Opinión / Columna
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Corresponsal en Francia
Carlos Siula
Inquietos Europa y EU por el cambio de Alemania hacia la derecha
Organización Editorial Mexicana
29 de septiembre de 2009
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París, Francia.- Con la llegada de los liberales al poder para formar un Gobierno de coalición con la canciller democristiana Angela Merkel, Alemania operará un drástico giro a la derecha que tendrá profundas consecuencias en Europa y puede incluso convertirse en una pesadilla para Estados Unidos.
A pesar de su apariencia trivial, la nueva relación de fuerzas que arrojaron las urnas puede representar una verdadera revolución en política doméstica, en materia económica e incluso a nivel internacional.
En el plano interno, la derrota socialdemócrata puso término a la alianza contra natura que gobernó la primera potencia económica de Europa entre 2005 y 2009. Al mismo tiempo, abrió el camino a una coalición ideológicamente más coherente entre la democracia cristiana y el Partido Liberal Demócrata (FDP), de Guido Westerwelle.
En la liturgia política germana, las alianzas formadas en los últimos 60 años entre la democracia cristiana y los socialdemócratas se denominan grosse Koalition (gran coalición), mientras que a los gabinetes de la CDU con el FDP se los califica -casi peyorativamente- de kleine Koalition (pequeña coalición). Esta vez, sin embargo, el Gulliver que salió de las urnas puede dar pasos de gigante en un continente y en un mundo transformado por la crisis más grave que conoció el planeta desde la Gran Depresión de 1929.
Este cambio amenaza con introducir modificaciones revolucionarias en el tradicional modelo de concertación social, surgido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Ese modus vivendi garantizó la paz social y la doble reconstrucción que vivió el país en los últimos 60 años: el milagro económico de la postguerra y el alto precio que demandó la reunificación a partir de 1990.
Para evitar que los sacrificios penalizaran a un sólo sector de la sociedad, el modelo de concertación exigía -tácitamente- un acuerdo tripartito entre gobierno, empresarios y sindicatos socialdemócratas. La llegada del impetuoso Westerwelle al poder, coincidiendo con un repliegue histórico de la socialdemocracia, puede provocar una reorientación radical de la economía y sobre todo de la política social sin pasar por la mesa de negociación.
Durante la campaña, Merkel se comprometió a moderar la aplicación de las medidas más ultraliberales del programa del FDP, como la reforma brutal del impuesto sobre los ingresos o una supresión del salario mínimo que existía en los principales sectores de la producción. Pero, como todo el mundo sabe, las promesas de campaña se las lleva el viento.
Por razones tácticas, el cambio puede postergarse hasta mayo de 2010, fecha en que se debe renovar el parlamento regional de Renania-Westfalia, que es la región más grande del país. Pero, después de ese momento, es probable que la nueva coalición decida aplicar la promesa de bajar los impuestos a las ganancias de las empresas a tasas de 10 a 25 por ciento, contra 30 por ciento en la actualidad. Westerwelle también desea una reducción impositiva por un total de 22 mil millones de dólares que beneficiará en particular a la clase media. Como paladín de las PME, está resuelto a promover esas empresas que constituyen la espina dorsal de la economía alemana.
Otra medida crucial del programa liberal es la promesa de desregular el mercado laboral para facilitar las contrataciones y despidos.
Ahora que desaparecieron las reservas socialdemócratas, Angela Merkel y los liberales podrán prolongar a través del Parlamento la duración de vida de las centrales nucleares productoras de energía eléctrica a fin de reducir la dependencia del petróleo y facilitar un tránsito sin traumatismos hacia las nuevas energías renovables.
Ese reajuste político, naturalmente significará poner el esfuerzo en las necesidades internas del país, un cambio que podría aislarla de sus aliados europeos.
El eventual repliegue de la primera potencia económica de Europa no es un acontecimiento trivial porque puede incidir en la orientación general de la Unión Europea (UE). Este punto es tanto más importante que, como futuro responsable de la diplomacia germana, Guido Westerwelle será el encargado de negociar con los otros 26 miembros de la UE.
Una primera contradicción interna, que afectará la política europea de Alemania, será la posición con respecto al ingreso de Turquía. Los liberales consideran que ese gigante -político, demográfico, económico y militar, miembro de la OTAN- no está "maduro" para ingresar a Europa. La candidatura turca cuenta con la simpatía de la democracia cristiana, pero no será fácil para Merkel vencer la oposición liberal.
Este es probablemente uno de los pocos puntos de política exterior en que los liberales no están acuerdo con Estados Unidos.
En otro aspecto crucial, la nueva alianza parece decidida a mantener la presencia militar de Alemania en Afganistán, en el marco de la OTAN, a pesar de las recientes amenazas terroristas formuladas por Al Qaeda.
La Casa Blanca, en cambio, probablemente tendrá grandes dolores de cabeza en materia económica porque ni Merkel ni Westerwelle están demasiado resueltos a apoyar los planes globales de reactivación que reclama el presidente Barack Obama. La canciller, que no desea agravar el déficit presupuestario ni el endeudamiento alemán, se resiste desde hace tiempo a lanzar nuevos programas de estímulo: "En lugar de dar consejos, sería más prudente que Estados Unidos se ocupe de sus déficits", declaró recientemente. Los liberales no hubieran dicho otra cosa.
Todo ese panorama parece indicar que Alemania entrará en una nueva fase de su historia gracias esta nueva coalición más coherente que la precedente en materia ideológica. El problema más grave que tendrá Angela Merkel, si quiere seguir manteniendo su popularidad, es ver cómo controlar los ímpetus de su aliado Guido Westerwelle y sus ideas ultraliberales, muy difíciles de asumir en tiempos de crisis.
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