Barroco
Querétaro y la Constitución de 1917
El general Venustiano Carranza estuvo presente cuando se discutió el Artículo 3o. Foto Diario de Querétaro.
Diario de Querétaro
3 de febrero de 2008

Eduardo Rabell

Querétaro, Querétaro. Mucho se ha escrito acerca de este tema; entre analogismos y sincronismos, he decidido rescatar algunos pasajes acaecidos durante la formulación de la misma y, ¿por qué no? su promulgación.

Cuando se habla de los Diputados Constituyentes de 1916-1917, apenas nos hacemos imagen de ellos; seguramente se nos vienen a la mente imágenes de los que hayamos visto en los libros de texto, pero una de las mejores formas de saber acerca de su personalidad son las anécdotas: esta es la mejor revelación del tiempo que vivieron quienes crearon al historia, por lo que bueno será conocer algunas. Sin embargo, permítaseme hacer notar que parte de este trabajo es rescatar el nombre de quien plasmó de su puño y letra en páginas de pergamino tan preclaras ideas: D. Perfecto Arvizu Arcaute.

En la sesión del 13 de diciembre de 1916, presidida por el Gral. Cándido Aguilar, fue verdaderamente apasionada, porque pusieron a debate el artículo tercero. Fue una de las contadas en que estuvo presente D. Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista.

La comisión dictaminadora estuvo formada por el Gral. Francisco J. Múgica, Alberto Román, Enrique Recio y Enrique Colunga. En su dictamen desechaban el proyecto enviado por Carranza, mismo que mencionaba la libertad de enseñanza y educación laica.

Durante la sesión los constituyentes hicieron uso desde la broma pesada hasta la injuria. Ya pasaban de las nueve de la noche sin concluir en nada, por lo que fue suspendida y citados para el día 14 a las cuatro de la tarde.

Ese día, luego de elegir al Lic. Luis Manuel Rojas retomaron el artículo en cuestión. Volvieron a caldearse los ánimos. Tomó la palabra el Ing. Félix F. Palavicini; en su discurso sostuvo el laicismo, pero no jacobino, pues sostuvo la realidad del catolicismo mexicano.

Señaló el peligro escondido de los protestantes norteamericanos para "la evangelización de la República Mexicana y que es un aspecto de la conquista". Esto levantó muchos aplausos. Continuó señalando el peligro que había en que la educación fuese a dar a manos de quienes tuviesen corona, sotana o anillo episcopal, pero a aquellos que sin usar estos adminículos se infiltraban en todos los establecimientos escolares, denunciando que había en nuestro país muchos mentores protestantes que escondía su creencia en un revolucionarismo radical. Casi al final preguntó: "¿Creen Uds. Sres. Diputados que admitamos nosotros los liberales, al Sr. Mora y del Río (entonces Arzobispo de México), como director general de educación en la ciudad de México?

Saltó de su asiento el Gral. Múgica y a la vez que movía los brazos en sentido negativo decía: "¡Ni con gorro frigio"!"

Luego de aplaudirle siguió un silencio imponente, en tanto que Palavicini concluyó: "Bien, Sr. Gral. Múgica; el Director General de Educación en México es un ministro protestante".

Luego de salir del estupor, Múgica dijo haber firmado el nombramiento en cuestión porque ignoraba que lo fuese, y que del mismo modo podía firmar el de Mora y del Río: "...si deja esa cosa, sayal, no sé cómo se llama" y se disfrazaba como los protestantes, con traje civil, lo que ocasionó sonora carcajada.

¡Qué momentos!; eran necesarios, pues las sesiones no fueron tan agradables como algunos piensan; cierto que no todas fueron borrascosas. Es de recordar a aquellos que plasmaron el sentir del pueblo mexicano en letras con discursos tan diferentes: Múgica de corte anticlerical, Palavicini, fuego en su palabra, en tanto que Truchuelo aburría por su extensión.

Ya entrados en gastos con aquello del barullo desatado por los distintos pareceres, referiré otra, ocurrida ésta en la cuarta sesión, donde se puso a discusión algo realmente importante, trascendental para los ahí reunidos -y que acaso esto lo tenga como base el Lic. Marcelo Ebrart, por aquello de las disposiciones elevadas a rango de ley-; me refiero a la posibilidad de fumar durante las sesiones, pues habían adoptado el reglamento del Congreso de la Unión y en éste se estipulaba la prohibición, de manera que resultaba pertinente desahogar tal cuestión.

Los constituyentes eran revolucionarios; a muchos les "olían a pólvora los bigotes" y como es de esperarse, protestaron. D. José Reynoso dijo que era una verdadera infamia tenerlos tanto tiempo allí sin fumar, a lo que le respondió D. Manuel Amaya, quien presidía la sesión: "Así lo ordena la Ley. Soy gran fumador y aquí me tienen, igual que Uds."

Reynoso, molesto, le dijo que muchos abandonarían el salón para salir a fumar; D. Manuel le replicó que no lo permitiría.

Terció Palavicini insistiendo en que para conservar el quórum resultaba preciso ignorar tal prohibición, además que la actitud del presidente exageraba el cumplimiento de la ley, pues estaba a punto de convertirse en un "dómine", ya que de allí al ridículo quedaba un paso, muy pequeño.

El Sr. Amaya insistió en hacer respetar la ley, y él primero que todos, por lo que soportaría toda la responsabilidad y las furias de los integrantes y no se fumaría.

Siguió el desarrollo de la sesión. Pasó una hora, dos. Más de uno estaba desesperado por fumar, pero ni a escondidas, pues D. Manuel estaba muy atento de cumplir lo dispuesto. Se mantenía firme, aun frente a los generales diputados... en fin, la mayoría tenía razones para fumar.

En un momento dado, en que todos discutían, D. Manuel Amaya, se levantó y paso a paso, como tanteando que nadie lo viera, se encaminó a la puerta; con todo, Félix Palavicini se dio cuenta, por lo que llamó a gritos la atención de los reunidos, señalándolo: "Lo ve uesd, es el primero que se ausenta para ir a fumar".

Todos se pusieron de pie, alborotaron protestando lo ocurrido. El Sr. Amaya, al darse percatarse que había sido descubierto hizo un ademán d enojo y mirando a todos aquellos que pedían su regreso les dijo tranquilamente: "No voy a fumar, voy a mear".

La carcajada fue general, el interfecto acudió presto a donde se dirigía, volvió raudo y la tensión del momento quedó en calma.

De todos es sabido que los mejores tratos se desarrollan no en el recinto parlamentario, sino en una buena comida, o ante una taza de café y, ya encarrerados, ante una copa de vino. Nuestra Constitución no salió de la regla. Había dos bares muy conocidos por los constituyentes -algunos fueron abiertos ex profeso-: el Cosmos y El Puerto de Mazatlán. Justamente en este último discutieron bastante los términos en que había de quedar el Art. 27º Constitucional. Ante esa copa que lo mismo genera pasión que diluye sombras, los diputados aclararon su pensamiento para plasmar el derecho a la tierra. No fueron pocas las horas que emplearon para ello, ni menos las botellas que vaciaron. Finalizaron hacia las dos de la madrugada. Ya puestos de acuerdo se dieron cuenta de que el Sr. Arvizu tenía muy buen rato de haberse marchado a su casa, por lo que decidieron ir por él.

Llegaron y luego de llamar a la puerta varias veces, asomó el calígrafo. Le indicaron el motivo por el que lo requerían, a lo que les pedió aguardar que se hiciese de día para ver mejor, además de que estaba todavía cansado de esperar su decisión. No valieron sus excusas; le indicaron que iba de grado o lo llevarían a rastras, pero que debía acudir en ese momento, pues más de uno temía algún cambio de parecer. Finalmente, mal vestido e inquieto por las miradas que lo obligaban a salir, acudió, tomó asiento y escribió el texto recientemente aprobado.

El día 4 de febrero, por la tarde, los diputados en pleno juraron guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Al día siguiente, de mañana, D. Venustiano Carranza hizo lo propio, aunque ya no ante tantos diputados, pues varios de ellos se habían marchado a casa. Acto seguido las autoridades salieron con el texto que había sido impreso previamente, pues conforme aprobaban artículos, el texto era trasladado a la imprenta para que fuesen formando galeras, de manera que a la madrugada del día cinco ya estaba en formato grande, tal cual vemos en el Museo de Historia de Querétaro. Como decía, se trasladaron al kiosco del jardín Zenea y le dieron lectura, lo que les tomó hora y media.

Así México se dio su Carta Magna, que ha sido modelo para muchas otras en el discurso de las naciones.