Opinión / Columna
Daniel Reyes 
Mitología
ESTO
29 de noviembre de 2008

  En ese momento cósmico habían convergido todos los elementos de un buen menú mitológico: (en estricto orden de recordación) Un Gladiador; un caballo, El bien (un santo), el mal (un diablo), un puma, un tigre, un búho, un ferrocarril y la doncella (la apertura). Para efectos de este humilde viaje mitológico es válido el tren; aparte, porque ganó a pulso en su casting. En teoría debían de enfrentarse todos contra todos, pero como eso sería muy largo para un relato de tres semanas, así que el destino los alineó por parejas.

El gladiador fue hasta la casa del bien, quien encarnó en un guerrero; a base de punzantes ataques el gladiador se vio sorprendido, pues menospreció al guerrero que se había presentado ante el jorobadito; sin embargo esa misma curvatura dorsal significó el poder del bien; el gladiador yacía sobre la tierra, aunque parecía derrotado, en su mano derecha aún conservaba la espada del líder con la que debía someter al guerrero en su domicilio particular; si quería seguir en la carrera.

Mientras en el paraíso el potro correteaba por la arena, seguro de darle una coz al tigre para dejarlo quieto. De ninguna manera resultaría una tarea fácil, el felino llevaba consigo un equipaje de oscuras intenciones que estaba dispuesto a ponerlas en práctica bajo la estricta supervisión de su guía, un viejo lobo de mar. El caballo reservaba el pronóstico pues en su equino hogar haría uso de un crédito traído del norte, ¡ajúa!

En tanto, en el frío infierno, el diablo cuidadosamente le tendía su camita al búho. En su primera entrevista, el rojo logró hipnotizar al emplumado con efectividad asombrosa, consiguiendo que cada aletazo que tiraba la lechuza abanicara el espacio y cada picotazo hiciera blanco en el viento. El tecolote tampoco iba a regalarle nada al pingo e iba con la consigna de por lo menos pegarle un piojo.

En su cubil, el puma afilaba las garras mientras seguía con atención el camino de las vías del tren. El del Pedregal estaba decidido a descarrilar a la Máquina, que irremediablemente debía pasar por el patio de la cueva; mientras que no muy lejos de ahí el ferrocarril aceleraba repitiéndose: "Voy derecho y no me quito... no respondo chipote con sangre, sea chico o sea grande"

En la vitrina del triunfo la apretada apertura se abanicaba sonriente esperando el segundo capítulo de la primera entrega, para saber quien pedía de eso su limosna.

Cierro con una obra titulada "cueros y correas"

Está muy claro y se ve,

De quien la lleva ganada,

lo único que yo sé,

La verdad, que no sé nada.

Y si no, quéjense a la FIFA.

El Pollo de Tlalpan
 
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