terceros países, incluido México. De las toneladas de droga que se transportan entre ambos países, casi todos los decomisos de estupefacientes y todos los arrestos de los que organizan los envíos han sido hechos en México. Dentro de Estados Unidos ha habido pocos decomisos y ningún cabecilla importante ha sido atrapado.

Cuando el Gobierno mexicano reforzó la participación del Ejército en el combate al narcotráfico se incrementaron decomisos y arrestos en nuestro territorio, se afectaron rutas de abasto y áreas de control de los narcotraficantes y también se desató la violencia, pero sólo en nuestro territorio. Allende el Bravo, rutas, envíos y dominio del mercado han seguido sin alteración. Extraño, es lo menos que se puede decir.

Hay quien apunta que lo anterior se debe a corrupción o a una lenidad fundada en el entendimiento tácito de que se requiere que haya droga para que los viciosos sigan disponiendo de ella y no crezca el problema social, pero hay otras causas. Observando que la lucha entre narcotraficantes es sin cuartel, pero sólo de este lado de la frontera, llego a la conclusión personal, sin descartar razones como las mencionadas, de que la razón del comportamiento diferenciado también se debe a un fenómeno común en nuestras sociedades: el temor reverencial.

Se define como temor reverencial a esa actitud de excesivo miedo a quien se supone superior o a quien ejerce algún tipo de autoridad, sin que exista motivo alguno para ello. Es una actitud que va más allá del debido respeto que merece la autoridad constituida. Con ella se inhibe a actuar por el supuesto pensamiento de poder provocar una reacción agresiva. Una actitud tan grave como el hecho contrario, el de faltar a las mínimas formas de respeto. Sin embargo, no confundir el respeto a la autoridad con el temor reverencial; el primero es una virtud ciudadana que permite el ejercicio correcto de gobierno en la búsqueda del bien común, mientras el segundo evade cumplir con los propósitos propios en base a supuestos que no son necesariamente ciertos.

El temor reverencial inhibe a las bandas mexicanas para que no operen en Estados Unidos. Allá no se atreven a enfrentar ni a los grandes distribuidores que controlan las rutas ni tampoco a la Policía. Los suponen poderosos y no se atreven a actuar en su territorio. Prefieren hacerlo sólo en México. Incluso, algunas de las bandas que operan en la frontera del lado de Estados Unidos también prefieren cometer delitos en México para no enfrentar a sus grandes capos ni a la autoridad. Tal es el caso de los asesinatos de tres personas relacionadas con el consulado de los EUA en Ciudad Juárez. Ya quedó claro que los asesinatos fueron cometidos en México por estadunidenses que cruzaron la frontera para asesinar a ciudadanos de su país, aunque los delitos se contabilicen en México

Para terminar con el flagelo criminal -no sólo del narcotráfico- es necesario que las policías asuman sus funciones con total autoridad y capacidad, cuidando que los ciudadanos les respeten, no les teman. Policías y Ejército deben tener el respeto y la confianza de la ciudadanía. Sin embargo, no estaría mal que, además, fueran capaces de infundir temor reverencial a las bandas criminales.

Cuando fueron los Juegos Olímpicos en Atenas en 2004, varios personajes de la televisión mexicana quisieron poner en jaque a la Policía griega, incluso fingieron un asalto "para ver que tan rápido reaccionaba". Por supuesto que sólo lograron ser detenidos y casi expulsados de Grecia. Para los Juegos Olímpicos de Beijing no hubo quien intentara hacer algo parecido. ¿Lección aprendida o pusieron en práctica el temor reverencial?

alediaz@elsoldemexico.com.mx
 
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