Tulancingo
Celebrarán, mañana, Día del Ferrocarrilero
Mañana se celebrará el Día del Ferrocarrilero, hombres que no sólo brindaron transporte a numerosas personas y fuentes de trabajo, sino también proyección a la ciudad. Foto: El Sol de Tulancingo.
El Sol de Tulancingo
6 de noviembre de 2009

Por Concepción Ocádiz

Tulancingo, Hidalgo.- Del tren sólo quedan algunas vías en la región, además de la antigua estación en Tulancingo, ahora convertida en museo, en el cual hay un vagón que funciona, actualmente, como cafetería por parte del DIF Municipal.

Los días de gloria de maquinistas, fogoneros y todo el personal que trabajaba para Ferrocarriles Nacionales de México sólo permanecen en el recuerdo.

Mañana se celebrará el Día del Ferrocarrilero, hombres que dejaron gran huella no sólo en brindar transporte a numerosas personas y fuentes de trabajo, sino, del mismo modo, proyección para la ciudad y toda la región.

...Y LLEGÓ A TULANCINGO

El ferrocarril llegó a Tulancingo en 1893 (veinte años después de que el tren de Veracruz uniera a este estado con la Ciudad de México).

Los de aquella época fueron testigos del imponente silbato de bronce.

Cuando partía, se escuchaba con dos silbidos largos, muy largos; ése era el llamado para decir adiós y grandes humaredas emanaban de las calderas.

Aunque claro está, el tranvía surgió en nuestro país muchos años antes.

En 1837 se construyó el primer camino ferroviario de Veracruz a la capital mexicana. El concesionario no tendió ni siquiera más de un kilómetro, dejando inconclusa la meta.

Sin embargo, en 1873, Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada promovieron concesiones ferroviarias, y a éste último le correspondió inaugurar la línea del puerto de Veracruz hacia el Distrito Federal. El servicio público comenzó ese mismo año.

Por fin, Hidalgo tuvo sus tendidos de hierro, sus grandes rieles y durmientes que, muchos más tarde, en medio de la agonía del tranvía, los ocuparon para cercar casas e incluso sostener sus techos.

El 28 de enero de 1878 se dio la concesión a Hidalgo a efecto de construir el ferrocarril que llevaría el nombre de la entidad. El 5 de febrero de ese mismo año, el gobernador Rafael Cravioto inauguró la red Pachuca y Tulancingo con la Ciudad de México.

El 30 de octubre de 1880, el Gobierno del Estado le confirió la concesión a Gabriel Mancera para construir el ferrocarril. Trece años más tarde, en 1893, el ejecutivo estatal inauguró la línea Tepa-Tulancingo.

En tanto, ya se planeaba en todo el país constituir los Ferrocarriles Nacionales de México (Ferronales). Este hecho se consolidó en 1907.

EL CRECIMIENTO DE LA REGIÓN TULANCINGO CON EL USO DEL FERROCARRIL

Desde hace 116 años que el ferrocarril llegó a Tulancingo, cambiaron muchas cosas.

La gente ya no sólo se quedó en su casa, sino que se convirtió en parte de una sociedad demandante de mejores servicios y buscar otros destinos, aunque fuera de ida y vuelta.

Podía llegar a la capital mexicana con mucho tiempo invertido, pero a bajo costo y de forma segura.

Quienes conducían a los usuarios, mientras dormían o disfrutaban de la naturaleza en el viaje, eran los maquinistas, hombres vestidos con overol y gorra, elementos emblemáticos que convirtieron a los ferrocarrileros en iconos y motivo de grandes historias.

No podía faltar el reloj reglamentario, sostenido por su leontina (cadena). Había quien la tenía de oro; otros, con un simple cordón, pero las manecillas marcándoles la hora exacta no se soslayaba. Un segundo de diferencia era fatal.

De hecho, confrontaba sus relojes toda la tripulación del tren a fin de no tener algún margen de error. También lo hacían con los despachadores y el jefe de Estación, quienes marcaban sus órdenes con clave morse, las cuales establecían el encuentro de trenes sin que éstos se impactaran.

Antes de que sucumbieran los rieles, había quien transportaba o vendía su ganado de traspatio. Y hasta ofrecían comida para un viaje placentero.

Así que el tren no sólo fue transporte público, también de él emanaban olores peculiares, entre gallinas, guajolotes, cerdos y otros animales, además de maíz, frijol y azúcar, entre otros. El pulque no podía faltar.

Dependía del ramal (rutas) del tren. Por ejemplo, el de México a Beristáin llegaba a Ventoquipa y ahí hacía conexión con el que iba para Honey; transportaba a usuarios y carga de carbón, leña y yerbas. Los jueves se encontraban hasta burros en el cabús.

En efecto, a uno de los trenes que atravesaba la zona se le conoció como "El tren pulquero".

Huevos cocidos, tlacoyos, envueltos, gorditas, taquitos dorados, gelatinas y un sinnúmero de antojitos eran ofrecidos dentro y fuera del tren, justo en el área de la Estación del Ferrocarril, tanto en Tulancingo como en Ventoquipa (Santiago).

Asimismo, se ofrecían revistas y enlatados. Un trago de pulque era servido a quien lo pidiera en una botella. Con esto, el viaje podía empezar.

Mujeres y hombres de cualquier edad, principalmente niños, eran los vendedores, para que quienes emprendieran su viaje a la capital fueran bien comidos.

La sociedad rebasó fronteras a muy bajo precio; además, aquellos ferros o "monstruos" permitían con su velocidad moderada conocer paisajes que nunca antes se habían imaginado.

Se podía viajar en primera o segunda clase. Es decir, con ciertos privilegios o en medio del ganado. Guajolotes y otras aves andaban por los pies de los viajeros.

PARA SER MAQUINISTA SE DEBÍAN PREPARAR

"En los vagones iban los pasajeros. Y en los carros había uno especial donde se transportaba el correo y valores. Iban pegados a la máquina, derivado de su importancia para que no se extraviara nada", comenta Magdalena García, esposa de un extinto maquinista de la División México-Querétaro.

"Recuerdo que Ángel (su marido) tuvo que estudiar mucho día y noche para hacerse maquinista de camino. Él empezó como velador, limpiador, encendedor de máquina y fogonero de fijas (quien prendía las calderas en el Hospital de San Fernando que pertenecía a los ferrocarrileros como el Hospital Colonia); luego fue ayudante de superintendente".

En sí, refiere, los ferrocarrileros de aquella época se esmeraban para subir de rango.

Los máximos grados dentro de un tren era ser maquinista (manejaba la locomotora) y conductor (llevaba las órdenes al maquinista), quienes, finalmente, como jefes del tren, tenían toda la responsabilidad.

EN LA REVOLUCIÓN

El ferrocarril en Tulancingo desempeñó una tarea fundamental: unir, pero también fue testigo fiel y medio de transporte de quienes en aquellos tiempos -hace casi 100 años- eran parte de la gesta revolucionaria.

Todavía hay quien recuerda cómo se usaba el transporte a propósito de acudir a la capital del país y comprar sus productos para luego venderlos en esta ciudad.

La apreciada Chayito, la mujer más longeva de Tulancingo, dice que esos días en que el tren era todo un suceso en esta zona, había quien hasta tenía temor por abordarlo.

"Lo veían impresionante".

Además, proliferaban leyendas de los trenes. Secuestros y los robos por parte de los revolucionarios, aunque también se decía de graves accidentes.

El ferro, entonces, era ya parte del mito y del imaginario colectivo.

Paulatinamente se fue tomando confianza y fue el medio más usado, durante varios años, en todo el país.

Ya era parte de la modernidad y artificialidad -dejando a un lado los burros y mulas-, y quien no lo ocupara era porque ya se estaba quedando atrás en las opciones de transporte.

...SUBSISTIENDO

En agosto de 1999, el entonces presidente Jorge Berganza Linares inauguró el Museo del Ferrocarril, como tributo a quienes dieron toda su vida a este medio de comunicación y transporte.

Además de ser un lugar turístico y de gran importancia histórica, pues fue una de las primeras estaciones en Hidalgo y el país, el ahora museo es señal inequívoca de todo lo que el tren entregó, por muchos años, a esta región.

En él, propios y extraños pueden conocer, a través de fotomurales, de dibujos y pinturas, de las máquinas de escribir, de artefactos y muebles usados, lo que utilizaban los ferrocarrileros como herramientas y cajas, aparte de formatos que llenaba el jefe de Estación y todos quienes participaban en el ferrocarril.

Hay varias salas en este museo. Destacan, por ejemplo, la llamada "Hidalguito", donde se aprecian varias imágenes del tranvía y de las estaciones.

Resaltan, mediante un diagrama sobre la pared, las de Tepa hasta Apulco, Honey y Beristáin, pasando por Tecajete, Ventoquipa, Ahuazotepec, Tulancingo y Tortugas.

Justo hace 3 meses, el Museo del Ferrocarril cumplió una década de abrir sus puertas. No hubo celebración, ni siquiera alguna actividad alusiva a este recinto, testigo fiel del trabajo de cientos de hombres que lograron que Tulancingo floreciera.

Agosto, como esta fecha, penosamente, pasó inadvertido por el titular del área.

Nosotros, desde esta redacción, les decimos a todos los ferrocarrileros, a los vivos y a quienes ya no están: ¡Felicidades!