Opinión / Columna
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Gerardo Sosa Castelán
¿Y la A-H1N1 apá?
Organización Editorial Mexicana
21 de febrero de 2010
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Dentro de pocas semanas se cumplirá el primer aniversario del inicio de lo que hoy parece ser una especie de comedia de equívocos. Lo peor es que desde hace ya casi un año, a causa de ello, los mexicanos sufrieron consecuencias graves en lo personal, y en el país costos económicos.
A mediados de abril apareció la influenza. Comenzaron por llamarla "porcina" y, ante las protestas de los porcicultores, rápidamente la rebautizaron con siglas que confunden a cualquiera: A-H1N1.
Sobrevino el temor. Se pidió que nadie saliera de sus casas, suspendieron las clases, cerraron comercios y lugares públicos, separaron las mesas de restaurantes a distancia prudente por si el comensal vecino tose o estornuda, se enmascaró la población y más zarandajas por el estilo que por supuesto provocaron terror y aislamiento social.
Por si fuera poco, las autoridades y las instalaciones sanitarias públicas del país quedaron más que evidenciadas. Limitadas, las primeras. Insuficientes, las segundas. Unas no sabían ni siquiera contar el número de contagiados, menos el de víctimas mortales. Otras eran incapaces de atender a la población que decía que el mal la aquejaba.
No menos mal paradas quedaron instituciones mundiales de la materia. La OMS desató la histeria planetaria. Sobrevino entonces otro aislamiento. El de México, al que la comunidad internacional comenzó a dar trato no nada más de contagiado o fuente de infección, sino incluso de menesteroso.
Y de repente la misma OMS, cuando el semáforo ya estaba en rojo, anunció que tenía una vacuna contra la influenza, la cual por fortuna ni siquiera le llegó a los talones a la "gripe española" -que diezmó poblaciones enteras a inicios del Siglo XX- o a la "asiática", pues proporcionalmente apenas fue un "catarrito"... y no como el que, en lo económico, diagnosticara para el país el famoso doctor Carstens.
En la inopia, las autoridades mexicanas comenzaron a tronarse los dedos de las manos, como ama de casa frente al mostrador de la carnicería. ¿Con qué recursos comprarían las vacunas? ¿Les darían crédito los laboratorios internacionales, por cierto acusados de haber desatado esta ola terrorista para poder sacar a la venta las existencias que no se consumieron con la también fallida "gripe aviar"?
Como Dios les dio a entender, los mismos expertos en salud y en aritmética empezaron a presumir que ya tenían chorrocientos millones de dosis. Y a los dos días disminuían el número a la mitad, para después multiplicarlo por 16, restándole 4 y dividiéndolo entre dos. Otra serie de confusiones, en la que salió a relucir que franceses y canadienses apoyaron con préstamos de sus existencias sobrantes.
Menesterosas y mendicantes, las autoridades anunciaron que comenzarían a vacunar, pero la población a la que se categorizó como la más susceptible de adquirir el contagio, no acudió a que le aplicaran las también llamadas vejiguillas.
Por todo el mundo, sin exagerar, corrió la especie de que las vacunas provocaban males mayores de los que pretendían curar.
Salieron entonces cuadrillas a las calles a ofrecer a todos los hijos de vecino las vacunas que con tantos esfuerzos -y muchísimos recursos públicos- habían llegado al país.
Y la epidemia, otra vez por suerte, no se presentó.
Sin embargo, esta especie de comedia de equívocos que comenzó hace ya casi un año, tiró a la economía. Borró a México del mapa turístico mundial. Atemorizó a la población, también la aisló.
Muchos perdieron, pero cuando esto sucede, alguien gana.
¿Quiénes han ganado con esta situación? ¿Los laboratorios farmacéuticos? ¿Los funcionarios que compraron las vacunas? ¿Quién?
E mail: gerardososa_cas@yahoo.com.mx
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