Opinión / Columna
 
Gerardo Sosa Castelán 
El festejo de nuestra pobreza
Organización Editorial Mexicana
27 de septiembre de 2009

  El mexicano es generalmente un pueblo triste, abatido, que sólo una vez al año, en las celebraciones del santo patrón, explota y da rienda suelta a su alegría contenida.

Entre los festejantes hay, por supuesto, de todo. Los que ahorraron y se prepararon para estrenar atuendos y un comelitón, así como la contra-fiesta que termina hasta las seis de la mañana con cohetes y fuegos artificiales.

Pero también están los que antes de la celebración acuden al montepío a empeñar la máquina de coser, el televisor, la medallita para no ser menos que el vecino pudiente o ahorrativo y, ¡qué caray!, también hacer la fiesta propia.

Un poco de esto último es lo que ahora sucede en el plano nacional, donde la empobrecida administración pública federal -que, sin embargo, tiene funcionarios ricos por los altos salarios que perciben-se prepara para celebrar los 200 años del inicio de la Independencia y, de paso, los 100 de la Revolución Mexicana.

Vísperas ya del 2010, hay aprestos para tirar la casa por la ventana, no obstante que el coordinador de la Comisión Organizadora del Bicentenario y Centenario de esas gestas históricas, José Manuel Villalpando, admita que debido a la crisis económica, la celebración será austera.

¿Cómo define el término austeridad ese personaje?

Sólo él lo sabrá. Porque, para empezar, dicha comisión ha sido escenario de un desfile de titulares que, en poco menos de cuatro años, han cobrado del erario público sin brindar mayores resultados. El primero de ellos, aunque honorario, fue Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien a pesar de no haber recibido un céntimo, sí debió haber ordenado estudios que debieron ser botados al cesto de la basura en cuanto llegó su sucesor.

Tras Cárdenas hubo dos o tres más coordinadores que, por supuesto, sí cobraron un suculento salario -más choferes, secretarias, teléfonos, comidas, viajes...-y, con seguridad, ordenaron más investigaciones que habrán costado a los contribuyentes un ojo de la cara.

Hay muchos recursos públicos que, hasta el momento, se han dilapidado sin que aún se sepa cómo serán los festejos y, peor todavía, qué es lo que se va a celebrar.

De lo majestuoso originalmente planeado se pasó a lo minúsculo. Y hasta eso le ha costado a los mexicanos.

El gran arco que se construiría en la confluencia del Paseo de la Reforma y el Circuito Interior de la capital nacional quedó reducido a una columna que, si bien le va, terminará edificándose de granito.

Ni siquiera ha habido una moneda como la que hace un siglo mandó a acuñar Porfirio Díaz en oro y que, en estas fechas, se cotiza en muchos dólares. Esta vez no hay "Centenario", apenas se imprimieron dos billetes conmemorativos ¡de plástico!

¿Qué se festeja? Pocos lo saben con certeza.

Las nuevas generaciones, por ejemplo, no entienden a cabalidad los términos "independencia" y "revolución", habida cuenta que lo que hoy se vive es una suerte de interdependencia con otras naciones y al fenómeno se le llama globalización... tampoco el otro vocablo, pues está claro que lo que ahora se da ni siquiera es evolución, sino una franca involución.

La efeméride pesa. Las advertencias sobre un posible "estallido social" a cargo de personajes como el rector de la UNAM, José Narro, coinciden con el término de la primera década del siglo. Como sucedió en el XIX y en el XX.

No es conveniente empeñar los pocos valores que se conservan para festejar los patronazgos independentistas y revolucionarios con otro movimiento social.

La mejor celebración sería, en cambio, acabar con la pobreza que en el país ya tiene más de 200 años, y que la centenaria revolución no consiguió siquiera paliar.

E mail: gerardososa_cas@yahoo.com.mx
 
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