Opinión / Columna
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Los Trescientos y... Algunos más
Carlos González Gamio
26 de octubre de 2009
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* Pedro Friedeberg en Bellas Artes
* Lo que se salvó del diluvio
* Haciendas de México
Todo un evento de memoria colectiva resultó la retrospectiva que se llevó a cabo sobre la obra de uno de los escasísimos grandes que le restan a la enorme Ciudad de México. Hoy no encuentro, y miren que busco, ingenio, originalidad, diseño, creatividad en estas nuevas hordas que inundan la plástica mexicana; y sí, Pedro Friedeberg, el arquitecto de confusiones impecables, asoma su rostro de nuevo.
Es Pedro, creador y tal vez habitante de un mundo en el que en ocasiones quisiera habitar. Cuasi perfecto, de líneas conversas y figuras geométricas, torres góticas, animales mitológicos, circunvoluciones exactas que nos remontan a fantasías anheladas desde que nacemos.
Hoy, el INBA y el Conaculta le abren sus puertas en un acto de justicia al artista que con su inventiva y trabajo constante ha llevado a cabo, tal vez sin percatarse, una revolución en el plano artístico desde los años 60. Sus innumerables copistas son fehaciente testimonio de lo dicho.
Cientos de coleccionistas y admiradores de la obra friedebergiana se dieron cita en el Museo del Palacio de Bellas Artes a finales de la semana pasada para estar con el amigo genial, entre quienes saludamos a Gonzalo Altamira, Susana Carral, Norma Redo, Joel Torrijos, Kuxi Von Wutthenau, Óscar Pintado, Chela Braniff, Tamara Frances, "La Nena" Solís e infinidad de invitados más que de ahí partieron a alegre "happening" a casa de Norma Redo.
El arquitecto Luis Ibarra, en espléndida comida mexicana, reunió amigos para hacer remembranzas del campo nacional, el primer latifundio de Hernán Cortés, el Marquesado del Valle de Oaxaca; su extensión comprendía porciones de Morelos, Hidalgo, Puebla y naturalmente Oaxaca, en medio de litigios muy prolongados permaneció en poder de la familia del conquistador, las últimas noblezas napolitanas Manteleone y Pignatelli, hasta 1853, lo administró don Lucas Alamán, que descansaba en el ingenio de Atlacomulco. Cortés fundó también el hospital de Jesús Nazareno, la iglesia contigua donde descansan sus restos y guarda pinturas de Clemente Orozco, institución benéfica que subsiste en el sitio original de República del Salvador, Pino Suárez, 20 de Noviembre y Mesones.
Bajo el dominio español surgieron el marquesado de Aguayo en Coahuila y Texas, posteriormente de los Sánchez Navarro, liquidado como represalia jurista al apoyo dado a Maximiliano. Del latifundio Rincón Gallardo, Ciénega de Mata, partes en Aguascalientes, Jalisco, Guanajuato y Zacatecas, quedan tierras en poder de esa distinguida familia cuyos últimos exponentes fueron don Carlos, el marqués de Guadalupe, don Jaime, Poncho, charro egregio, Pablo y ahora sus hijos. El casco en cantera rosa, similar a su casona en Aguascalientes, luego Palacio de Gobierno y la gran iglesia cuya belleza, proporción, dimensiones y riqueza más que a finca de campo corresponden a una ciudad importante.
De las órdenes religiosas, principalmente Juaninos, Agustinos, Carmelitas que tenían fincas de campo para sostener con sus frutos iglesias, escuelas, hospitales y seminarios, el latifundio mayor fue de la Compañía de Jesús, que sólo en el altiplano tuvo La Gavia, Jalpa, la Compañía, adquiridas por Pedro Romero de Terreros, en remate del Gobierno virreinal, tras la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III en 1767. El conde de Regla también tuvo con las minas de Pachuca y Real del Monte las haciendas de San Miguel y Santa María de Regla; otras haciendas famosas fueron las del marqués del Jaral de Berrio en el Bajío, subsisten los palacios de ese nombre en sus tierras en Guanajuato y en esta capital el edificio del Banco Nacional, en Isabel la Católica, y el Palacio de Iturbide en Madero, hoy oficinas del Fondo Social Banamex.
Manuel Payno en "Los bandidos de río Frío" ubica parte de su historia en el latifundio del conde del Sauz. Juárez con las Leyes de Reforma hace 150 años acabó con las sociedades de manos muertas, lo que privó de tierras tanto a las órdenes religiosas como a las comunidades indígenas que hasta entonces pudieron subsistir desde los tiempos coloniales por las Leyes de Indias; la iglesia también era banco de avío; la República restaurada fomentó la gran hacienda, porque sin los recursos eclesiales, dio fin a los pequeños agricultores y fueron absorbidos por los grandes, que tenían capitales propios.
Con el Porfiriato, don Iñigo Noriega formó La Sauteña, de un millón de hectáreas, en desierto abandonado, para hacerlo de riego con canales y derivaciones del río Bravo, que por fin terminó el presidente Miguel Alemán en Reynosa, Matamoros, y Valle Hermoso.
Excepcional pionero fue también el italiano Dante Cusí, que al principio del siglo XX compró las ruinas de la hacienda Ojo de Agua, de 60 mil hectáreas; fundó las haciendas Lombardia y Nueva Italia, hizo sifones en los ríos Cupatitzio y Charapendo; abrió al riego 30 mil hectáreas que puso a producir ganado, limón y arroz con las industrias derivadas, desarrollo urbano, ferrocarril hasta Nueva Italia, teléfono, fábrica de aceite esencial de limón, molinos de arroz, escuelas, iglesias y muchas otras obras de beneficio social, hizo progresar a Uruapan, Apatzingán y toda la zona, que tuvo progreso nunca visto.
El presidente Lázaro Cárdenas liquidó la Hacienda en 1938 y con 15 mil vacas la entregó al ejido, que solamente tuvo ganancias ese año porque vendieron el ganado y cosecharon las siembras de los Cusi, y luego las utilidades fueron para los mangoneadores del ejido. Hoy, las tierras producen también melón, droga y asesinatos derivados del narcotráfico.
Los descendientes del señor Cusi, Eugenia y Ezzio, de gran prominencia social y empresarial, destacan en diversos ramos inmobiliarios y hoteleros.
Del latifundio Terrazas en Chihuahua, cuando vendía miles de reses, preguntaban de qué color las querían y ni inquirían si era de Chihuahua, respondía que Chihuahua era suyo; descienden de ese tronco, no menos valiosos, los apellidados Creel, Luján, Sisniega.
De aquellos palacios rurales unos quedan incrustados en las ciudades: San Ángel Inn, Los Morales, Clavería, Santa Mónica, utilizados para hotelería, y ya en el campo con los capitales para fines altruistas de don Antonio Hagenbeck, en Texmelucan y en Tlaxcala; San Miguel Regla, Galindo, Jurica, Juriquilla, San Gabriel de la Barrera, Concá, Cantalagua, La Punta, Vista Hermosa, San Gabriel de las Palmas, etcétera, hoteles, Chapingo, Universidad Agrícola, Mazaquiahuac y La Llave, al ejército, Chautla y su castillito de telenovelas, y las yucatecas y campechanas rescatadas por don Roberto Hernández como Santa Rosa, Temonzón.
La producción de riqueza ya no viene del campo, algunas fincas subsisten por capitales de industria, comercio, servicios. Los neohacendados son jardineros, porque van "a-dejar-dinero", por esos ricos sucesores, tuvo salvación mucha riqueza histórica, política, arquitectónica y de las demás artes.
Felizmente quedaron en el pasado las invasiones previas a cosechar, pagadas por el Departamento Agrario, a cargo de Gómez Villanueva, Félix Barra... Pero hasta los próximos 300 y algunos más.
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