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Opinión / Columna
AMIGOS, la corrida del domingo en la Plaza México fue aleccionadora y digna de ser tomada muy en cuenta con vistas a la campaña que se está desarrollando. No es cuestión de imitar sino de abrir bien los ojos ante el estímulo que se da en España a los toreros que quieren ser figuras y ganar sueldos gordos, porque aquí hay un obstáculo que parece insalvable no de ahora sino de muchos años, el mejor aprecio a todo lo que nos viene del extranjero y poco vemos hacia dentro de nuestro país, sus logros y posibilidades. Y por fortuna ya hemos visto que actualmente contamos por lo menos con cinco toreros jóvenes que requieren de un impulso mayor y decidido para elevarlos al estrellado. Y ganado de prolongada lidia vuelve a acentuarse en nuestras vacadas, toros de buena imagen y sangre, de edad madura, dando el tiempo suficiente para obtener provecho artístico y en taquillas. Desde principios de este siglo se ha visto en nuestras plazas toros con las características propias de la crianza que les hemos dado y con un agregado, toros en constante movilidad al impulso de su sangre vigorizada para resistir y hacer valer la premisa de que mientras embista de buena o mala manera habrá oportunidad para recrear el toreo de arte. Y el domingo tuvimos una exhibición durante la segunda corrida de la Temporada Grande Capitalina, al ver toros de la vacada de Barralva como si fueran de dos ganaderías distintas por su imagen y juego. Soltaron siete astados, uno de ellos de regalo del mismo hierro y todos a excepción del quinto de la lidia ordinaria, tuvieron movilidad cumpliendo con la condición primera de las faenas, embestir bravos, mansos ó inciertos y dar ocasión al toreo poniendo en práctica nuevas maneras y dar vuelo a la habilidad e imaginación. Dos ejemplos muy significativos destacaron en la tarde soleada convertida pronto en noche, como la faena del joven José Mauricio Morett en su primero que presentó dificultades por su casta y embestida áspera al que sujetó con doblones a medio ruedo muy rítmicos y ceñidos que parecieron que el toro atacaba girando alrededor de Mauricio hasta en tres ocasiones y que sacudieron a la plaza por la decisión y fantasía en tan gallardo lance y como también lo tumbara de una certera estocada ganó una oreja, la que tiró desdeñoso y sonriente al escuchar algunas protestas de desorientados. Y algo también genial realizó el español Miguel Ángel Perera quien muy erguido y quieto citó en los medios donde ligó tres muletazos sensacionales al toro de regalo, girando solamente sobre la cintura para volver a embarcar como preámbulo de lo que sería una obra extraordinaria. Mató de una estocada defectuosa pero aun así se exigió una oreja que fue concedida. Y Fernando Ochoa tuvo una actuación plausible pero no coordinada con la suerte suprema por lo que no obtuvo premios luego de torear muy bien a su primero el cual mereció los honores del arrastre lento. Fue pues un festejo por momentos emocionante e ilustrativo y que confirmó que no hay toro que no tenga una lidia determinada y que el torero debe dársela si quiere recibir laureles. Comentarios a flazo@esto.com.mx |
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