Comunidad y cultura
Luis Nishizawa, pintura con el aroma de la naturaleza
Luis Nishizawa en su estudio. Foto: El Sol de México
Organización Editorial Mexicana
3 de agosto de 2009


Por Francisco José Bernal / El Sol de México

Ciudad de México.- Su niñez fue vivencia permanente con la naturaleza. Sus pies descalzos de niño en contacto con la lluvia y la tierra; sus ojos percibieron la magia de los colores en las auroras del campo, en las flores, en las montañas, en los lagos.

Un día, cuando niño, marca sus primeros pasos en la tierra húmeda, percibe la soledad y sus posibilidades. Ahí nace un artista de excepción: Luis Nishizawa.

En la primera entrevista que le hicimos en el año de 1997, recordamos que nos expresó: "Me gustaba el contacto con el campo, correr en la llanura y sumergirme en el cielo que caía sobre los charcos".

El maestro Nishizawa nace el 2 de febrero de 1918 en la Hacienda de San Mateo, municipio de Cuautitlán, Estado de México. Su padre, Kenji Nishizawa, nacido en Japón, y su madre, María de Jesús Flores, nacida en México. De ahí su influencia de dos razas: la del silencio y la del canto; la disciplina y la sensibilidad.

Hoy, a los 91 años, permanece creativo, con proyectos por realizar; pulso y mirada firme. Su voz es pausada, sus respuestas concretas y breves; su actitud sencilla y humana.

Es uno de los pintores mexicanos con mayor número de obras mostradas en sus magistrales dibujos, pintura de caballete, murales y gráfica.

A los 39 años el maestro Nishizawa realiza su primer mural, "El aire es vida, 1957-1959", en la Unidad de Neumología, desarrollado en cuatro capítulos, es decir, en cuatro muros: "Simbología prehispánica", "Simbolización de la salud", "Objetivación de los factores de morbilidad" y la "Asistencia médica". Toda la obra en acrílico sobre aplanado en seco.

Otro bello mural de su creación es el titulado "Un canto a la vida", de 1969, mural de cerámica de cinco por 15 metros en la Unidad del Seguro Social Celaya, Guanajuato.

En 1976 participa en la ejecución del mural colectivo "Fragmento acrílico", Centro Cultural José Martí, Ciudad de México.

En 1981 realiza el mural "El espíritu creador siempre se renueva" en la estación del Metro Keisei a Narita, Japón. En 1987 termina "El lecho del universo", mural de piedra gris y piedra oxidada, Museo de Arte Moderno del Centro Cultural Mexiquense, Toluca, Estado de México.

Realiza el "Códice prehispánico", 1987, cerámica, Biblioteca del Centro Cultural Mexiquense; 1988, mural "El hombre y su libertad", tela sobre bastidor, Procuraduría General de la República, Ciudad de México.

El maestro Nishizawa domina varias corrientes y técnicas pictóricas: el expresionismo como una constante, en otros momentos la abstracción, el realismo, la obra figurativa, el retrato, naturaleza muerta y el paisaje de México. También destaca en el arte gráfico y el dibujo refinado.

Su magistral e intensa obra ha dado lugar a una extensa bibliografía.

Ha realizado exposiciones en México, Japón, Francia, Inglaterra, Cuba, Estados Unidos, Canadá, Brasil y Bélgica.

Entre otros reconocimientos destaca el Premio Nacional de Ciencia y Arte, que recibió en 1996.

Pocos artistas plásticos en el mundo cuentan con un método tan depurado para el manejo del color; en la aplicación estética de azules, ocres y púrpuras.

Otro símbolo de su obra es el muralismo en cerámica, técnica de origen japonés que se basa en tres elementos: barro, óxidos y fundamentalmente el empleo del fuego.

Entre la diversidad de sus técnicas destacan los trabajos en los que emplea la técnica japonesa Taquo-Hon, que es calca sobre piedra.

En su pintura de caballete destacan los temas del ser humano en su esfuerzo existencial, la belleza convulsiva del paisaje mexicano, las naturalezas muertas, atardeceres rurales, volcanes y lagos. Ante todo ello, el silencio de la admiración porque son difíciles las palabras ante la belleza.

De su extensa obra impresiona: "Estudios para mural", 1956; "Caín", 1958; "Cristo de Iztapalapa", 1956; "Niños armando un judas", 1953; "La niña del rebozo", 1949; "Doña Luz", 1946; "Langostino", 1988.

En paisaje: "Al caer la tarde", 1970; "El sueño de mi madre", 1970; "Encinas", 1973; "Pátzcuaro", 1960.

En la mañana del 24 de julio de 2009, con el claroscuro del tiempo, llegamos hasta la puerta de su casa, en Coyoacán. Nos recibe Evita, su esposa y compañera de toda la vida, quien con una sonrisa amable nos conduce al estudio del maestro Nishizawa.

En el camino percibimos un entorno místico, nos llama la atención una bella escultura de San Francisco de Asís y más adelante pasamos por un pequeño lago interior rodeado de palmeras. Se respira el aroma del arte, del amor a la naturaleza, de quien dialoga con la belleza y la reproduce en su obra.

Maestro, ¿qué recuerdos guarda de sus primeros años de vida y de su entorno familiar?

-Mire usted, yo tuve un padre y una madre extraordinarios. Mi padre era un judoka japonés. Él era todo un caballero con una gran cultura. Mi madre, nacida en México, había vivido varios años de su juventud en Alemania; hablaba muy bien el idioma, yo quise aprender alemán, pero nunca tuve tiempo. Mi padre, procedente de Japón, se dirigía a Estados Unidos, pero al pasar por México conoció a mi madre y aquí se quedó para siempre.

Cuando yo era niño, mi padre era administrador de una gran hacienda de los Asúnsulo. Después pasamos al pueblo de mi madre, llamado Tenopalco, ahí viví mis primeros años de vida.

¿Cómo nace su vocación por la pintura?

-Desde chico siempre me gustó el arte, porque mi padre siempre me hablaba del arte de su país y mi madre me comentaba sus viajes por diferentes países de Europa cuando ella vivió en Alemania. Recuerdo sus relatos de bellos lugares, de los museos, de la gente.

A los 11 años viajé con mi familia a la Ciudad de México, de los rincones de la naturaleza al drama urbano. Vivimos en una casa modesta por el rumbo de Tepito y comencé a desarrollarme entre el estudio y el trabajo. A los 12 años pinté un mural en mi escuela. Más tarde aprendí el diseño de alhajas y comencé a percibir en mi interior la necesidad de expresarme en la forma y el color.

¿Cuándo y en dónde inicia sus estudios profesionales?

-En el año 1942 entré a la Escuela Nacional de Artes Plásticas (Academia de San Carlos) de la UNAM.

¿Quiénes fueron sus maestros en aquel tiempo?

-Con cariño recuerdo a mi maestro Luis Sahagún, que fue un gran pintor, así como a José Chávez Morado, Alfredo Zalce, Julio Castellanos, Antonio Rodríguez Luna, entre otros.

¿Cuándo termina su preparación en San Carlos?

-Fue en 1948, cuando obtuve el título de maestro en Artes Plásticas.

¿Cómo recuerda su primera exposición?

-Bueno, fue cuando Carmen Barreda me ofrece organizarme una exposición y yo, encantado, lo acepté. Fue en el Salón de la Plástica Mexicana, del INBA, en 1951.

¿Qué lenguaje pictórico mostraba en esos primeros años?

-Bueno, yo siempre fui un admirador de la naturaleza, pintaba naturaleza muerta y paisajes.

En relación a sus exposiciones en el extranjero, ¿en qué país fue la primera?

-En Japón.

Hoy se ha modificado el gusto de quienes adquieren obra...

-La gente culta siempre se ha interesado por el arte, no cambia; no cambia la obra que le dice algo, que le emociona, que le comunica y le conmueve.

¿Cuál debe ser la constante en la obra pictórica frente a un mundo tan complejo?

-Buscar la libertad, expresar sus verdaderos sentimientos. Esa debe ser la posición unánime de todos los artistas.

Maestro, su obra está ahí, ¿qué sigue después del éxito y de la admiración?

-Yo lo he tomado todo con naturalidad, porque el éxito en un momento dado no me interesa; me interesa crear una obra, principalmente volcarme sobre una idea plástica. Dejar un testimonio, una voz, la poesía del color, la realidad del drama social y la belleza de la vida reflejada en la naturaleza.

Se dice que pronto iniciará la pintura de un nuevo mural, ¿cuál y en dónde?

-En el Estado de México. Voy a iniciar la pintura mural con el tema "Los prohombres del Estado".

Finalmente, ¿cuál sería su mensaje a la nueva generación de pintores?

-Que sean leales a sus principios, que sean ellos mismos, que nunca sometan su libertad y su creatividad a otros intereses.

Al despedirnos, nos queda una reflexión:

Luis Nishizawa tiene el privilegio de saber capturar lo entrañable con su corazón, interpretarlo con su talento y saberlo expresar con sus manos.