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Opinión / Columna
QUÉ tremenda sensación de tristeza nos causó a mi Lucero y a su servidor la desagradable noticia del fallecimiento de nuestra querida amiga, Rosángela Balbo. Su belleza, elegancia y talento, aunado a su incomparable don de gente, de persona bien nacida, le ganó el cariño de quienes la conocimos y gozamos del carácter alegre y optimista que la distinguió. Rosángela fue una actriz dedicada a su profesión en cuerpo y alma, siendo su gran pasión actuar en el teatro. No había nada que yo amara tanto como estar en un escenario habiendo tenido el placer de compartirlo con ella en varias ocasiones, y fue precisamente ahí y así como se inició nuestra amistad. Qué pena no poder estar en su sepelio, pero el trabajo nos lo impidió, y estoy seguro de que si ella pudiera nos diría que lo primero es lo primero. Son muchos y muy hermosos los recuerdos que me vienen a la mente, sobre todo por los casi dos años que trabajamos juntos haciendo "Caliéntame la piscina", una comedia que interesó al público teatrero precisamente porque en escena, como una atractiva novedad, había una gran piscina hecha de acrílico transparente. Era espectacular vernos nadar, entrar y salir mientras transcurría la comedia. Durante la larga temporada se presentaron diversos problemas de salud en algunos de quienes conformábamos la compañía, por lo que no se metían al agua mientras se recuperaban, y destacó el hecho de que la inolvidable Rosángela fue la única que no dejó de meterse a la piscina ni una sola de las mil y pico de funciones que dimos, sin importar si estaba el agua caliente, tibia o fría. Era una profesional en todos sentidos. Les cuento que una vez, por no llegar tarde a la función, dejó su automóvil estacionado en un calle cercana al teatro, pues llovía torrencialmente, y llegando al camerino hecha una sopa, de inmediato se puso su traje de baño, se fue al escenario y se metió a la piscina, "Así evito cualquier tipo de resfrío", me dijo. Algo que también nos identificaba, era el amor que Rosángela sentía hacia los animales, sobre todo los perros y los caballos, por lo que siempre me dijo que sentía especial cariño hacia mi persona. Alguna vez me regaló una caja de azúcar en cuadritos para que me acordara de ella cada ves que me tomara un café. Y no será por eso que la habremos de recordar, sino porque a las personas que se han querido se les lleva por siempre en el corazón y Rosángela ocupará un sitio especial en el de quienes la seguiremos queriendo a pesar de su irremediable ausencia. Que en paz descanse mi querida Rosángela Balbo, que al igual que yo, siempre dijo ¡Qué viva el teatro! Según el filósofo de Güemez, un hombre exitoso es aquel que gana más dinero que el que su mujer gasta. Mi correo:albertorojaselcaballo@hotmail.com o @caballorojas |
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