|
Opinión / Columna
Recordando a sus parientes lejanos que vivían en Japón; como una bala cruzó la máquina la estación CU. Dejando a su paso escombro y asombro en el Pedregal. Su próxima misión era darle su merecido al Potro de hierro del paraíso caribeño; por lo que el ferrocarril se daba ánimos a medida que ganaba terreno. Absorto en sus pensamientos, aceleraba, cuando notó por uno de sus espejos retrovisores, esta máquina contaba con ellos, que detrás del último vagón lo seguía el fantasma de su pasado, lo peor de todo es que no se separaba ni medio metro, si la máquina incrementaba su velocidad el otro también, si frenaba, frenaba igual; la irremediable persecución le llevó a recordar que hacía más de una década no terminaba el trayecto antes que los demás, incluso le costaba un poco de trabajo recordar el dulce sabor de los laureles. Sin embargo y por su misma estirpe ganadora, transformó el hecho en una motivación extra para poder arreglarle su asunto al de hierro. Le echó otra mirada al espejo y notó que el fantasma ahí seguía, aunque más tenue; de pronto y sin explicación razonable, se había tornado en un color amarillento; el tren bufó, y bufó como bufan los trenes que saben hacerlo; pues ese color le representaba amargos pasajes de su agitada existencia, la última vez que tuvo un enfrentamiento en ese tono salió muy golpeado, sobre todo con la historia, que se tornó en histeria. Su mente se retorcía en ese sufrimiento cuando regresó a la vigilia para asomarse a ver qué sucedía con el fantasma. Hoy no era el caso de mirar aquel color, que para su beneplácito transitaba más pálido que nunca por la tierra del olvido. Agarró entonces más fuerza, pero el fantasma seguía ahí, tal como el día; que sin ser barco, padeció un motín a bordo, qué amargas estaciones tuvo que transitar, qué áridos paisajes rebasó. Ya no volteó más hacia su retaguardia, sabía que el fantasma de su pasado continuaba pisándole los talones de ferrocarril, le hacía muecas como intentando distraerle y frenar su carrera, el ferrocarril se encontraba consciente de que esta era una oportunidad dorada para deshacerse de él; motivado por hallarse a cuatro estaciones de la tierra prometida fijó su mente en el único blanco a la vista: el Potro, quien aún de hierro debía tener mucha precaución con el letrero de: "Cuidado con el tren". El fantasma se iría solo, siempre y cuando la máquina le metiera tercera e hiciera bien su tarea. Cierro con una obra titulada "sobre rieles" Ahora corre feliz, con gran deseo de ganar, Cruz Azul cuida el desliz, no se vale desbielar. Y si no, quéjense a la FIFA. El Pollo de Tlalpan |
Columnas anteriores
Cartones
Columnas
|