Opinión / Columna
 
De cara al Sol 
Andrea Cataño Michelena 
¡Adiós, "Juanito"!
El Sol de México
2 de octubre de 2009

  Lo voy a extrañar, me hacía reír. "Juanito", Rafael Acosta, suplió por breve tiempo mi nostalgia por las canciones de Chava Flores y por esa maravilla que era la Familia Burrón. Es un personaje que mercería un análisis sociológico profundo porque encarna a los millones de tránsfugas del arado que el fracaso del campo mexicano expulsa a Estados Unidos o a las ciudades donde llegan a formar esos grandes cinturones de miseria como partículas suspendidas.

Hombre de claroscuros, de contrastes, para algunos despreciable y para otros, simpático, pintoresco. Lo cierto es que son millones "los Juanitos" de Iztapalapa, de Ecatepec, de Gustavo A. Madero, o de Neza, ésos que viven con índices de pobreza patrimonial (es decir, que no tienen detrás en qué caerse muertos) y de pobreza alimentaria (es decir que tienen hambre rompe tripas crónica). Son esos millones de proletarias almas que exigen servicios: agua, luz, escuelas, clínicas y hospitales, pero que por formar parte de la economía informal, no tributan; en otras palabras, gravitan sobre mi bolsillo y el suyo, querido lector.

Juanito tal vez nunca haya pagado más impuestos que el IVA de alguno de los bienes y servicios que haya consumido. Juanito era "torero", vendedor ambulante de camellón, uno más de los millones de seres que han convertido las calles en sus oficinas para comerciar con todo tipo de "chinaderas" que como por arte de Chen-Kai les caen en las manos: calculadoras, marcadores, abanicos "tuppers", plumones, sombrillas, carritos, linternas y lo que se le ocurra. Curiosamente, estas selectas mercaderías les llegan a todos por igual, según la temporada. Es decir, detrás de ellos hay distribuidores a gran escala que son los encargados de repartir los artículos idénticos en cada esquina.

La red de corrupción que maneja a los "toreros" y a los tianguistas es enorme y poderosa. No se entiende sin la complicidad y la protección de las autoridades. ¿Cómo ingresan millones y millones de cargamentos de estas chácharas? ¿Dónde las almacenan? ¿Quiénes controlan su venta? El último eslabón de esta enorme cadena son los explotados vendedores, porque ellos son, al fin y a la postre, empleados que reciben una bicoca por estar todo el día jugándose el pellejo entre los automóviles, en condiciones de total insalubridad (sin tener ni baño). Los Juanitos aceptan, porque es eso o morirse de hambre o caer en la delincuencia.

Los Juanitos, en su mayoría, son de extracción campesina. La miseria del campo los ha traído a las ciudades en busca del sustento que no encontraron en sus lugares de origen. Los Juanitos viven todos los días en carne propia la desigualdad, la marginación y su lucha por sobrevivir aunada a sus frustraciones cotidianas los convierten en tierra fértil para el resentimiento social.

Luego llegan los fatuos, los falsos mesías -tropicales, para más señas- y los usan, los explotan, les venden una mercancía que encandila: promesas, esperanzas. Si les va bien, reciben limosnas disfrazadas, pero la dádiva etiquetada de contribución solidaria no resuelve el problema de fondo, porque no los hace dueños de sus destinos mediante la capacitación, la educación y el trabajo. Los pobres sufren así una doble explotación que los hunde más profundamente en su condición, que los inhabilita para salir adelante, porque las limosnas solamente acostumbran a mantener la mano extendida como única manera de ese tan mexicano "irla pasando". Los Juanitos no necesitan ayudas de despensa, ni becas indiscriminadas, los Juanitos necesitan fuentes de trabajo, oportunidades para prepararse mejor, regresar al campo y poder vivir decorosamente de lo que produce la tierra, en lugar de venir a tragársela literalmente en las esquinas de las grandes ciudades.

Juanito es un personaje de la tragicomedia nacional al que su propio pasado o el de su gente cercana ha hecho claudicar de esa sabrosísima insubordinación a las puntadas de Nerón del Legiti-mito que le ganó tantas simpatías. Sería digno de estelarizar un programa humorístico como el de La Rosa de Guadalupe, porque retrata la realidad de un país que produce más pobres que barriles de petróleo y no porque no tenga riquezas incontables, sino porque quienes llegan a administrarlas son, salvo sus raras excepciones, o corruptos o ineptos a los que motiva la codicia material o, la que es peor, la espiritual.

No sabemos si Juanito es de verdad un luchador social. Tal vez ahora tenga la oportunidad de demostrarlo ya sin el lastre de ese megalómano que finalmente se salió con la suya. Veremos.

andreacatano@gmail.com
 
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