Opinión / Columna
 
Jesús Michel Narváez 
Punto de Vista / Jesús Michel Narváez 
3 de septiembre de 2015

  Difícil reconocer los problemas. Más aún si éstos tuvieron algún viso de minimizarlos en su momento. Sin embargo, cuando se admiten y se proponen respuestas, parecería que el barco se endereza y quienes no lo vean así, todavía no entienden qué pasa en México.

Había apuestas: no abordará ni Iguala ni Tlatlaya ni la fuga del siglo. Se equivocaron. Los temas fueron abordados y se refrendó el compromiso para que no se repitan.

Ahí, en Palacio Nacional, en el patio central, unos mil 500 invitados escuchábamos con atención las palabras del presidente Peña Nieto. Los números, las cifras, serán desmenuzados por los legisladores en la todavía existente e innecesaria glosa del Tercer Informe de Gobierno.

Si bien no todos quedaron convencidos, porque las unanimidades no funcionan en la democracia, sí la mayoría entendió que los problemas económicos, por ejemplo, no son culpa de la política financiera del país, porque México está en la globalidad y no es una isla a la que no le peguen los huracanes. Tampoco que los petroprecios se derrumben. También que aquellos relacionados con la pobreza provienen de décadas, aunque ello no disculpa que el número de mexicanos en esa condición aumenten. ¿Cambiar el rumbo? Se antoja suicida después de haber logrado el acuerdo con las fuerzas políticas para aprobar la batería de reformas estructurales detenidas por años. Lo aprobado tiene futuro.

Dejar de lado el sexenio y mirar a largo plazo, es algo que ha faltado. Cada Presidente quiere llevarse la gloria en su mandato. Peña Nieto, no.



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