Opinión
Mi Perspectiva
José Luis Camarillo

ESTO
24 de abril de 2008

Por falta de espacio, se quedó en el tintero que el carismático peleador británico Wayne McCullough se convirtió en algo más que un héroe al salvar la vida de una mujer que quedó inconsciente, durante un vuelo de Montreal a Las Vegas, donde él radica desde hace muchos años.

Fightnews.com difundió que, con sus conocimientos de resucitación cardiopulmonar, Wayne se apresuró a verificar que la dama respirase y, al ver que no lo hacía, le presionó el pecho, en espera de una reacción. Al no ocurrir nada, la pasajera fue levantada de su asiento para aplicarle la resucitación, y súbitamente ella buscó jalar aire y miró su alrededor, impactada de que todo mundo estuviera atento.

Un combate que seguramente habría provocado un revuelo extraordinario, al estilo de cuando el también británico Ricky Hatton desafió a Floyd Mayweather, hubiese sido uno entre McCullough e Israel Vázquez.

Israel tiene el tipo de los peleadores de antaño, de esos que pegaban y aguantaban, y que anteponían el honor a cualquier interés. Así era Cheto Fernández, quien nunca preguntaba cuánto iba a cobrar y aún conserva el orgullo de tremendo peleador, al grado de no importarle aparecer sangrante en algunas de las fotografías que exhibe en la sala de espera de su negocio, TUCSA, en la colonia Pasteros, Azcapotzalco.

Rafael Barradas Osorio, quien fuera secretario de la Comisión de Box y Lucha del DF, en los tiempos en los que el escritor Luis Spota presidía ese cuerpo colegiado, escribió en su libro Lo Blanco y lo Negro del Box Mexicano, una anécdota poco alentadora para don Cheto.

Bajo la suposición de que el señor Fernández había "quedado lastimado" tras el combate que perdió por nocaut contra el tremendo cubano Manuel Armenteros, don Rafael publicó que representaría una carga para su familia. Por fortuna, se equivocó rotundamente, ya que TUCSA, cuya especialidad es la reparación de carrocería pesada, creció hasta convertirse en una próspera empresa que da empleo a docenas de familias, con don Cheto a la cabeza, apoyado por sus hijos Jesús y Martín, y ahora por sus nietos Rocío, Ricardo y Lalo.

El boxeo guarda muchas historias alentadoras. Como acaba de reconocerlo el gran JC Chávez en el programa Shalalá, con base en sus propias experiencias, "las peleas se ganan abajo del ring". Don Cheto nunca fumó ni bebió en su etapa de boxeador y es un vivo ejemplo de que el boxeo no acaba si se le muestra respeto siendo disciplinado.

jlcamarillo@esto.com.mx
Columnas anteriores
Columnas

Cartones