Opinión / Columna
 
Historias Extraordinarias 
Edmundo Domínguez Aragonés 
El "Putsch" de Munich o el golpe de la cervecería
El Sol de México
8 de noviembre de 2009

  En la ciudad de Munich, los primeros copos de nieve invernal caían como una lluvia de diamantes en la tarde del 8 de noviembre de 1923. El personal de la cervecería amplia y bien amueblada algo apartada del centro de la ciudad, la Burgerbraukeller, 29 de Rosenheimrstrasse, preparaba la sala grande para la reunión durante la cual "Su Excelencia el excomisario general Gustav von Kahr expondrá a la elite de la sociedad muniquense, convocada mediante invitaciones individuales, las perspectivas políticas y las razones su actitud".

Adolfo Hitler se entretuvo, en compañía de su fotógrafo personal Heinrich Hoffmann, en un pequeño salón de té de la Gartnerplatz, y luego se dirigió a casa de su amigo Hermann Esser, el cual estaba enfermo de ictericia, para confortarlo.

La noche estaba próxima cuando Hitler llegó a la Schellingstrasse, al mismo tiempo que Herman Goering, que llevaba un paquete con su casco de acero. Hitler eligió a cinco o seis guardias de corps: Amman, Graf, Rosenberg y otros, y les recomendó "no olviden su pistola", y luego, en el Mercedes Benz rojo que había sustituido al Selwe, cruzó el puente sobre el Issar y se dirigió a la Rosenheimrstrasse. Su impermeable tapaba una chaqueta en la que había prendido su cruz de hierro, la que se le concedió durante la Primera Guerra Mundial.

* La policía nada sospechaba

La policía de Munich "no había olfateado ninguno de los preparativos", improvisados por Hitler a última hora. El servicio para guardar el orden de la cervecería se reducía a algunos agentes.

La jarra de cerveza costaba un trillón de marcos y todas las mesas de la vasta sala, dominada por una galería rebajada, estaban ocupadas y sobre ellas decenas de jarras.

El asesor comercial Helmut Zent, organizador de la reunión, saludó al auditorio y concedió la palabra a Von Khar que comenzó su discurso diciendo: "El hombre más enérgico es impotente para salvar a su pueblo si no recibe un apoyo activo de la opinión pública". Eran las 8:45 de la noche del 8 de noviembre de 1923.

De pronto, hubo algunos empujones en la entrada. Von Khar no reconoció a Hitler hasta que éste estuvo a dos pasos de él, quien subido a una silla y empuñando una pistola, hizo un disparo al aire, y gritó: "¡Silencio!, y a continuación subió a la tribuna de donde Khar se había retirado y exclamó: "¡La revolución Nacional ha estallado! La sala está rodeada por 600 hombres armados. Si el orden no se restablece inmediatamente, se montará una ametralladora en la galería. El Gobierno bávaro queda disuelto. Será constituido un Gobierno provisional del Reich. Excelencia Von Khar, Excelencia Von Lossow, señor coronel Von Seisser, los invito a que me sigan. Respondo de su seguridad".

* Goering en la tribuna

Los tres fueron conducidos a una salita contigua al guardarropa, y Khar comentó a Lossow y Seisser: "Sigamos la comedia".

En esas Goering había reemplazado a Hitler en la tribuna y, empuñando una pistola, disparó al techo y le hizo un agujero de un balazo. De inmediato ordenó: "Nadie debe moverse, o pobre de él. Tienen la suerte de asistir a un acontecimiento histórico, y ¡tienen ustedes su cerveza!".

En la salita donde estaban Khar, Lossow y Seisser, Hitler les mostró su pistola y dijo: "Nadie abandonará esta habitación con vida sin mi permiso. Tengo cuatro balas en mi pistola. Tres para mis colaboradores si me abandonan; si el asunto fracasa, tres son para ustedes, y la última para mí. Si no obtengo la victoria para mañana por la tarde, me mataré".

Khar respondió: "Puede usted matarme; vivir o morir no tiene importancia".

Hitler les ofreció a quienes estaba amenazando: "Usted, Lossow, al Ministerio de la Reichswehr; usted, Seisser, el de la policía, y usted, Kahr, la regencia de Baviera, con el exprefecto de la policía Ernst Pohner como ministro presidente. ¡Ludendorff será el generalísimo del nuevo ejército alemán, y yo, el canciller del Reich!".

Los tres rehenes trataron de ponerse de acuerdo, pero Hitler los conminó a callar: "Ustedes, caballeros no deben hablar entre sí".

Salió un momento, dejando al doctor Christian Weber al cuidado de vigilar al trío, y reapareció en la tribuna e hizo un juramento: "¡Mañana será un día victorioso o estaré muerto!":

Dicho esto regresó a la salita y afuera escuchó las voces en alto de ¡Heil! y ¡Hoch!, saludando al mariscal Erich Ludendorff que llegaba al lugar vestido de civil. Se acercó a los tres rehenes y les dijo: "Caballeros, estoy tan sorprendido como ustedes. Pero el paso ha sido dado, y se trata de la patria. Sólo puedo decirles una cosa: ¡Únanse a nosotros!".

Lossow asintió: "¡Gut!, ¡Está bien!". Seisser hizo un signo de asentimiento, y Kahr declaró: "Consiento en tomar la responsabilidad de Baviera como teniente general de la monarquía".

Tras escuchar a los tres, Hitler regresó a la gran sala al frente de sus ministros. Se intercambiaron abrazos y declaraciones patrióticas.

* Afuera de la cervecería

Ernst Rohm había convocado, en la Lowenbraukeller, una "reunión de camaradas". Wilhelm Bruckner, su lugarteniente, recibió aquella misma mañana la orden de enviar allí dos batallones de Tropas de Asalto, y conducir el tercero a la cervecería en la Rosenheimerstrassse. Se llamó a Julius Streicher de Nuremberg y a Gregor Strasse de Landshut, junto con todos sus hombres.

El batallón Oberland estaba encargado de arrestar a los soldados de los cuarteles de infantería y del cuerpo de ingenieros. Los tenientes Alfred Rossenbach, Otto Wagner y Heinz Pernet, este último yerno de Ludendorff, debían tomar las armas a los cadetes de la Escuela de Infantería.

Hitler, con la ayuda de Pohner, el exjefe de la policía de Munich, había persuadido a Hans Frick, que aún era oficial en la Policía Departamental, que telefoneara al oficial de policía en la sala de la cervecería, y que le ordenara que no interviniera, y que se limitara a informar si algo sucedía.

La policía de Munich "no había olfateado ninguno de estos preparativos", y la tarea de vigilancia, alrededor de la cervecería, se reducía a algunos agentes.

* Se pone en marcha

el golpe de estado

En Lowenbrau, Rhom anunció, "en medio de aclaraciones delirantes, el gran acontecimiento" que se estaba desarrollando al otro lado del Issar.

Las centurias formaron una columna y se pusieron en marcha "con la música al frente", hacia la cervecería. No habían alcanzado aún los Ludwigbruecke, o sea golpeadores, la columna cuando un motociclista le entregó a Rhom la orden de ocupar el Ministerio de la Guerra.

Rhom dio media vuelta con su contingente de Reichkriegflagge, o sea, la bandera de guerra del Reich, mientras las Tropas de Asalto proseguían su marcha hacia la calle Burgerbrau. El Ministerio de Guerra estaba guardado solamente por algunos centinelas, y Rhom se instaló en él, colocó barricadas en las salidas y esperó.

En el Bund Oberland, los insurrectos, entre ellos el general retirado Hof Aether, que se introdujeron en el cuartel de ingenieros, fueron desarmados y arrestados.

En el cuartel del 19ª. Regimiento de Infantería, la intervención de un capitán hizo cesar la distribución de armas y expulsó a los insurrectos. Los cadetes de la Escuela de Infantería que habían seguido a los tenientes Rossbach, Wagner y Pernet, se unieron al grupo de los Burgerbraukeller.

Las tropas de Asalto habían arrestado a Max Knilling y sus colegas y, a las 22:30 horas, Kahr, Lossow y Seisser salieron libres, subieron a sus coches y se dirigieron hacia al centro de Munich. Los tres caballeros, dijo el doctor Weber, "han dado al general Ludendorff su palabra oficial de permanecer fieles a la revolución que Hitler acaba de proclamar".

* Insurrectos aficionados

La jornada insurreccional llegó a su fin hora y media antes de la medianoche. Las puertas de la cervecería se habían abierto y los parroquianos, conspiradores y principales "desaparecieron en la noche oscura".

Kahr se dirigió a la Comisaría General. Lossow, seguido de Seisser, marchó al Gobierno Militar de la plaza, donde el gobernador, general Max Danner, le recibió diciendo: "¿Se trata de un bluff, Excelencia?".

Los generales Anton Ruith y Frederick Kreas estaban presentes, vestidos de paisanos, y le dijeron: "Hemos tomado espontáneamente las medidas para resistir el putsch, los cuarteles están a cubierto de un golpe de mano, y las guarniciones de Landshut, Ratisbona, Passau y Augsburgo han sido alertadas y envían refuerzos a Munich".

Hitler "no se había tomado la molestia de extender ramificaciones a la capital del Reich, y había omitido incluso dar la orden de ocupar la central telefónica de Munich, craso error".

A las 2:55 de la madrugada, la radio de Munich difundió un comunicado diciendo: "El comisario general del Estado, Von Khar, el teniente general Von Lossow y el coronel Von Seisser, reprueban el golpe de Estado de Hitler, y la adhesión al golpe, Hitler que se las ha arrancado a la fuerza carece de valor".

De inmediato se ordenó imprimir carteles en que se reproducía el comunicado y se fijaron en los muros de los edificios de Munich.

* El día siguiente: Manifestación y aprehensión de Hitler y los suyos

A las once de la mañana del 9 de noviembre de 1923 una concentración de treinta mil manifestantes sale de la Burgerbaukeeller portando banderas nacionales y estandartes con la cruz gamada en dirección al centro de Munich. A la cabeza marcha Hitler, armado con una pistola y seguido por su guardia de corps, el boxeador Ulrich Graf, que le cubre la espalda. A su derecha están Lu dendorff y Goering, y a su izquierda Alfred Rosenberg, ideólogo del movimiento, y Herman Hess, estudiante universitario, hijo de comerciantes bávaros.

La columna avanza protegida por un camión en el que se ha montado una ametralladora pesada, alcanza la orilla del Isaar y rebasa el Ludwigsbrucke, en el que está apostada una patrulla de la policía.

Goering se adelanta y amenaza con matar a los rehenes, dos agentes de la policía que ha llevado consigo. La patrulla tiene un momento de duda, que los insurrectos aprovechan para abrirse paso apuntando con revólveres y bayonetas.

Al mediodía, la comitiva llega a la Marienplatz, por la Zweibruckerstrasse, donde es esperada por un millar de personas que escuchan una alocución de Streicher. A la vista de Hitler y de sus compañeros, el orador se interrumpe, desciende del estrado y se una a la columna, que se dirige al Ministerio de Guerra, donde forman barrera los hombres de Roehm y su joven portaestandarte Heinrich Himmler, de 23 años.

Los manifestantes invaden la Wienstrasse, la Perusastrasse y la Residenzstrasse. Son las 12:30 y entran en la estrecha Feldherrnhalle y, en el momento de desembocar en la Odeonplatz hallan la calle cortada por otro cordón de policía.

Streicher hace un disparo de pistola, al que sigue un tiroteo en el que caen muertos dieciséis nazis y, otros muchos, entre ellos Goering, resultan heridos. Hitler es derribado por la caída de uno de sus guardaespaldas, herido de muerte, y se disloca el hombro derecho. Se recupera, se levanta a toda prisa y se precipita dentro de un taxi, que le lleva a casa de su amante Erna Hanfstaengl, en Uffing.

Ya con su amiga, Hitler, "desesperado" le dice: "Voy a suicidarme. Temo la reacción de los familiares de los caídos en la Feldhermhalle".

En esas, el puesto de policía de Weilheim recibió, por medio de la prefectura de la Alta Baviera, la información de un denunciante que decía que Hitler "se oculta en casa de Frau Hanfstaengl".

El teniente Rudolf Belleville parte en un camión con 12 policías y se apersona en la casa de Hanfstaengl.

"Hitler apareció entonces en el rellano de la escalera, vestido con un pijama blanco y declaró 'me rindo', y me tendió la mano", declaró Belleville a quien Hitler conocía desde 1919.

"Tuvimos que ayudarle a vestirse, cosa que hizo gimiendo continuamente de dolor porque tenía un brazo dislocado".

El 13 de noviembre, a las ocho de la noche, Hitler tras terminar de escribir una líneas a Rosenberg para confiarle la dirección del Partido Obrero Nacional Socialista, es detenido y llevado a la fortaleza de Landsberg, a orillas del Lech, en la que el único recluso es el conde Antonio Arco-Valley, asesino del escritor judío Kurt Eisner, jefe la República Roja bávara de la primera posguerra.
 
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