Opinión / Columna
 
Ramón Ojeda Mestre 
Causas, pausas y náuseas del caos
Organización Editorial Mexicana
9 de noviembre de 2009

  Son tantas las cosas que andan mal en este país por culpa de los gobiernos frívolos y de pacotilla que hemos tolerado y cebado, que resulta una tarea titánica y quizá innecesaria tratar de listarlas sistemática o taxonómicamente. No se trata de instalarnos en el discepolismo con acritud o acrimonia, pero es cierto que en el tango "Cambalache", estrenado hace 75 años, Antonio Santos Discépolo describía filigraneramente cómo venía la mano.

"Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, barones y dublés. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador... ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos ni escalafón, los ignorantes nos han igualao. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, Rey de Bastos, caradura o polizón." Y así sigue un par de párrafos que no tienen desperdicio.

Pero lo que está ocurriendo en México supera con creces cualquier diagnóstico latinoamericano o europeo del siglo pasado, debido a dos razones básicas: Nunca habíamos tenido tanta población, el número de pobres y de miserables ha llegado a niveles conmovedores y su desatención es motivo de vergüenza en todo el territorio. Tampoco habíamos alcanzado los umbrales y techos de dispendio y derroche que padecemos, del consumismo acrítico y desenfrenado o la aceptación genuflexa del lucroteísmo y de la desigualdad afrentante, que fija como paradigmas la opulencia ostentosa, burda y zafia.

Nunca había estado tan mal México en materia ambiental y arrasamiento natural o la basura en los suelos, los ríos asquerosos y las playas cloacales, el aire asfixiante de las ciudades y el escamoteo de las cifras por las autoridades o nuestra dependencia económica, tecnológica, científica y cultural. Jamás habíase visto tal corrupción y cinismo, tal voracidad de los integrantes del Gobierno federal, de los estatales o municipales. ¿Alguna vez habíamos tenido tantos niños enfermos de diabetes o de obesidad o tantos adultos embrutecidos por el alcoholismo o tantas drogas y pastillas vendidos en las escuelas, discotecas, espectáculos o deportivos? ¿Y los muertos diarios por desquiciados narcotraficantes? Antes había pausas entre crisis. Hoy, gobiernos inútiles nos las empalman.

Es verdad que el número de divorcios, de orfandades, de abandonos de hijos, de suicidios, de enfermos de cáncer, de fumadores o de ladrones ha superado todo pronóstico y manejo, las mujeres han quedado solas con los hijos y el hombre deja la patria y los suyos, todo en pos de un puñado de dólares, ganado las más de las veces con humillación sin límite.

Las causas son claras: mucha gente, muchos pobres y nulo gobierno. Ni aún cerrando los ojos se puede evitar ya la corrosiva percepción, puesto que apesta en las calles de las ciudades o en las barrancas llenas de basura y los ríos encharcados, ¿cuándo habíamos tenido en circulación tantos automóviles contaminantes, deletéreos, cuándo el agua tan cara para el aseo o la sed, cuándo tantos pederastas sacerdotes o seglares, artistas o políticos en plena impunidad y tolerancia, cuándo tantos secuestros, extorsiones o colusión policíaca?

No salgamos con que el mundo está así y que no podemos hacer algo. Ya rebasamos el límite. El caos invadió ya lo que habría de ser el mundo para nuestros hijos. No un caos común, sino el caos turbio, sucio, violento y viscoso. No pregunte por quién doblan las campanas.

rojedamestre@yahoo.com
 
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