Opinión / Columna
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Son Politikón
Arisco-Teles
19 de septiembre de 2009
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Las fiestas patrias nos permitieron meditar sobre el pasado, el presente y el porvenir. Es decir, conocer nuestra historia, quienes somos, dónde estamos, que hemos hecho (bien o mal), cuanto valemos, los retos de hoy, como resolverlos; adónde vamos, qué queremos en lo fundamental, qué debemos de hacer. En la vida no vale lo que deseamos, sino como conquistarlo, al respecto François Mitterrand señalaba que "estar de acuerdo con uno mismo: es la mejor receta de la razón", claro desde este punto de vista es la base del éxito, al son de: "No hace falta que salga la luna, pa' venirte a cantar mi canción...".
Cómo nación, para triunfar, se requiere de mecanismos para estar de acuerdo con el proyecto de nación que se desea, para reconocer dónde estamos y hacia qué dirección ir. En épocas de crisis lo posible se vuelve difícil y lo imposible es utopía por alcanzar. Lo que no debemos confundir, es lo imposible con lo aciago. Hay que desear, luchar y alcanzar con voluntad férrea, conocimientos, imaginación, constancia y los mejores hombres, de tal forma parafraseando a Mitterrand podemos afirmar ¡Aquí y Ahora", con letrillas de: "...Abre ya tus lindos ojos, y sal pronto al corredor, pa' que escuches mis cantares...".
Maquiavelo señalaba hace muchos años que "no hay nada tan difícil de lograr, tan dudoso, ni tan peligroso como iniciar un nuevo orden de cosas". Esa es la convocatoria para el presente, es el devenir de la humanidad. En el primer tomo de "La Era de Roosevelt": "La Crisis del Orden Antiguo", señalaban los historiadores la impotencia del Gobierno de los Estados Unidos para contener el desplome económico de 1929. En el Segundo tomo, "La Llegada del Nuevo Trato", apuntan como el pueblo norteamericano comenzó a reaccionar frente a la crisis en los primeros 100 días del Gobierno (de Roosevelt), iniciando con la creación de una política agrícola, después la planeación industrial y la económica del nacionalismo, con letrillas que nos parecen similares con: "...Es que al fin la vida quiso, que pudiera yo tener, un amor tan verdadero, que es mi dicha y mi ilusión".
En ese contexto, el clamor en las calles por el desempleo, ponía en riesgo a la nación norteamericana. Se pensó en los socorros directos vía alimentos o en dinero (que era insuficiente) y se consideró mejor la segunda, pues la limosna acabaría con la moral de la población, era mejor la entrega de dinero aunque algunos lo usaran para tabaco o licores, pues hace más daño la falta de libertad de elegir al espíritu, que la falta de vitaminas. Sin embargo, el señor Hopkins cercano a Roosevelt lo convenció que las dos medidas eran incorrectas y que lo conveniente era ese poco dinero (300 millones de dólares) para los desempleados, sería crear cuatro millones de empleos para realizar obras públicas cuyo salario era de 1.30 dólares al día y en trabajos agrícolas .50 centavos de dólar. La medida dio resultado y dejaron de tomar pan y agua y el presupuesto subió rápidamente a 3 mil 300 millones de dólares. En tres meses y medio se construyeron 500 mil kilómetros de caminos secundarios; 500 aeropuertos nuevos; 500 más se mejoraron; se hicieron parques; drenaron vías fluviales, etcétera. De esa manera cuatro millones de hombres no sucumbieron a la humillación y la ociosidad. La renovación de la comunidad y la salvación de la tierra fueron efectivas contra la pobreza rural, ni hablar y resuenen las coplas de: "... Si por pobre me desprecias, yo te concedo razón...".
De igual manera se transformó el movimiento laborista con la creación de una política obrera nacional. Los conservadores vieron con simpatía esta reactivación de la economía y se sumaron al esfuerzo. Todo ello generó una evolución de la Presidencia y cambió el rumbo del país. Para resolver la información era vital y facilita la toma de decisiones para llegar a la responsabilidad de la ejecución, que significa contar con gente apropiada. Capacidad, experiencia, imaginación y lealtad, son la base del éxito para la transformación dice la historia y sino que lo digan las letras de: "... A través de las sombras, vendré hasta tu ventana, con la dulce pregunta, que te hace el corazón...".
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