Suplemento
Pequeños Gigantes
Este es el grupo que escribió una historia inolvidable. Foto: ESTO
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ESTO
30 de agosto de 2009

Había una vez...

Todavía se hace un nudo en la garganta por la emoción, al recordarlos, tan niños, tan ilusionados, tan humildes, tan heroicos.

Fueron 14 niños que salieron un día de Monterrey hacia el estado de Texas, inicialmente para jugar beisbol, pero posteriormente fue para vivir una aventura inolvidable y escribir una hazaña única en el deporte mexicano y mundial.

Era 1957 y Monterrey estaba llamada a pasar a la historia, cuando en el verano de ese año, un equipo dirigido por César L. Faz, emprendió el viaje por tierra, a pie y luego en avión, hasta llegar a Willamsport, Pennsylvania, para jugar el Campeonato Mundial de Ligas Pequeñas, cuyo desenlace a favor de los peloteritos mexicanos resultaría un hecho que no se ha vuelto a producir en más de medio siglo: ganar la final con un juego perfecto.

El día de la partida, rumbo a los primeros juegos eliminatorios -previa campaña de colecta para recaudar fondos para el viaje-, rostros de alegría y tristeza reflejaron lo que pasaba en torno a los niños, la mayoría de los cuales no habían salido nunca de su estado.

La orden del manager había sido tajante: "los quiero a todos con su uniforme puesto", y así llegaron al límite fronterizo de Reynosa, en Tamaulipas, donde bajaron del camión para internase en territorio estadounidense. Los uniformes, por cierto, eran los mismos que habían utilizado el año anterior, y como los niños ya habían crecido, dicen que les quedaban como de torero.

"En verdad éramos un espectáculo trágico y cómico a la vez. Catorce chamacos uniformados de beisbolistas, caminando por las ardientes calles de Reynosa, cargando bolsas de papel y los útiles de juego en una jornada que parecía incomprensible para los ciudadanos que nos veían pasar. Parecíamos más bien una caravana perdida en un desierto y en busca de un oasis escondido", refirió Faz en sus memorias ('Los Pequeños Gigantes').

Cerca del puente que divide ambos países, el equipo fue llevado por una camioneta hasta el Departamento de Inmigración Mexicano y de ahí, caminando, los chiquillos cruzaron la frontera. De aventón nuevamente, estuvieron por fin en McAllen, donde los niños recibían doble ración de comida en un restaurante que les cobraba la mitad y, luego de una nota periodística, empezaron a recibir donativos de familias texanas y 'aventones´ para que fueran a entrenar y a comer gratuitamente.

Primero tuvieron el derecho a viajar a Estados Unidos para la eliminatoria del Área 4 de Texas y posteriormente la del Distrito 16, con un total de cinco triunfos en terreno texano. De ahí a Corpus Christi. Monterrey ganó también el torneo de División con dos blanqueadas y tuvo que recorrer 600 kilómetros en autobús hasta Forth Worth. Ese día, la comida consistió, por el poco dinero que tenían, en un sándwich, un vaso de leche y una manzana. César L. Faz no comió ni siquiera eso, para darle su ración a uno de los niños más hambrientos.

Profundamente religiosos, los chicos buscaron siempre la forma de rezar en cada lugar que visitaron. Faz, el manager, dijo así, una vez que el equipo llegó por avión a Newark, Nueva Jersey, para la aventura final en Willamsport, a donde llegaron también por vía aérea:

"Mira, Señor, esos chamacos han trabajado y sacrificado tanto; han viajado muchas y pesadas distancias para llegar hasta aquí. Nos has ayudado muchísimo, y falta tan poco, que sé que no nos abandonarás ahora. Yo personalmente no tengo los méritos para pedirte un favor tan grande, pero creo que los niños sí merecen tu ayuda".

Bajitos de estatura, los niños mexicanos despertaban la admiración de la gente. "Ya tengo adolorido el cuello de tanto voltear para arriba cuando me hablan los americanos", comentó el catcher Jesús Contreras, y preguntó: "¿a poco no hay gringos chaparros?".

En el penúltimo juego del Mundial, Monterrey venció a Bridgeport (Connecticut) por 4-1. En el partido por el título, el 23 de agosto de 1957, el rival -el equipo de La Mesa- era aún más temible por su fuerza y estatura.

Y otra vez de las memorias de César L. Faz:

"Lo que salió al campo ese día no fue sólo un grupo de pequeños beisbolistas. Fue mucho más que eso. Los Pequeños Gigantes representaban el amor de sus padres, la fe de sus directores, el cariño a la Patria y los esfuerzos y sacrificios de catorce niños que estaban destinados a lograr una hazaña que jamás olvidaría el mundo deportivo". La hazaña ya había llegado muy lejos, cuando se pensaba que el viaje duraría sólo tres días y los niños ya llevaban casi un mes fuera de su casa.

EL ÚLTIMO OUT

Habían transcurrido seis entradas y Monterrey ganaba 4-0, carreras que anotó en el quinto episodio.

Macías, quien practicó un cambio de velocidad con curva durante varios meses en Monterrey, tenía el arma secreta y sacó los dos primeros outs de la última entrada, con ponche a Hanggii y al emergente Schweer. Pero faltaba lo más importante para cerrar la hazaña.

Así lo narra Faz:

"Haggard tomó su posición en la caja de bateo y se enfrentó a Ángel. Para el pequeño ambidiestro. Haggard era sólo un bateador más, pues estaba Macías concentrado totalmente en la señales de Norberto Villarreal; curva rápida en el centro de la goma, que el bateador dejó pasar. Bola rápida a la altura del pecho. Curva lenta que trató de batearle Haggard, pero que pareció que rebotaba en el suelo antes de esconderse en la manopla de Villarreal. Siguió lo que podía ser el último lanzamiento de Ángel Macías en la Serie Mundial de 1957. Curva... una tremenda curva que abanicó Haggard para terminar el primer juego perfecto que conquistaba una Serie Mundial de Beisbol de ligas pequeñas.

"Un estadio de beisbol y sus miles de aficionados se convirtieron en un manicomio de alegre y colectiva locura. La gritería era ensordecedora.

"Al llegar a la línea de la primera base, me encontré a Ángel y éste, en un gran salto de alegría, brincó a mis brazos y la fotografía de dicha celebración entre un manager y su pequeño jugador, fue calificada como la fotografía deportiva del año por la prensa norteamericana.

"... El cuento de hadas se había convertido en realidad".



"...Que vuelva a surgir la emoción olvidada y que brote nuevamente el cariño para aquellos niños, ahora hombres de bien, que un día vivieron un cuento de hadas deportivo, único e inolvidable: El de los Pequeños Gigantes"

César L. Faz, manager