Opinión
Derrotero
Fernándo Amaya Guerrero
Niños héroes

El Sudcaliforniano
17 de septiembre de 2008

Desde 1847, el 13 de septiembre es en México una lección imperecedera. Lección que cada niño mexicano debe conocer tan a fondo, que lo emocione y lo motive. En Reportaje, libro de mi autoría del que le he hablado, hay un capítulo que se intitula: "Los Niños Héroes". Dice así:

"La afirmación que ya has conocido leyendo este libro, sobre la grandeza de una raza de bronce, identificada y representada con fidelidad absoluta por sus niños, tiene la confirmación más contundente aquel 13 de septiembre de 1847 en el Colegio de Chapultepec, cuando niños de tu edad, acaso uno o dos años mayores que tú, defendieron con heroico empeño a su escuela y a su patria, ante un ejército norteamericano infinitamente superior en armamento, efectivos y táctica".

Los Niños Héroes de Chapultepec dieron al mundo una lección de valor y entrega que solamente puede entenderse como el resultado de una disciplina y un insuperable amor al suelo patrio. En Chapultepec los campos han quedado regados con la sangre de muchos niños, particularmente de seis que ahí quedaron para siempre, haciendo de su colegio el altar eterno que hoy venera la nación y respeta el mundo.

La Antología de Historia de México que tan sabiamente ha editado y reeditado la Secretaría de Educación Pública nos describe con precisión y emoción aquella epopeya y destaca la bizarría de nuestros heroicos cadetes, que llegó al grado de desobedecer al director el general Bravo, quien, observando el desastre que ya no podía revertirse, ordenó a sus muchachos retirarse, orden que los cadetes de Chapultepec no acataron, optando por defender hasta el último aliento a su patria.

Fue así como cayeron aquellos inmortales seis niños:

Teniente Juan de la Barrera, subteniente Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca, Agustín Melgar, Vicente Suárez y Juan Escutia.

Ellos murieron en la batalla desigual. Pero no fueron todos. El glorioso Colegio de Chapultepec aportó a la causa de la patria la heroica resistencia de otros estudiantes. La historia los consagra y jamás debes olvidarlos".

Heridos fueron el subteniente Pablo Banuet y los alumnos de fila Andrés Mellado, Hilario Pérez de León y Agustín Romero. Prisioneros junto con el director de su colegio fueron los capitanes Francisco Jiménez y Domingo Alvarado, los tenientes Manuel Alemán, Agustín Díaz, y los subtenientes Miguel Boucel, Joaquín Argaiz, José Espinoza y Armando Camacho, con los sargentos Teófilo Nores, el cabo José Cuellar, el tambor Simón Alvarez, el corneta Antonio Rodríguez y 35 alumnos de fila.

El escritor y periodista Heriberto Frías, con gran sensibilidad ha narrado las epopeyas nacionales. Sobre esta de Chapultepec, extraemos:

"Eterna es la gloria de aquellos Niños Héroes que admiraron al enemigo con su entereza de bronce, honrando la bandera de su patria y sellando con luz del sol -luz roja de crepúsculo trágico, luz roja como la sangre-, la leyenda del Augusto Colegio".

Dijo más:

"Murieron defendiendo el último reducto del Colegio Militar. El enemigo quedó victorioso en estos últimos combates, no sin antes que su triunfo le costara sangrientos sacrificios, perdiendo la quinta parte de su fuerza, dejando bajo las hermosas enramadas de Chapultepec ensangrentada, muerta o herida, la flor magnífica de su oficialidad".

Y concluye el magnífico cronista:

"Y también quedaron bajo el antiguo bosque de Moctezuma y Netzahualcoyotl aquellos radiantes jóvenes mexicanos, alumnos del Colegio Militar, eternamente glorioso en los anales patrios, sucumbiendo en el refriego heroico, de cara al deber, mirando al cielo".

Nunca jamás olvides estas pinceladas de un puñado muy reducido de mexicanos heroicos que lo dieron todo a su patria, y que aquí cerramos, con el ejemplo de los Niños de Chapultepec, muchachos como tú a quien con ellos une una coincidencia eterna: Son aquellos jóvenes, como eres tú, hijos de la misma madre, esa patria generosa y bella, llena de volcanes y de montes donde habita el tigre, y montañas desde donde el águila vigila a un pueblo y su historia".

En Rosaura, libro que preparo ya, dedicado a todas las maestras de México, una maestra generosa, sensible que ama profundamente a sus niños y a su magisterio, es eje central. Un capítulo sobre el 13 de septiembre, nos enseña:

Y encarrerados en las preguntas, Adolfito, uno de los más pequeños niños de aquella clase, preguntó a su maestra así: "Señorita, en mi casa leímos anoche entre mis padres y yo, un pasaje muy bonito de los Niños Héroes. Lo sentí tanto que no puedo menos que admirar a esos cadetes que con tanto valor defendieron a la patria hasta morir por ella. Creo que yo nunca olvidaré a esos niños mexicanos, con los que desde luego, nunca me podré comparar. Me gustaría en verdad, señorita profesora ser como uno de aquellos, pero bien sé que eso nunca podrá suceder".

Esta expresión de Adolfito molestó, casi hasta la irritación a la profesora Rosaura, pero se contuvo. Tuvo la disciplina y la grandeza también de serenarse y hablar a su alumno con palabras gentiles, finalmente se trataba de un niño confiado a su cuidado y tenía el deber de conducirlo por los mejores caminos, para que mañana fuera hombre íntegro, productivo y valeroso. Le dijo entonces así:

"Adolfo, desde ahora ya nunca más serás Adolfito, porque a partir de este momento vas a comenzar a crecer. Te diré algo que como lección, debes conservar y observar toda tu vida:

Efectivamente los Niños Héroes, los heroicos cadetes de Chapultepec, son para nosotros los mexicanos, y para todo el mundo, ejemplo de valor y entrega a la patria. Ellos defendieron a su nación con heroísmo, con valor, con entrega total y con gran convicción que siempre debe acompañar a un patriota. Pero ellos, Adolfo, nunca jamás serán más que ningún niño mexicano, que se proponga estudiar, cuidar y obedecer a sus padres, ayudar a su hermanito menor, defender al más débil que es abusado por cobarde montoneros, rebelarse ante toda injusticia y ser honrado a carta cabal. Tú tienes todo, como tus compañeros lo tienen todo también, para ser iguales a los Niños Héroes. Hay, Adolfo, una coincidencia que te hermana con aquellos heroicos cadetes: Tú, como ellos, eres hijo de la misma madre, esa patria generosa que tanto ha sangrado, que tanto ha sufrido y que tanto amor y esperanza ha depositado en sus hijos. Nunca olvides que con mucha entrega, con mucha dedicación, con mucho empeño y sacrificio, todos, pero absolutamente todos, podemos vencer nuestros problemas. Todos ustedes jovencitos de mi clase diaria, son en el fondo Niños Héroes. Háganlo posible, respetando a sus madres, cumpliendo con sus obligaciones, divirtiéndose con método, con medida, y pensando que mañana cuando sus padres hayan sido alcanzados por la edad, serán ustedes sus fieles, amantes y solícitos custodios. Los cuidarán, los mimarán y les harán posible que sus últimos días sean placenteros, felices y gratos. Serán como Niños Héroes que defienden a la patria y cuando esa patria generosa y digna lo demande, ustedes también, como aquellos heroicos cadetes de Chapultepec, la defenderán.

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