Comunidad y Cultura Local
Los cines de Xalapa
Edificio del cine Victoria, que ocupó el espacio que hoy es el Agora y la terraza del parque Juárez.
Diario de Xalapa
13 de enero de 2010

Edmundo Sánchez*/Diario de Xalapa

Xalapa, Veracruz.- Las primeras vistas del cine que nació mudo se proyectaron en el teatro Variedades, situado en la esquina de Altamirano y Lucio (antes de que se estableciera la Comisión Geográfica Exploradora), luego encontraron refugio en las tinieblas del salón Victoria que al ser derribado dio acceso a la terraza del parque Juárez que mira hacia el cono nevado del Citlaltépetl y el telón rugoso del Cofre de Perote, ambos prendidos en los días soleados de la pared azul celeste, majestuosos y recargados sobre el horizonte de las frondas verdes de los árboles.

Los xalapeños pasaron de la lectura de los grandes culebrones impresos en los libros al disfrute de los mismos en las adaptaciones que hicieron los pioneros de la industria del celuloide. Los dramones lacrimógenos que el público esperaba con ansia y que se presentaban cuando los cómicos de la legua acertaban a pasar por el pueblo comenzaron a filmarse, pero los teatritos resistieron el duro golpe mientras las imágenes y el sonido fueron sumamente defectuosos. La pornografía también evolucionó, de los dibujos se pasó a las fotos fijas y éstas se pusieron en alegre movimiento con el nacimiento del séptimo arte en funciones de medianoche "sólo para hombres" y nuestros venerables y adustos bisabuelos salían secretamente de sus hogares y presas de una emoción indescriptible hacia las oscuras salas para admirar y calentar motores al compás de un can-can lucidor de piernas y de calzones envueltos en una espuma de encajes, silencioso en un principio, pero no tardó muchos años en llegar la alegre sonoridad y la música, los gritos y susurros le dieron goce no tan sólo a la vista sino también al oído, los tres restantes sentidos recibían su recompensa al rematar la función nocturna en un burdel escondido en la periferia urbana.

El salón Victoria no superó el trauma del arribo del cine parlante y decepcionado abandonó el espectáculo, se dedicó a las bebidas embriagantes y al juego con sus mesas de billar. Hace dos décadas se despercudió de su pasado borrascoso, se maquilló para recibir la bendición de la primera dama doña Carmen Romano de López Portillo y aceptó con beneplácito el alias griego de El Agora.

Con la llegada de la linterna mágica de los hermanos Lumiére y el kinetoscopio de Edison, casi todos los teatros del país se transformaron en salones de cine y en Xalapa sucedió lo mismo con el Teatro Lerdo de la esquina de Altamirano y Clavijero en cuyo foro se escenificaron los dramas de la época a cargo de las divas de entonces María Teresa Montoya y Virginia Fábregas, y los vodeviles donde las "atrevidas" vedettes María Conesa y Mimí Derba enseñaban las piernas forradas con pudorosas mayas. En contadas ocasiones desfilaban obras para públicos menos dados a lo frívolo, cursi y sensiblero. En los palcos y balcones que formaban una gran herradura oscura como boca de lobo repercutía un sonido pésimo y para tormento de los espectadores los diálogos de las películas mexicanas eran indescifrables. Había que poner en juego la intuición para adivinar lo que decían los actores.

Los jueves nocturnos de los años cincuenta del siglo pasado, en su foro, se improvisaba un ring en donde se escenificaban las rudas y sangrientas batallas del bien contra el mal personificados por los luchadores buenos y los malos, respectivamente. A la salida, verdugos y víctimas abordaban el mismo autobús y seguían su gira por los cines de la "Cadena de Oro" en las ciudades de Veracruz, Córdoba y Orizaba para complacer "al culto y respetable público". En contadas ocasiones su lunetario se cubría de fracs y de vestidos de noche y en el escenario la Orquesta Sinfónica de Xalapa le daba vida a las obras musicales de los grandes maestros.

El cine de moda de las décadas de los años cuarenta y cincuenta fue el Radio. Las películas duraban una semana en exhibición. Los miércoles las mujeres entraban gratis. Las funciones se anunciaban por medio de volantes impresos, donde "la empresa no se hacía responsable por las intermitencias de la luz y por los cambios de películas a última hora". Vivió sus días de esplendor en la época en que no había televisión, ni videos, ni videojuegos. Los domingos la mayoría de los cinéfilos acudía a la función vespertina que comenzaba a las cuatro de la tarde para ver dos películas por el mismo boleto en un lapso de cuatro horas. A la salida de la sala, a las ocho de la noche, "si el tiempo lo permitía", las familias iban a pasear por el contorno del parque Juárez; automáticamente se dividían en dos bandos, el de los hombres que circulaban en un sentido y el de las mujeres que caminaban en sentido contrario como suele suceder en la vida matrimonial. Los y las jóvenes en cada vuelta intercambiaban miradas y sonrisas como un buen principio para encuentros posteriores. La banda de música del Estado completaba la estampa romántica con el estruendo moderado de sus audiciones que se repetían las noches de los jueves, don Juanito Lomán la conducía, el mismo que fue miembro fundador de la Sinfónica de Xalapa. La ruleta humana terminaba entre las diez y las once de la noche y cada quien con su cada cual se iba a descansar a su morada o a la ajena.

Sus matinés llenan una parte de los recuerdos estudiantiles de los preparatorianos. Fueron los días dorados aunque más bien oscuros en que la penumbra era propicia para compartir con la novia el chicle caliente y ensalivado, el lengüetear al unísono de la bola de nieve de vainilla y alternar el mismo popote para sorber la pepsi y comer de una bolsa las palomitas calientes. Estas costumbres tan deliciosamente promiscuas no han cambiado entre los enamorados, excepto que el ir al cine hace cincuenta años, era un buen pretexto para, tras el biombo de la penumbra, besar y "toquetear" a la amada. Hoy los jóvenes a plena luz del día en una banca, bajo un árbol, sobre un barandal, en cualquier esquina de cualquier calle exhiben con desenfado los escarceos de su idilio y no cobran por verlos, pero a los observadores los dejan como al chinito, nomás "milando" y émulos de emoción.

Llegó la televisión en blanco y negro y el cine alucinado se desbarrancó en los negros senderos de sus salas cinematográficas. Las familias "pudientes" con orgullo presumían la posesión privilegiada de la caja electrónica y la dejaban ver a través de los ventanales abiertos hacia la calle; sobre la pantalla de cristal se alargaban, se encogían o se deformaban, cual fantasmas, las temblorosas imágenes en blanco y negro, sobre ellas descendían finos copos de nieve originados por la transmisión defectuosa y lejana de la planta retransmisora del canal 2 sembrada entre los pinos de "Las Lajas". Hubo gente vivilla que cobraba una cuota módica a los que miraban y admiraban asombrados a sus artistas preferidos actuando en esos mismísimos instantes en un teatro-estudio de Televicentro de la ciudad de México. A mediados de la década de los años sesenta la tele se perfeccionó y la gente disfrutó por primera vez los juegos olímpicos de 1968 en vivo y a todo color.

Al surgir el invento de la televisión, los empresarios cinematográficos contraatacaron con el cinemascope que se proyectó en las pantallas combas y de doble ancho, los dos cinitos de Xalapa no cambiaron el lienzo cuadrado blanco, simplemente angostaron el campo de visión en una banda larga y daba la impresión de que los espectadores veían las escenas a través de una rendija.

El cine Radio sobrevivió a la tele cerca de cuatro décadas y murió feliz, como cualquier sibarita de las tierras ardientes del Kama Sutra en un lecho de películas pornográficas que le heredó a los cines "Variedades" que colindaban con la parte trasera del palacio de Gobierno, éstos a su vez pasaron la estafeta de la pornografía a los videoclubes. El cine Xalapa de la avenida Avila Camacho tuvo en 1960 la intención de dignificar la industria cinematográfica con celuloides aptos para toda la familia, pero naufragó en el intento y hoy sirve de bodega para artículos electrodomésticos, tal suerte corrió la salita Stanley Kubrick que funcionó frente al actual cinema Pepe.

Tras un compás de espera con el advenimiento de centros comerciales, llegaron nuevos cines, los Cinemark en el centro comercial Animas que ya se oscurecieron para siempre y los Cinépolis en los centros Crystal, Museo y Plaza Américas. Una nueva amenaza se cierne en su existencia: la piratería de la que hasta la fecha han salido triunfantes, pero como si fuese un argumento cinematográfico de suspenso al estilo de Alfred Hitchcock queda la incógnita en el aire, ¿las salas lograrán sobrevivir?, ¿se salvarán, no se salvarán? La historia aún no termina.

*Colaborador