Opinión / Columna
Gritos y susurros 
Gilberto Ramos Camacho 
In memoriam a Gilberto Ramos Camacho
ESTO
23 de septiembre de 2011

  NI de lejos imaginé que algún día me encontraría a mí misma escribiendo estas palabras. Los procesos de sanación no son algo con lo que se tenga que lidiar todos los días. En un minuto tienes algo y al siguiente ya no está; así sucede con la muerte, sin duda.

En vísperas del mayor festejo de todo mexicano, yo tenía a mi abuelo, y a la mañana de la cruda nacional, simplemente ya no.

El hecho de que mis letras sean las culminantes de 40 años de logros no es un asunto fácil, que en mis dedos se encuentre la despedida de esta columna es una gran responsabilidad, tiene que dejar huella... tiene su chiste.

Sé que no podré llenar los zapatos de "Don Gil", que no estaré ni cerca de lograrlo, pero cada uno sana a diferentes ritmos y mi tributo es escribirle un último adiós en el espacio que siempre le perteneció. No sé de dónde sacar el coraje, no sé si mis palabras fluyen de forma natural, o de forma correcta. Creo que es lo de menos, más bien pienso que intentar expresar los sentimientos con palabras sería restarles importancia. No hay palabras que le hagan justicia a los sentimientos. Así como no hay palabras que dignifiquen lo grande que es mi abuelo. Dice el dicho que una persona no muere mientras sea recordada; dudo que yo sea la única que considera a Gilberto como una leyenda, como un as en asuntos de futbol, como un genio en la filosofía general de la vida.

Perder en un momento al maestro y sus enseñanzas que se tuvieron día a día a lo largo de más de 18 años, en mi caso, no es algo para lo que uno se prepare. No son como los tiros de penaltis con el momento de tensión y los gritos en la tribuna, ni mucho menos que en su mayoría tienen final satisfactorio.

Cuando las cosas cambian de un momento a otro, nunca sabes cómo absorber el golpe, nunca se está realmente preparado, por más vueltas que le des a la situación, jamás pareciera tener inicio ni final, mucho menos cordura o propósito.

La vida suele ser como la pistola en los viejos cuentos de piratas, donde sólo tienes un disparo y está en nosotros saber asimilar esa bala. En estos días consiguientes a la muerte de Gilberto, he recibido incontables condolencias mostrando apoyo ante la fuerza de la herida a la que ahora me enfrento. Muchas de las cuales han vivido como yo, el dolor que se siente al perder parte de uno mismo.

No puedo decir que "las cosas pasan por algo", porque realmente no lo sé, no sé si todo tiene una razón de ser, no sé si existen las coincidencias, no sé por qué queda la sensación de no haber compartido suficiente tiempo con mi abuelo.

Resignarse no es necesariamente olvidar; es una forma de seguir adelante, parte del instinto de supervivencia.

La muerte se nos presenta desde niños, televisión, cuentos, escuela. La condena natural en todos los desenlaces de cada historia, el juicio final para el que no se pronostica tiempo ni lugar.

Hace alrededor de dos meses que esta columna no aparecía, así como sucedió once años atrás, en la columna "Retorno" después de la inesperada muerte de mi abuela Carolina. Apenas puedo comenzar a entender el dolor punzante que palabra por palabra mi abuelo enfrentó.



POSTIGUILLO: "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". Gabriel García Márquez



Raramente se piensa en que las personas van a dejar de estar con nosotros. Los papás, los abuelos, los tíos, de ellas llegas a escuchar frases como "cuando yo me vaya" o "el día en que ya no esté aquí", pero en realidad nunca esperas que eso suceda. De forma incrédula pensamos que nuestros padres estarán siempre con nosotros. Es con experiencias como ésta que aprendes de la forma dura en que no es verdad. Que todo tiene un límite, que la vida es irónica y burlesca al quitarte lo que más temor tienes a perder.

A mi edad, no se espera tener preocupaciones muy grandes, más que la escuela, el novio, los amigos, las salidas. Cosas normales para una adolescente que, como cualquier otro, me creo capaz de conquistar el mundo. Y sin duda admito que la muerte de mi abuelo ha sido el proceso más duro al que me haya enfrentado; supongo que, dada la experiencia, es el suceso más fuerte, al menos por ahora.

Mi abuelo siempre me dio su apoyo, pero manteniendo mis pies sobre la tierra; ahora me entero que mis pies deben mantenerse en el suelo por cuenta propia, que debo mantener vivo el nombre de mi abuelo, que tal vez no llegue a cambiar el mundo y que con mucho esfuerzo y un poco de suerte quizá yo sea capaz de dejar la huella que él dejó en este mundo, dejó su huella en mí, en sus hijas, en sus amigos y en su trabajo, siendo siempre él mismo y defendiendo sus ideales a punta y espada.

Debo admitir que escribir esta nota me ha costado más de lo esperado. Borrando palabras, corrigiéndolas, buscándole significado a cada una de ellas, volviéndolas a escribir, tratando de hacer lo que nunca antes se me presentó.

En repetidas ocasiones he pensado en desistir, eliminarlo todo, dejar de luchar en momentos en los que no se sabe de dónde sacar las fuerzas y las ganas de seguir.

Y esos ánimos los he encontrado en el protagonista de esta historia. Gilberto, mi aliento para continuar y darme la motivación para hacerlo sentir orgulloso a él y a lo que representa su legado.

Aunque las personas e incluso nosotros mismos nos hemos reservado a la ideología de que debemos quedarnos con los mejores recuerdos de aquellos que ya no están, en mi caso particular pienso que eso no tiene la validez necesaria. Porque en los ratos de amargura que compartimos con los demás, incluso en los momentos de enojo y arrogancia, podemos encontrarnos con más de una enseñanza de sumo valor. Con lecciones de vida que nos servirán siempre y que aprenderemos a canalizar con el tiempo. Y el tiempo es un asunto curioso, siempre dura lo mismo, pero para algunos se nos hace extenso, o demasiado corto. Al final de cuentas en el tiempo es donde encontramos los consejos para sanar, pero no la cura ni la vacuna para el dolor.

Sería inapropiado de mi parte no agradecer en este espacio a todos aquellos que brindaron su apoyo y aliento no sólo a mí, sino a mi madre y sus hermanas, por una pérdida tan valiosa dentro de nuestra pequeña familia. Es en estos momentos de adversidad donde se encuentra a esos fieles amigos que vale la pena mantener a tu lado. La vida no es nada sin amistad, solía decir Cicerón.

Por más que intento no encuentro la forma de culminar este escrito. Sé desde antes de comenzarlo que no habrá acto suficiente para honrar el nombre de mi abuelo, para hacerle ver al mundo el gran hombre que fue. Puede sonar dramático, exagerado, pero, ¿qué orgullosa nieta no desea resaltar entre las demás la existencia de un guerrero de la vida?

Citando las palabras que mi abuelo dedicó a Carolina hace 11 años, debo añadir que sé que no es éste el primer caso y no es mi situación la única en el mundo, pero sí es el único abuelo que tenía, y que desafortunadamente no hay escuelas para la desventura, así como tampoco las hay para prevenir el naufragio.

Sé que debo seguir desempeñando mi papel, el papel de la nieta fuerte y sonriente que él siempre conoció. Sé que debo cumplir mi promesa y hacer que se sienta orgulloso de mí. Sé que soy joven y creía tener toda la vida por delante, pero ahora no estoy segura de ella, no sé cuándo tendré un último respiro y pasaré a reunirme con Gilberto una vez más y discutir sobre alguna de las tantas cosas en las que discrepábamos.

Eso no quita el hecho de que entregaré hasta el último gramo de fuerza por seguir abriéndome paso en una existencia tan cambiante, que cada vez exige más y otorga menos.

No quita el hecho de que, sea cual sea el tiempo que me quede por vivir, tendré posiciones altas y posiciones bajas. Que cuando no encuentre la salida, recordaré las mismas palabras que ahora escribo, recordaré a mi abuelo y pensaré en la realidad de que si él se levantó tantas veces, yo lo haré también, y lo tendré a mi lado todo el tiempo, cuando más y cuando menos lo necesite. En honor a un gran abuelo, padre, periodista y ser humano, Gilberto Ramos Camacho.



CUCHICHEO: "Dejar de luchar es comenzar a morir". Manuel J. Clouthier



Tu nieta que te quiere: Karen Curiel Ramos
 
Columnas anteriores
Cartones
Columnas