Opinión / Columna
 
Jaime Alcántara 
Futuro incierto (Una tras otra)
Organización Editorial Mexicana
9 de noviembre de 2009

  Estamos a unos meses del bicentenario del inicio de la Independencia. También del centenario de la Revolución. Ambos movimientos parecieran tener cierta simetría en el tiempo. Y en la ambientación para celebrar las fechas faustas, muchas voces se levantan para decir que nos enceguecen los focos de colores y la música del oropel, de las festividades. De allí que se piense que no nos damos cuenta del caldo de cultivo para nuevas preocupaciones de gran alcance. Y dan marcos, indicios. Hablan de ciertos incentivos que motivaron aquellos movimientos sociales, que pudieran parecerse a lo que hoy ocurre. Los malos agoreros nos dicen que está dado el entorno. Veamos qué tan cierto es.

Durante los primeros seis años del presente siglo, México cortó una racha de crecimiento que le había permitido crecer a un ritmo, en el 2000, del siete por ciento. Los últimos doce, de la centuria que concluyó, no fueron todos parejos, pero hizo creer en posibilidades de salir del retraso. Baste saber que la economía nacional en 1988 tenía un intercambio comercial de 80 mil millones de dólares. Hay que recordar que era un mercado cerrado, proteccionista que, quizá, justificaba un pasado lleno de abusos y agresiones, conocidas por todos. Para el 2000, el país llegó a cuadruplicar la cifra antes mencionada (230 mil millones). Eso significó, por supuesto, que el Producto Interno Bruto (PIB) creciera ostensiblemente; que el desempleo bajara a cifras del primer mundo (alrededor del dos por ciento); y que la tranquilidad social permitiera seguir construyendo los muros de una sociedad que había dejado de ser simplemente consumista y pasiva para volverse productora de bienes y servicios, participativa. En lo social, reconstruyó y tonificó el prisma de instituciones que permitieran una democracia que, se pensaba, consolidaría su presencia con el curso de los años. Muestra de ello son el Instituto Federal Electoral (IFE), la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), la fiscalización federal. Si bien esta última se transmutó hasta el 2002, lo cierto es que las bases para una vigilancia de los recursos públicos se dieron muchos años antes del inicio de este milenio. Si bien nunca ha habido satisfacción total, lo cierto es que el camino se ampliaba. La pobreza extrema había descendido a grados tolerables. La delincuencia, como una especie de mal fario de la humanidad, desde su inicio, no alcanzaba signos de ingobernabilidad, de peligro para la realización de nuestro cotidiano hacer, de poner en riesgo la integridad física. Era, por tanto, un hecho que se vislumbraba un futuro sin mayores sobresaltos.

En el primer año del siglo, el escenario cambió. Los siempre recelosos quisieron achacarlo a la amargura del PRI por haber perdido la Presidencia de la República, y pedían tiempo. Y tiempo tuvieron. La realidad hizo ver que el nuevo recurso humano estaba muy lejos de hacer realidad aquella vieja aspiración de quienes, cotidianamente insatisfechos, le habían otorgado un bono, un cheque en blanco a los que prometían que la política podría ser como un algodón de azúcar. Y, pronto, en eso se convirtió. No habían pasado dos años cuando las calles empezaron a llenarse de desempleados. Los de espíritu aventurero y, muchos más, por el acicate del hambre, de la privación de lo indispensable, se vieron en la imperiosa necesidad de traspasar la frontera, a riesgo de su propia existencia (cerca de un millón de mexicanos, por año). Nunca se había visto eso. Pronto, a la par de las privaciones, la tranquilidad cesó. Esos primeros seis años fueron una cubetada de agua fría para quienes pedían un cambio. Con fuerza de un huracán, que también en lo meteorológico hicieron su aparición, la delincuencia se apropió de las calles. Los cruceros de las ciudades se poblaron no sólo de aquellos provincianos en busca de mejor suerte. También de citadinos que se vieron empujados al arrollo en busca de lo mínimo para subsistir. Los millones de pobres aumentaron en forma exponencial, no obstante los programas asistencialistas-electoreros de los principales opositores seculares del Partido que gobernó durante 70 años. O, quizá por ellos. Y el algodón de azúcar empezó a derretirse.

Continuará...

jaimealcantara2005@hotmail.com
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas