Opinión / Columna
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Momentitos
Sergio Búrquez
La oportunidad del volumen...
La Voz de la Frontera
17 de noviembre de 2009
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Hace días estábamos en un restaurante a la hora de comer... La "variedad" era un pianista que aporreaba inmisericorde y violentamente el piano... No podíamos platicar, de veras...
--Es que él es un concertista -explicó uno de los meseros--... Y como a veces no le hacen caso, pues toca el piano muy fuerte...
Es que, por otra parte, no entiende lo que significa "amenizar", o sea, servir de fondo con una música suave mientras se come...
La gente que quería conversar, no podía: la música estaba altísima...
Recordé que, días antes, había asistido a un concierto... Se supone que en uno de estos actos el público debe ser respetuoso y no hablar, cuando menos en voz alta...
Ay, amigo querido, frente a nosotros, unos muchachos hablaban como si estuvieran en el antro, y poco les importaba que constantemente los estuvieran callando...
Es muy cierto que no sabemos cuándo hacernos escuchar y cuándo hablar en voz baja...
Mire, tengo un amigo muy querido, un señor que le gusta mucho reunirse en el café para charlar con los cuates: él habla como si fuera un clarín en el parque... y todas las mesas alrededor de la nuestra se dan cuenta del tema que está tratando...
Es una ley no escrita que dentro de la iglesia debemos comportarnos con toda seriedad... Que no es posible que nos pongamos al corriente de los chismes del día mientras se desarrolla la ceremonia... Pero no todos lo sabemos -o queremos saber--, y es muy posible encontrarnos con personas que creen que la están pasando en el patio de sus casas...
Asimismo, dentro de una sala de cine, podemos escuchar las conversaciones alrededor del lugar en que nos sentamos... No hay respeto por la intimidad que allí se forma...
A nadie sorprende que algún vendedor ambulante vocee su mercancía y lo haga prácticamente a gritos: ésa es su forma y sus posibles compradores tienen que escuchar todo lo que expende...
Hay madres que todo lo quieren resolver a gritos: gritos con los hijos... con los parientes.. con el marido... No resisten el hacer vibrar su ronco pecho...
--Por eso los niños no entienden -decía una pariente mía--, porque sus mamás gritan a más no poder... No saben cuándo es un regaño... cuándo se trata de un cariño... si los están increpando o sólo están llamándolos...
Pienso -no sé si usted, amigo querido, esté de acuerdo conmigo- que no podemos andar por la vida comunicándonos a gritos... Debemos estar conscientes de nuestro "volumen" y subirlo o bajarlo de acuerdo con el MOMENTITO que nos toque vivir...
He sido testigo de ocasiones en que en algún lugar todos hablan en voz muy elevada y alguien lo hace en voz baja: de alguna manera, todos van bajando el tono y volumen... ¡hasta llega a hacerse el silencio total!...
Quizá también se trate que somos del norte y que los del norte hablemos así... No sé...
¿No se ha fijado, también, en los autos que transitan por la ciudad?... Muchos de ellos traen el radio agrito abierto... O los que "cargan" algún aparato reproductor: a dos o tres cuadras a la redonda nos podemos dar cuenta de lo que vienen escuchando...
En fin, el ruido es una forma de contaminación... No respetamos el derecho de los demás a la voz baja o al silencio... y hasta en las fiestas ponemos la música ensordecedora y no nos importa lo que los vecinos digan...
¿Verdad?...
¿O no?...
momentitos2005@yahoo.com.mx
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