Opinión
Federico Ling Altamirano
No más que un rato (segunda de tres partes)

Organización Editorial Mexicana
2 de mayo de 2009

Terminaba la colaboración de la semana pasada intentando describir el variopinto conjunto de emociones que viven los legisladores cuando están, como en este caso los diputados federales, a punto de terminar el último periodo ordinario de sesiones durante su gestión, y aunque el término de la Legislatura es hasta finales de agosto, los cuatro meses restantes es un restante sin mucho sentido, pues todos, o casi todos, están ocupados en plena campaña para conseguir otro puesto de elección popular, o bien, un puesto en la administración federal; si se puede, claro ya que entra en acción el viejo "lema" que popularizó en su tiempo "El Tlacuache" Garizurieta: "Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error".

Muchas bromas se hacen en torno a esta situación. Pero el proceso psicológico y social de quienes pierden su empleo sin remedio es duro, es difícil y lo es más si el empleo es distinguido y bien pagado. Todos lo saben pero muy pocos se preparan para "dejar de ser". En el fondo, abundan y dominan el panorama hombres audaces que sólo tejen sus redes para llegar arriba y algunas mujeres que sólo por razón de género, pretenden trepar a esos puestos; otras son ciertamente capaces pero no tienen tiempo de prepararse como es debido para desarrollar la función. Y todo para comprobar al paso del tiempo que el gusto no dura más que un rato.

Conozco a algunos amigos que en mi partido, el PAN, instauraron unos cursos para que los aspirantes a una diputación aprendieran cómo llegar a ser un buen legislador. Esto funcionó unos seis o siete años porque se vio entonces que los cursos más importantes eran "cómo prepararse para dejar de ser" legislador. Se puede entender por lo ya dicho antes que en aquellos tiempos era muy difícil para los panistas el conquistar una curul y mucho más difícil volver a ser; el Senado estaba totalmente ocluido para la oposición. Desde luego el sídrome de abstinencia de dietas y canonjías era compartido, aunque de otra manera por los legisladores del PRI. No faltará quien relate las clases de "trapecio político" que tenían que tomar, así como el avance de liana en liana.

Por otra parte, no existía entonces la representación proporcional y desde luego, como hoy día aún, tampoco estaba disponible la reelección aunque hubo intentos serios de restablecerla. Y digo que el lema de la Revolución acerca de "No Reelección", como es sabido, no se refería a la reelección de alcaldes y legisladores sino única y exclusivamente para la Presidencia de la República. Y aquí es donde queríamos traer la reflexión porque se trata de racionalizar la función legislativa viendo por lo menos con todo cuidado dos aspectos: el número adecuado de diputados y de senadores que sean portadores de la representación nacional sin ser excesivamente oneroso. Y también el tema de la reelección que tiene muchos pros y algunos contras. Es uno de los más grandes tabúes desarrollados por el sistema político mexicano.

¿Cuál es el número óptimo de diputados? ¿Cuál es el número óptimo de senadores? Lo que sobran son opiniones; lo que faltan son propuestas coherentes, razonables y sostenibles. El sistema está tratando de dejar atrás la etapa de la democracia representativa y de pasar a la democracia participativa a través de las ONGs más o menos generadas por la llamada sociedad civil, o sea, el pueblo. Sería buena cosa perfeccionar nuestra endeble democracia representativa donde los diputados representan a la nación y los senadores representan el pacto federal, aunque todo esto es un poco obsoleto o francamente ancestral. Pero intentar eliminar los partidos para sustituirlos por tumultos que en su gritería no portan ningún mandato.
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