Nuestra Vida
El amor sonroja
Diario de Xalapa
14 de febrero de 2009

Alejandro Hernández/Diario de Xalapa

Xalapa, Veracruz.-

Carmela

Mis manos tiemblan sin control. Me sudan. Sus ojos me miran y me traspasan, me siento igual que cuando mi madrina me ve sin camisa, tengo vergüenza y no sé de qué. Ella sigue hablando de las guayabas y de quién sabe qué tantas cosas y yo sólo la miro y la miro.

Era mejor cuando sólo le jalaba las trenzas y salía corriendo y ella me correteaba y me alcanzaba y me pellizcaba despacito, y me gritaba al oído -no muy duro- que me odiaba ¡Qué bonito me odiaba Carmela cuando tenía nueve años!

Ahora ya no me odia, me platica de las guayabas y de unos tejocotes que su mamá le pidió que comprara saliendo de la escuela y no me odia. Ya tampoco puedo jalarle las trenzas para que me odie porque ya crecimos. Ella tiene trece años y yo catorce; ni modo que andemos a las correteadas como niños.

Qué difícil es esto de crecer, qué temblorinas me agarran cuando Carmela me platica de las cosas que hace. Bueno no, no es de lo que me platica, sino cómo me lo platica. Me mira con sus ojos de agua revuelta que extrañamente parecen, a la vez, tan limpios y profundos como el agua del pozo del patio de atrás, y yo me desarmo todo. Me desguanzo como cuando no desayuno y nomás la oigo y la oigo.

¡Qué lindo platica Carmela de los tejocotes y las guayabas! ¡Qué dulces saben en sus labios cuando ella los nombra!

- ¡Pepe! ¡Eres un tonto! -Me dice ella arrugando la nariz- ni siquiera me has puesto atención. Ya mejor me voy, se me va a hacer tarde y mi mamá me va a regañar.

Sin que le pudiera contestar nada y sin meter ni las manos, la vi pararse en las puntas de sus piececitos y darme un beso en la mejilla; después se dio la vuelta en un solo pie -como la bailarina de la caja de música de la abuela- y se fue. Yo como que la vi flotando en una brisa que salía del olor de su cabello.

Alguien que nos vio me dijo, después, que parecía yo xoconoshtle de tan colorado.

Luisa

Tú la estás observando cómo atraviesa el patio de la universidad, cómo va saludando a sus amigas, al cretino ese del cuarto semestre, a la maestra que la ve de reojo abominando sus caderas firmes y sus dientes perfectos, cómo sortea con tanto arte las embestidas de los ojos de los que juegan futbol en la cancha y cómo te mira a lo lejos y alza su mano sonriéndote.

Tú, deslumbrado, estás clavado al piso viendo fascinado cómo navega -tan airosa- entre tanto pez muerto, cómo campea el temporal de miradas, de saludos, de sonrisillas celosas y cómo no se ensucia sus zapatitos de tacón con tanta baba, tanta envidia y tanta labia. Luisa es la rubia más bonita de la escuela y tú vas a ayudarla con su tarea de álgebra. Tú entiendes que eso te convierte en el teto más aplicado en esa materia, y el más inofensivo, pues no te hubiera escogido si no fuera así.

Ella llega hasta el lugar de donde no te has movido, de donde te debiste haber largado cuando ella empezó a caminar hacia ti y de donde, desde luego, no pudiste porque te salieron raíces en los pies y te volviste un árbol, un sauce que emite murmullos sólo cuando el aire pasa a través de tus hojas.

Se ríe de tu seriedad -o de tu idiotez- y te toca el hombro y se balancea en sus taconcitos suavemente, como el mar, como tus hojas de vegetal mudo y te dice, antes de irse flotando sobre la brisa del olor de sus cabellos, cosas que no entiendes: que si sabías que tu mamá y su papá bailan danzón en el mismo grupo; que qué bueno que se hayan conocido; que te verá al rato en su casa, a las cinco (cuando regrese de ir a dejar a su papá), como habían quedado y que qué guapo te ves cuando te sonrojas. - ¿Un árbol se sonroja? -te preguntas mientras la ves sonreír.

Echa a caminar balanceándose en sus taconcitos y de pronto, como las bailarinas de las cajas de música, se da la vuelta en un solo pie y regresa a la sombra de tus ramas temblorosas y te da un beso en la mejilla.

El hechizo se rompe y tú dejas de ser un sauce temblón y te vuelves hombre otra vez; pero un hombre tonto, como siempre. Empiezas a caminar para el otro lado y te tropiezas con alguien, mientras caes te das cuenta que es el director que iba rumbo a su oficina.

Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para ver el espectáculo: el viejo encima de un arbusto, como col de Bruselas; tú en el suelo y él diciéndote que el día del juicio ha llegado. El temporal de risas no desmerece la dulce sensación que quema tu mejilla y nada importa ya. Verás a Luisa a las cinco.

-Ya se puede caer el mundo con todos los directores que en él vivan. Piensas, mientras miras al hombre que te grita convertido en hortaliza. A lo lejos, doblando la esquina del salón de actos, alcanzas a ver el cadencioso vuelo de la falda de Luisa.

La reina

Don José, como le dicen todos, es un viudo de elegancia provinciana y de semblante serio que va todas las tardes a bailar danzón porque lo convenció su hija, una muchacha rubia de sonrisa franca.

-Herencia de su madre -ha dicho Don José a alguien, que le ha preguntado alguna vez.

Todas las tardes ha alternado con señoras diferentes, de las que no son asistentes asiduas, porque él va solo y no tiene una pareja de baile fija como los Orozco o los Pérez, que son matrimonios que tienen los mismos gustos y que bailan tan bien, que lo hacen como si bordaran un velo de novia con los pies.

Esta tarde es diferente. Don José parece nervioso, apuró a su hija para no llegar tarde, buscó el sombrero de lana, el de los aniversarios de boda que celebraba con su difunta esposa y se puso los zapatos de las grandes ocasiones, que no se ponía desde hace años -los mismos que lleva de viudez-.

Luisa sólo lo mira de reojo mientras maneja hasta el salón y no le pregunta nada, cuando lo ve bajarse tan apurado se baja de su auto de universitaria y de un macetero del ayuntamiento, corta el botón de una azalea blanca y se lo acomoda en el ojal del saco, modernísimo (cuando lo estrenó en el año de la primera devaluación).

- ¿Andas de novio, viejillo? -le pregunta cómplice mientras le acomoda también la corbata.

- ¡Qué cosas dices! Anda, ya vete que se te hace tarde -le contesta él, frunciendo el seño, mientras trata de esconder su turbación- y no vengas por mí, me regreso en un taxi.

Cuando Don José se para en la puerta del salón se da cuenta que nunca había reparado en lo grande que es, empieza a caminar saludando, a las señoras con una inclinación de cabeza y tocando el ala de su sombrero y a los señores, alzando la mano como candidato presidencial. Cuando su vista se lo permite -pasando más de la mitad del salón- la ve.

Su compañera de los últimos tres viernes -la que cuando suena el compás largo y él la toma de la mano, gira como la bailarina de la caja de música que él le regalara a su esposa, en uno de sus aniversarios- ya ha llegado.

Su figura es aristocrática como de reina madre, está platicando con otras señoras -que a su lado parecen más viejas de lo que son- y cuando lo ve se endereza apoyando su espalda en el respaldo de la silla. El termina por conjeturar, viendo esto, que ella en realidad es una emperatriz depuesta, que sufre su destierro con dignidad y se entretiene, mientras, bailando con plebeyos como él.

Desde su lugar ella le sonríe y un danzón vigoroso como marea de verano empieza a sonar en sus oídos, apresura el paso, casi flotando sobre la brisa que sopla hasta él y que emana del peinado victoriano de tres horas que su majestad luce elegantemente. Llega hasta ella y, sin mirar a las demás señoras, se quita el sombrero con una parsimonia añeja y se inclina, poniendo la palma abierta de su mano derecha hacia arriba, frente a su cara.

- ¿Me concede el honor de bailar esta pieza? -le dice, nervioso pero galante- mirándola a los ojos verdes-marrones, que le recuerdan a los de Carmela, una niña que vivía en su pueblo.

- Las que quiera -le contesta ella sonriendo- con todo gusto... pero ¿No esperamos a que empiece la música?

Don José se sonroja hasta las canas y se da cuenta que el danzón que él oye es su corazón, amenazando con salírsele del pecho. Ella, que no ha soltado su mano, lo atrae hacía sí y lo besa en la mejilla. Antes de separarse de él le pregunta al oído - ¿Pepe, siempre eres tan impulsivo?

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