Opinión / Columna
 
Jesús Michel Narváez 
Punto de Vista / Jesús Michel Narváez 
4 de agosto de 2015

  Gabilondo Soler, aquel que en nuestra niñez nos hizo reír de alegría con sus canciones, sería hoy un máximo exponente de la canción política. Si tomamos la letra de su composición y que dice "corren los caballitos, los grandotes y los chiquitos", podríamos aplicarla sin rubor alguno a lo que ocurre en el PRI, en el PAN y en el país-político en general.

Algunos potros, parafraseando al ínclito Rubén Figueroa con su "la caballada está flaca", muestran que provienen de sementales que ganaron coronas; otros no. Si de sucesiones partidistas se habla, se tiene que reconocer el brío del Jefe de la Oficina de la Presidencia, aunque su palmarés no muestre haber ganado siquiera uno de los trofeos que van sumando al final de la temporada. O si triunfó en algo, la discreción con que lo hizo hablaría bien de su comportamiento. No se debe presumir lo que todavía no encuentra el espacio para hacerlo. Si se trata del exjoven maravilla del PAN, se tiene que decir que el haber corrido "parejeras de 400 metros" no lo mete al Derby de las grandes carreras.

Y si se tienen que revisar todos los nombres de quienes suspiran por ser candidatos de uno u otro partido para las elecciones del 2016, volveremos a recordar al cacique de Huitzuco de los Figueroa: todavía están en proceso de maduración y los entrenadores (el Presidente y los gobernadores, tratándose del PRI) no dan su visto bueno. En el caso de las oposiciones, tampoco quienes pueden tomar las decisiones han dicho sí.

Son tiempos ciertamente de correr antes de aprender a caminar. No obstante, hacerlo sin haber aprendido a gatear, podría ser un error de graves consecuencias en el futuro cercano. La política no es un hipódromo.





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