Comunidad y Cultura Local
¿Dónde quedó la cabeza de Pancho Villa?
Diario de Xalapa
20 de julio de 2008

Edmundo Sánchez Tagle

Xalapa, Veracruz.- La mañana del 20 de julio de 1923 Doroteo Arango, alias Francisco Villa, murió víctima de una emboscada en la ciudad de Hidalgo del Parral, Chihuahua, y a partir de ese día nació a la vida legendaria, mitad realidad y mitad fantasía; escritores de novelas, cuentos y guiones de cine han trabajado sobre él. Todas sus mañas de bandido, cuatrero y salteador de caminos las puso al servicio de la causa revolucionaria iniciada por su tocayo Panchito Madero a finales de 1910. Tuvo la enorme capacidad de concentrar miles de combatientes bajo su mando en la famosa División del Norte y el talento de un gran estratega militar, dotes que motivaron la estrepitosa caída del dictador Victoriano Huerta. Combatió a lado de Venustiano Carranza, pero éste lo trató siempre como un vulgar bandolero y buscó menguar su poder obstaculizando sus acciones de guerra. La fuerza militar del general Alvaro Obregón y el sustento diplomático que le otorgó el gobierno estadounidense, acabó por reventarlo hasta diezmar sus huestes y lo orilló nuevamente a robar dinero para sobrevivir y asaltar instalaciones militares para abastecerse de armas. En venganza de que los gringos no quisieron venderle más municiones, fue por ellas al pueblo fronterizo de Columbus, New Mexico, provocando así la entrada del ejército gringo a territorio mexicano con la intención de atraparlo; a la cabeza iba el prestigiado general Pershing, otrora amigo de Villa y posteriormente jefe supremo de las fuerzas aliadas en Europa durante la Primera Guerra Mundial. Pancho Villa se les hizo ojo de hormiga y se fueron como llegaron, con las manos vacías y oyendo tras de sí los "gud bay" burlones de los chihuahuenses.

A la muerte del barbón de Carranza o del Barbas Tenango, como le decían a sus espaldas, el gobierno de Obregón lo amnistió y lo recompensó por sus servicios prestados a la causa con la hacienda de Canutillo y una nómina de medio centenar de guardias. El entonces secretario de Hacienda, don Adolfo de la Huerta, que sirvió de mediador en el indulto, recibió como obsequio de Villa la famosa yegua 7 leguas; no era un caballo, como lo describe el famoso corrido de la proxeneta Graciela Olmos, alias La Bandida.

El complot para asesinar a Pancho Villa se había armado dos meses antes del atentado; un tal Melitón Lozaya, por encargo de un grupo de comerciantes y hacendados de Parral, reclutó a ocho pistoleros. A todos los integrantes de la conspiración los aglutinaba el odio y el rencor por viejas rencillas; días más tarde se unió a los matones Jesús Salas Barraza, diputado local de Durango, enlace del general Joaquín Amaro, jefe de la zona militar de esa región e informante de Obregón y Calles, quienes estuvieron al tanto de la operación.

La madrugada del fatídico día, los tiradores se apostaron en los cuartos de la parte superior de una casa alquilada que daba hacia la calle de Gabino Barreda, paso obligado del general Villa, quien iba al volante de su carro acompañado de su ayudante Miguel Trillas y su escolta rumbo a Canutillo con la raya para sus trabajadores; al pasar frente a los gatilleros agazapados tras los ventanales, éstos asomaron las bocas de sus armas y una copiosa lluvia de balas hizo añicos el parabrisas, perforó la carrocería y acribilló los cuerpos de sus ocupantes; el Dodge, sin control, se proyectó contra un poste de telégrafo, rebotó y quedó a mitad del arroyo. Ramón Contreras, único sobreviviente de la escolta, escapó con un brazo destrozado que le mutilarían posteriormente. La gente que por miedo se encerró en sus casas, pasado el tiroteo diría que el auto chocó contra un árbol e hicieron de él un lugar de culto con flores y veladoras; el árbol desapareció, pero no la veneración del pueblo que adoptó otro, el más cercano al lugar del crimen, mismo que quitaron para reparar la calle y en su lugar el municipio colocó una estrella que continuó como meta de las peregrinaciones de turistas nacionales y extranjeros.

Una vez cometido el crimen, los asesinos abandonaron la ciudad calmadamente, sabiendo que contaban con la protección encubierta de los soldados que inexplicablemente a esa misma hora habían salido del pueblo para recibir instrucción militar; la policía permaneció indiferente y no fue en persecución de los criminales. Obregón prometió investigar hasta dar con los culpables, cosa que no hizo. El cadáver del famoso guerrillero fue expuesto a la curiosidad pública y velado en un hotel. Los gastos funerarios los costeó don Adolfo de la Huerta, El Gallo, que Villa hubiese apoyado para la presidencia de la República de haber continuado con vida.

El diputado Salas Barraza, protegido por el fuero constitucional y confiado en el resguardo del ejecutivo federal, comenzó a propalar, dos meses después del artero crimen, que él había sido el héroe que vengó a todas las víctimas del villano Pancho Villa. La confesión desvergonzada escandalizó a la nación, y las autoridades gubernamentales, presionadas por la opinión pública, lo arrestaron y lo condenaron a 20 años de cárcel en la penitenciaria de Chihuahua, y como los mexicanos tenemos una memoria histórica muy corta, si es que la llegamos a tener, a los ocho meses el gobernador consideró que el asunto estaba olvidado, le otorgó el perdón e inmediatamente se dio de alta con el grado de coronel en las milicias de El Turco Elías Calles, que luchaban en contra de los seguidores de Adolfo de la Huerta, frustrado aspirante a la presidencia de la República y que una vez derrotado huyó al extranjero donde para ganarse el pan daba clases de canto.

Cuatro años después del asesinato, el coronel Francisco Durazo dijo que por órdenes de Obregón el cadáver de Villa debería ser decapitado y una noche envió una patrulla; los soldados, venciendo su miedo con una botella de alcohol, saltaron la barda del cementerio, cavaron la sepultura y con un cuchillo separaron la cabeza y la envolvieron en una camisa. El coronel Durazo la guardó en una caja de madera que servía para almacenar municiones y la ocultó bajo su cama. Nuevamente el general Villa fue noticia de ocho columnas en los periódicos del país y de EU. A falta de información fidedigna se desbocó la imaginería popular en cuentos y rumores fantásticos e inverosímiles como estos: Que un gringo ex combatiente villista y guía del general Pershing, en la expedición punitiva había merodeado la sepultura y la había extraído, pero lo dejaron libre porque no pudieron comprobar que fuese el profanador de la tumba. Que un millonario estrafalario la había comprado para su colección particular. Que un circo gringo la llevaba en exhibición por todas las ferias de la Unión Americana. Que unos científicos de Chicago la tenían para estudiar su cerebro. Que se la había llevado el piloto de un aeroplano que hacía vuelos regulares entre una hacienda minera y un pueblo gringo. Que el coronel Durazo había actuado por cuenta propia para recibir una recompensa de 50 mil dólares que ofrecía el Chief officer de Columbus, pero que había traducido mal el cartelón que estaba fechado en 1916. Que no fue Obregón sino el general Arnulfo R. Gómez quien ordenó la decapitación para cobrar una oferta de cincuenta mil pesos que le hizo un gestor misterioso. La versión más realista parece ser la recogida por los descendientes de los testigos de la revuelta revolucionaria y que cuenta que los soldados la enterraron en un promontorio cubierto de cactus llamado El Huérfano y que se erige a medio camino entre Parral y Jiménez. ¿Con qué fin la desprendieron, la escondieron y la volvieron a enterrar? Como diría el Monje loco, "nadie sabe, nadie supo del extraño caso de la cabeza perdida de Pancho Villa."