Opinión / Columna
Daniel Reyes 
Fe ciega
ESTO
14 de diciembre de 2008

  Con el motor a toda marcha, las llantas patinando sobre los rieles y el corazón latiendo a toda prisa, la máquina fruncía el ceño mientras dirigía su mirada a la capital del Estado de México. En su cartera traía la fotito del chamuco quien le había hecho trizas los sueños cuando seguía el camino de la estrella. Y por si fuera poco, a domicilio.

Las ansias le quemaban las calderas pues necesitaba partir lo antes posible al encuentro con el colorado, le urgía emparejar las cosas, ahora que justamente tenía marcadas en su miriñaque; parte del chasís que la hace de su piochita; dos bofetones que habían alcanzado a abollar su orgullo.

El rojo se miraba en el espejo, suavemente acariciaba sus bigotes, en su inescrutable mente tenía preparado el recibimiento para la locomotora, no estaba dispuesto a revelar sus planes. Quien lo alcanzaba a ver por la ventana sólo captaba imágenes de él, ensayando la más maliciosa de sus carcajadas, esa que servía para asustar a los niños mal portados, a los jóvenes melenudos caprichosos y a los cantantes improvisados.

Los fieles creyentes de la máquina se apostaban a cada lado de las vías con pancartas de apoyo, mantas alusivas al momento, y una bolsa grande con recuerdos del paso exitoso del ferrocarril por los verdes pastos; se alimentaban con la esperanza de que la máquina colisionara de frente con el colorado y le arrancara de golpe, los cuernos, la cola, el trinche y la corona que ya se estaba acomodando en una axila.

En el infierno era inundado con los recios, pero afinados ladridos de una perra bien brava; dicen los zootecnistas que es de una raza que se da solo en un país de un territorio lejano que se llama "bravolandia": brava de bravolandia; en donde sus habitantes andan con el torso descubierto, porque según cuentan es la mejor forma de hablarse con el dios triunfo.

Por fin la máquina logró el agarre idóneo que le permitía comenzar a avanzar, sus juegos de bielas se aferraban a la vía; la caja de fuego no paraba de rugir; su caja de humos motivaba a la chimenea quien soltaba bocanadas de negras intenciones; su farol iluminaba las ideas y el pito se escuchaba hasta Hidalgo.

El chamuco salió a la calle al oír acercarse el tren que avanzaba con los ojitos cerrados guiado por su fe ciega; el pingo perfumado con fragancias exquisitas se paró entre los rieles... algo traía entre manos y no parecía un obsequio; seguro, pues él no le entra a los intercambios.

Cierro con una obra titulada "Colisión"

El rojo gritó: "abracadabra".

¿Guardará el trofeo en su baúl?

Sin dudar la última palabra,

la tendrá que decir Cruz Azul.

Y si no, quéjense a la FIFA.

El Pollo de Tlalpan.
 
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