Opinión / Columna
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Los Trescientos y... Algunos más
Carlos González Gamio
19 de octubre de 2009
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* Un recorrido por Puebla
* Su gastronomía, de las más variadas
Visitamos Puebla para degustar los últimos chiles en nogada.
Permanece la colonial ciudad intacta, limpia, sus monumentos lucen arreglados, las piedras labradas con amor.
La argamasa en los muros que semejan pastelería, el ocre claro, de paredes aplanadas y en primerísimo lugar la catedral que realmente parece obra de los ángeles, su atrio libre de estorbos.
El primer obispo fray Julián Garcés comenzó la construcción en el siglo XVI, que fue ampliada por los arquitectos Francisco Becerra y Juan Gómez de Trasmonte, y concluida por el obispo Palafox un siglo después en 1649.
Destaca la sobria fachada en sillares de piedra gris, las imágenes con esculturas; las portadas, el interior es magnífico, coro enmedio, el altar de los reyes diseñado por Manuel Tolsá en 1797.
Admiramos también la iglesia de la Compañía, grandiosa y de tres naves como las demás de los jesuitas, de acústica adecuada para escuchar no sólo la palabra de Dios, sino también obras musicales y a últimas fechas conciertos de música clásica; el jardincillo de enfrente lo comparte con acceso a la Benemérita Universidad de Puebla (BUAP), que aprovecha salones, patios, celdas del convento anexo al templo.
Vino a la memoria el conflicto entre el obispo Juan de Palafox y Mendoza contra los jesuitas, pues don Juan tenía sobradas energías tanto para concluir la catedral y hacer la Biblioteca Palafoxiana, como para prohibir a los jesuitas el ejercicio sacerdotal; la contienda era entre dos potestades igualmente poderosas, en posesiones irreductibles, pero la sangre no llegó al río, porque la Iglesia dio habilidosa solución: cambiar al obispo de sede, mandarlo a Osma, en España, con lo que volvió la paz.
Qué falta hacen soluciones negociadas en lugar de la violencia física y verbal que padecemos.
El Museo Bello permanece en reparación que lleva años, el otro Museo Bello contiguo a Santo Domingo sí funciona en la muestra de sus preciosidades.
La Orden de Santo Domingo de Guzmán dejó en sus templos un elevado arte que inspira la devoción; ahí el templo da a 5 de Mayo, uno de los ejes de la ciudad, en el centro, y tiene su joya principal en la capilla del Rosario, "la octava maravilla del mundo", que compite con la de Oaxaca, de mediados del siglo XVII; está en cantera pulida con el mayor primor, con admirable proporción los arcos número y medida, símbolos, coros; abundan el oro de hoja en la madera esculpida, no podía faltar la talavera en el lambrín; la escultura del fundador de la Obra de Predicadores y del Santo Rosario, las de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; otras pinturas de alto valor artístico, los cuatro evangelistas, la cúpula y la reja que hace separación con la nave del templo.
No olvidamos que Santo Domingo de Guzmán, como humano que fue, lo mismo fundó la Orden de Predicadores en 1216, que quemó a los albigenses en Francia; fundó la Inquisición y dio arte monumental. Al tiempo que San Francisco de Asís predicaba la dulzura y el convencimiento, contrario a la crueldad y violencia contra quienes su culpa era pensar de otro modo.
Mantiene el conjunto de Santo Domingo el padre Antonino Peinador O. P. con amor, conocimiento y voluntad.
La cocina poblana no desmerece tampoco con el clásico mole, las chalupas del Paseo de San Francisco y ahora el mole blanco del hotel Camino Real.
La salida para Valsequillo en ampliada avenida de seis carriles en dos sentidos.
Los demás caminos a cargo de la Comisión Estatal de Comunicaciones, angostos, con curvas de gancho y como las calles de la capital poblana sobrados de topes y de hondos baches con deficientes señalamientos.
Tecali donde prácticamente toda la población está dedicada a la artesanía en mármol, comenzando por el ónix local que por traslúcido decora los ventanales de las iglesias, ahora también en conos ahuecados y toda clase de piedras calizas, plantifican la belleza y el lujo de la piedra en esos pedestales, umbrales, lámparas y trabajos hechos a suelta imaginación.
Domina el paisaje de Tecali, el convento y el templo de Santiago, que perdió la techumbre, pero conserva intactos los muros; los ductos para depositar el agua, en su profundo aljibe y toda su magnificencia.
Los retablos renacentistas fueron trasladados a la iglesia del clero secular, cuando hicieron a un lado a los órdenes regulares en el siglo XVII y felizmente están bien conservados.
Seguimos a Cuautinchan, con templo de elevadas proporciones que alberga el más antiguo retablo del siglo XVI; del amplio convento quedaron los patios y muros sin techo, pero mantiene el huerto y el atrio que domina la población con espacios intermedios que con la luz del crepúsculo iluminan la iglesia hasta el presbiterio, mantenido limpio, pero pide a gritos auxilio para reponer y reparar piezas flojas, puertas carcomidas y muros que perdieron la cal.
No hay información para turistas sobre estas piezas tan importantes y de fácil acceso.
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