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Opinión
![]() Federico Ling Altamirano
Semana mayor
Organización Editorial Mexicana
11 de abril de 2009
Cada año, por esta época, normalmente de finales de la cuaresma, vuelve cada quien a sus costumbres familiares de pasar la Semana Santa. Los tiempos han cambiado las costumbres poco a poco; sin embargo, en la medida que es posible y sin pensarlo mucho, una gran mayoría de personas vuelven a sus costumbres piadosas, vacacionales o festivas. Mucho podrán decir acerca de ello los antropólogos, los sociólogos, los economistas, los moralistas y muchos más, pero la opinión que nos merece mayor respeto es como siempre la de usted, estimada lectora, apreciado lector.
Si uno es de cierta parte del país, norte, centro o sur; o si es de alguna ciudad levítica, muy religiosa y de costumbres muy acendradas, lo que ha visto, sin duda, el pasado jueves santo es el intenso hormigueo de visitantes de Las Siete Casas, revueltos en casi frenética romería los que saben el probable sentido de la piadosa costumbre con los que en ignaro tour van sin un sentido preciso de visita en visita hasta completar siete. Aún así suponen muchos que es mejor esa devoción que el olvido total del significado religioso de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo para marcharse en un festín secular a una continuación de todo tipo de fiestas y del apetito de viajar. Otros más consideran las condiciones sociales de los que trabajan y valoran mucho esta oportunidad que es única en el año para acudir a asolearse a todas las playas habidas y por haber, especialmente las muy cotizadas arenas, el sol y las instalaciones hoteleras de Cancún, Acapulco, Huatulco, Vallarta y muchas más. Esto es así desde hace muchos años y no debe olvidarse que en este globalizado mundo nuestro las crisis abundan y los momentos de esparcimiento y descanso escasean, como sea el descanso obligado por el desempleo. Volviendo a las tradiciones y ritos religiosos vimos ayer, Viernes Santo, hemos visto en los noticiarios de la tele que en Iztapalapa se llevó a cabo la representación número 166 de la Pasión de Cristo. Misma representación que tiene fuertes ingredientes de mero espectáculo y desahogo de tensiones sociales, pero que quizás a los habitantes de los célebres ocho barrios que componen la Delegación les sirve mucho en la medida que la participación como actores en el drama del Calvario es auténtica y llena de buenos propósitos. Las cifras que se han estado dando a conocer acerca de espectadores que ocurrieron al Cerro de la Estrella me parecen exageradas. En un principio se dijo que se esperaban de un millón y medio a dos millones de los mismos; sin embargo escuché por la radio versiones que indicaban una multitud de tres a cuatro millones. Algo inverosímil todavía. Pero nadie se va a parar a desmentir ni a contar, sino a observar el fenómeno y participar piadosamente, quizás, en él. Por lo demás, en muchas otras partes del país y de otras naciones, existen un sinnúmero de ceremonias, ritos y representaciones. Nada más en el Distrito Federal habría que mencionar las de Cuajimalpa y la Magdalena Contreras, así como las muy conocidas en esa provincia que López Velarde calificó de "suave Patria" y que son las de San Luis Potosí, Jalisco, Puebla, Michoacán, así como la de Durango que es la que me toca presenciar cada año. Especial mención merece la llamada Procesión de los Cristos en Taxco, con un dramatismo tremendo por los actos penitenciarios como las coronas de espinas y los azotes implacables. En otros países de larga tradición católica casi cada pueblo de España, de Italia y otros tienen su forma particular de hacer las cosas. Sólo mencionaré como de pasada a Sevilla, universalmente conocida por las procesiones de Semana Santa, con acompañamiento especial del pueblo hacia la Virgen María. O bien la representación más sobria, pero grandiosa que tiene lugar cada diez años en Oberammergau en los Alpes Bávaros de Alemania. Apenas quiero mencionar las crucifixiones que tienen lugar en Filipinas. Y como telón de fondo a todo esto que venimos describiendo, los hechos históricos, el dogma, la moral y el culto de seguimiento universal de los que es custodia la Iglesia católica. A una profundidad total y en una actitud definitoria, la Iglesia apuesta por la realidad de la Resurrección de Cristo. Algunos predicadores, especialmente teólogos sabios nos irán diciendo y explicando algunas ideas ya muy antiguas y otras más recientes. Y esto hará bien a muchos. Mientras tanto, el pueblo, los pueblos, la humanidad que conmemora, celebra o aprovecha la Semana Mayor, va en pos de cosas para mejorar su vida. Columnas anteriores
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