Opinión / Columna
 
Juan Antonio García Villa 
A dos décadas de la caída del Muro de Berlín
El Sol de México
8 de noviembre de 2009

  Mañana lunes se cumplen veinte años, ¡dos décadas ya!, de la caída del Muro de Berlín, ocurrida el jueves 9 de noviembre de 1989. Con motivo de este aniversario de un acontecimiento tan significativo en la historia mundial contemporánea, se han organizado diversas actividades conmemorativas. Entre otras, un Ciclo de Cine (los días 9, 12, 19 y 26 de noviembre) organizado por la Fundación Friedrich Naumann en el Club de Industriales de la Ciudad de México. En el arranque, mañana lunes a las seis de la tarde, habrá además una mesa de análisis con la participación de tres conocedores del tema y la proyección de la película "El Muro", rodada en 1991.

Por una de esas casualidades que a veces se presentan, resulta que el autor de este artículo tuvo el enorme privilegio de estar presente en Berlín Occidental en esos días tan memorables. Ocurrió que varios meses antes, la Fundación Konrad Adenauer invitó a cuatro economistas mexicanos a realizar una visita de casi dos semanas por Alemania Federal, con el objeto de conocer de manera directa el funcionamiento de la economía social de mercado en ese país, propósito que básicamente se cumplió a través de numerosas entrevistas que nos organizaron, en diversas ciudades, con dirigentes empresariales, líderes políticos, funcionarios gubernamentales, parlamentarios, académicos y periodistas. Las conversaciones con nuestros interlocutores, siempre amables, giraron todo el tiempo en torno a temas económicos. Aunque el gran cambio, simbolizado en la caída del Muro, ya se percibía.

El grupo de invitados a visitar Alemania estuvo formado, de manera plural, por Sergio Ghigliazza, Ricardo Carrillo Arronte, Adalberto García Rocha y por el autor de esta nota, quien al retornar a México publicó un artículo en la revista "La Nación", del cual se transcriben, con ligeros cambios, los siguientes pasajes sobre aquellos inolvidables días de nuestra estancia en la capital alemana:

"Tuvimos el privilegio de llegar a Berlín Oeste la mañana del viernes 10 de noviembre (téngase presente que el paso prácticamente libre de una a otra parte de esa ciudad se había iniciado apenas la noche anterior) y permanecimos allí hasta el domingo 12, fecha en que por la tarde salimos para Hamburgo. Esto significa que vivimos los primeros días, cargados de enorme emotividad, en que fue posible transitar entre los sectores oriental y occidental de la ciudad que las potencias aliadas se repartieron al concluir la Segunda Guerra Mundial. Hacía más de 28 años que eso no ocurría, precisamente por la construcción del Muro en agosto de 1961. Como es de suponer, se produjo una multitudinaria celebración popular que duró día y noche, con alegría tan desbordante que su descripción resulta difícil.

"Abandonado por los otros miembros del grupo de mexicanos, a quienes el frío y el cansancio hicieron regresar al hotel antes de la medianoche del viernes 10 de noviembre, primer día efectivo de la caída del Muro, yo decidí continuar vagando durante casi tres horas más por la famosa avenida Kurfürstendamm -equivalente a nuestro Paseo de la Reforma y distante apenas una cuadra del hotel en que nos alojamos-, convertida en escenario del indescriptible júbilo de cientos de miles de alemanes.

"Sobre la mencionada avenida, en la noche del viernes 10 al sábado 11, era común observar a grupos de alegres jóvenes, quienes con los brazos entrelazados saltaban sin parar. O a dos que en apariencia se encontraban ocasionalmente y poniéndose uno al otro las manos sobre los hombros hacían lo mismo: brincaban alegremente.

"Muchos bailaban al son de ritmos modernos y sonidos estridentes. Casi todos tomaban cerveza, como si fueran víctimas de insaciable sed. Otros, con veladoras encendidas en las manos, hacían oración o bien permanecían en actitud reverente sobre la explanada situada frente a la impresionante Iglesia Conmemorativa, ubicada en la misma avenida Kurfürstendamm. No faltaban grupos que a coro entonaban himnos, que aun sin entender su letra eran como para enchinarle la piel a cualquiera".
 
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