|
Opinión / Columna
2 de noviembre Al mediar octubre, al atardecer, rezan en las casas. Son las vísperas. Ya vienen los muertos, todos lo saben. Compraremos las flores, las velas, la fruta; ellos vuelven. Todos sabemos que es así. Las campanadas y el copal nos vuelven cavilosos y hay un raro silencio cargado de voces. Nosotros los vivos estamos muy dispuestos a entenderlos. Se preparan los incensarios, los candelabros; huele a copal y a ocote, mezclados con el olor a mole, café de olla, guayabas y tejocotes en almíbar. Todo para la ofrenda, para recibir. Porque todos esperamos a alguien. Así se dice: esperar al muerto. Porque en estos días vuelven, regresan para cumplir con su familia, o quizá, porque noviembre es el mes de las lunas más hermosas y las montañas azulean. La ofrenda de muertos es una fiesta grandiosa, porque los muertos no nos engañan como los vivos, ni nos abandonan, ni nos dejan plantados. Y es una fiesta porque nos reuniremos los de allá con los de acá. Ya por la tarde del día 2, comeremos al muerto. Comeremos la ofrenda, lo que es suyo, en silencio; porque la presencia de los visitantes permanece intensa. Llegan los hijos, los hermanos, los sobrinos, todos a convivir con las ausencias. Y nos acordaremos y beberemos a su salud entre anécdotas y chanzas por encontrarnos todos revueltos. Somos gente de tierra y en su regazo depositamos a nuestros seres amados para devolverle un poco de lo que nos da. Por eso, en este convivio de noviembre, en una suerte de consagración, se borran los límites de la conciencia y nunca como ahora nos sentimos tan cerca de nuestros amados, nuestros bienqueridos ausentes: los muertos. |
Columnas anteriores
Cartones
Columnas
|