Opinión / Columna
 
Luis Hernández Palacios 
Cambio en el Magreb
Organización Editorial Mexicana
27 de febrero de 2011

  Los convulsivos procesos sociales del último mes en los países árabes, principalmente en el norte de África, han tenido un seguimiento preciso por parte de los medios de comunicación nacionales y ha encontrado convergencia con aspiraciones de buena parte de los mexicanos que se identifican con las causas de la democracia, la lucha contra la pobreza y la desigualdad. Pero igualmente ha sorprendido por la forma de convocatoria social de estos procesos, a través de las redes informáticas en países en que aún los expertos mencionaban la inexistencia de "sociedad civil". Entender lo que está pasando nos remite a una breve consideración de la historia reciente de estos países.

Al término de la segunda Guerra Mundial el dominio colonial se extendía de Marruecos a Egipto. El primero de estos países era "protectorado" francés, Argelia y Túnez colonias francesas, Libia excolonia italiana, tenía una frágil monarquía, al servicio británico, al igual que Egipto. En el marco de la guerra fría, es decir, en una sorda lucha por posicionamientos territoriales entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, se desarrollaron los movimientos anticoloniales de liberación nacional en esa región del mundo. Su primera eclosión fue el golpe de estado de los coroneles, encabezados por Nasser en Egipto en 1952. Más intensa fue la lucha anticolonial en Argelia, conducida por el Frente de Liberación Nacional en los años 50 y principios de los 60; y que inspiró movimientos similares, de menor intensidad, en Marruecos y Túnez. En Libia, en emulación al golpe de los coroneles egipcios, se produjo otro similar en 1969 en el cual se colocó como protagonista al Coronel Muahmar El Gadafi. Este último asumiría, en la década de los 60, un rol protagónico en la geopolítica regional convocando a la conformación de la Nación Panárabe, a partir de la identidad islámica y animado por autoproclamados principios antiimperialistas, anticolonialistas y antisionistas. Tuvo una variada influencia de apoyo a procesos de liberación nacional sobre todo, pero no exclusivamente, en los países africanos. Después se desbarrancó en el oportunismo en sus relaciones internacionales, que incluyó el apoyo a otras dictaduras en ese continente.

En los últimos veinte años estos procesos del Magreb devinieron en gobiernos excluyentes, caracterizados por la práctica prohibición de partidos políticos, en parte fundada en el temor al islamismo radical inspirado en Al Qaeda. Y todos, a excepción de Libia, con la profundización de la desigualdad y la pobreza extrema. Durante muchos años en este último país el aprovechamiento de la enorme riqueza petrolera permitió formas de redistribución del ingreso para la mayoría de la población, que cambiaron por la creciente presencia de compañías petroleras extranjeras, en los últimos diez años.

Por ello el sello distintivo de lo que ha venido ocurriendo en los últimos días en esta amplia región es la demanda de un cambio del régimen antidictatorial (que en Marruecos reclama más libertades democráticas aunque no es antimonárquica), por la existencia de elecciones libres y por la participación social en la toma de decisiones.

La emergencia de una sociedad civil democrática, autónoma y espontánea en el mundo árabe es la gran novedad de estos procesos. Es una situación original, pero que conlleva riesgos, sobre todo por la ausencia de organización política. No se sabe bien a bien quién conducirá el proceso de transición hacia la democracia y si la sociedad civil logrará construir rápidamente unos partidos que sean capaces de ofrecer una alternativa política. Los únicos partidos que realmente se han estructurado estos últimos años han sido los partidos islamistas. Pero tanto en Egipto como en Túnez como en Libia, la emergencia de la revolución pareciera haber rebasado a los islamistas; ninguna de sus consignas ha sobresalido en las movilizaciones. Sin embargo, están al acecho. Por prudencia, de momento dedicarán sus esfuerzos, como ya se proponen hacer en Túnez, a conquistar la hegemonía dentro de la sociedad civil. Su cálculo es a largo plazo: primero quieren dominar la sociedad, "tradicionalizar" el sistema de usos y costumbres, para luego vencer democráticamente en las elecciones, según el modelo turco.

Pero ahora no les resultará fácil imponerse: la revolución ha sido democrática de principio a fin. Los jóvenes, que han sido en sus países la punta de lanza de la revolución, no han manifestado afiliación religiosa o ideológica alguna. Reivindicaban la libertad de expresión, unas instituciones democráticas y la salida de un hombre que simbolizaba la opresión desnuda.

La irrupción de la juventud es en realidad la gran novedad política en el mundo árabe. Esta generación no pertenece a tradición alguna, nacionalista árabe o religiosa. Su cultura política no le han heredado del pasado, sino que proviene mecánicamente de la insoportable contradicción entre la libertad negada en la vida cotidiana y la libertad extrema de la que los jóvenes disfrutan en internet, Facebook, Twitter, los SMS, etcétera. Esta es producto de la globalización -no la de la economía, sino la de los valores alternativos de ciudadanía y de democracia política-. Es la representación de otra forma de antiglobalización, típicamente relacionada con las condiciones específicas del mundo árabe. Nada hace prever que estos jóvenes vayan a dejar que los movimientos integristas aplasten bajo un nuevo manto de plomo su conquista democrática.

Los retos para los autócratas serán mayores en el resto de los países árabes, empezando por Yemen y Bahrein. Pero no son menores para la consolidación y estabilización de los procesos de cambio que se han iniciado, que aún mantienen muchas interrogantes. Todo ello requiere de un análisis preciso y continuado.
 
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