Opinión / Columna
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Federico Ling Altamirano
Mejorar o morir
Organización Editorial Mexicana
23 de mayo de 2009
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El título de esta colaboración, estimado lector, seguramente no da idea del contenido de la misma porque es absolutamente aplicable a todo, especialmente a la vida individual y social. En múltiples ocasiones casi todos los que vivimos bajo el cielo estrellado, aunque muchos tenemos que ver el sol a través de la densa capa de humo, polvo y niebla como en la Ciudad de México y tantas otras urbes grandes y contaminadas, hemos tenido que llegar a la conclusión enunciada: mejorar o morir, así como sus variantes: mejorar o desistir, mejorar o rendirse y huir. Y es que los seres humanos, siento yo, como tantos antropólogos han detectado y dicho, han sido llamado a la perfección, aunque sobra decir que siempre quedará lejos de nosotros tan elevada meta.
Mejorar o morir pueden decir sin duda los jugadores de la Selección Mexicana de futbol, quienes después de pasarse dos o tres décadas en altibajos increíbles han estado calificando en los años recientes para ir a los mundiales y en cuatro ocasiones seguidas pasar a la segunda ronda, como todos recordamos. Ahora estamos en el momento crítico en que se puede mejorar e ir a la tercera ronda o bien retroceder y quedar eliminados. Por ello, se deja sentir un sordo pero creciente clamor: "mejorar o morir" Y así nos pasa en muchas cosas de competencia como país importante en el concierto internacional.
En efecto, es conocido y comprobado que los países que actualmente son más competitivos en la economía mundial, digamos los "Tigres Asiáticos" a manera de ejemplo, lo son porque se propusieron serlo y a costa de esfuerzos y aun de sacrificios enormes durante veinte o treinta años, lograron saltar a la palestra de la competencia internacional en muchos campos de las actividades fundamentales: educación, trabajo, organización metódica y a fondo, eliminación de la corrupción y paciencia. Me parece probable que en todos esos aspectos y muchos más han de haber llegado en su momento a la decisión: "mejorar o rendirse"; "luchar o perecer".
Hoy, día cuando presenciamos esta crisis económica tan fuerte y que tiene su origen en los enclaves aparentemente más prósperos del neocapitalismo -muy focalizados en Wall Street- se va tornando evidente que el combustible que mantenía en marcha los motores de esa economía y del mundo financiero respectivo se ha escaseado. Porque mejorar no significa prosperidad a cualquier precio. Mejorar significa que existe un sólido fundamento ético en nuestras acciones individuales y sociales. Mejorar significa también que existen propósitos de corregir -así sea sobre la marcha- los defectos estructurales que nos aquejan. Esto dejó de hacerse en algunas de las sociedades avanzadas y ahí están los resultados, porque mejorar significa combatir en serio la corrupción y muy especialmente los llamados delitos de cuello blanco. En otro momento expresaré algunas opiniones con este motivo.
Por lo pronto, tomo en cuenta el resultado de las encuestas y opiniones de los ciudadanos mexicanos, quienes expresan en ellas su escaso o inexiste aprecio por la clase política del país. Este hecho se recrudece en momentos como los actuales en que se agrega a los problemas múltiples el hirviente verano electoral. Los ánimos, como bien se ve, no son propicios para la cooperación y solidaridad, sino la lucha descarnada por el poder, aun con métodos éticamente cuestionables. A no ser que domine la opinión de algunos acerca de que la ética y la política nada tienen que ver entre sí. Porque la guerra es la guerra y ahí todo se vale. Y todos sabemos que la primera baja causada por la guerra es la verdad; luego el diálogo, la comunicación, las propuestas, la aceptación de resultados -incluida eventualmente la derrota- todo lo bueno y fructífero va causando baja en estos despiadados enfrentamientos.
La confrontación de ideas y la medición civilizada de fuerzas entre partidos no solamente es legítima, sino obligatoria en una sociedad que quiere mejorar políticamente, por ello en otros países, las campañas de contraste son muy abundantes con argumentos en contra de los adversarios y con cierta rudeza. No por ello se consideran "campañas negras" o "guerras sucias" y menos aún las autoridades electorales deciden por mayoría de votos lo que es "sucio" y lo que no lo es, porque la parte subjetiva les puede hacer pensar que si alguien ataca a mis amigos es campaña negra, pero si ataca a los que no les caen bien, entonces no pasa porque "se lo tienen merecido.
Esto último viene a cuento porque se ha enrarecido el ambiente electoral con varios eventos: el libro de Ahumada, la entrevista con De la Madrid, el choque entre Monreal y Amalia y otros más, muchos más. Sin embargo, aunque éste sea el ambiente en esta ocasión, tenemos que intentar los políticos, a como de lugar, mejorar la forma y el fondo de nuestras campañas. Existe obligación de superar la calidad de la política mexicana; la partidista, la electoral, desde luego, pero sin tapabocas y multas arbitrarias. También deben homologarse los criterios del IFE con los del Tribunal para evitar el ridículo casi continuo en que han caído.
Como decía un amigo con gran autoridad moral: "En política se vale pegar y pegar duro, pero sin odio ni amenazas". Y ha llegado el tiempo de hacerlo o después será tarde. Mejorar o perder. Mejorar o morir. Así es. Hasta luego.