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Opinión / Columna
¿A poco pensaron que se iban a quedar cruzados de manos mientras veían cómo se les escapaban sumas millonarias por anuncios políticos? El pasado sábado inició una campaña sin precedentes en nuestro país, o como dicen los de la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT), "y el mundo". Los 48 minutos diarios de espacio a los que tienen derecho los distintos partidos políticos y el Instituto Federal Electoral (IFE) en la radio y la televisión fueron encapsulados para que a cada hora el televidente y radioescucha se chute hasta tres minutos de mensajes de esta índole. En un desplegado, el IFE aseguró que "la decisión de agrupar los promocionales de los partidos políticos y autoridades electorales en un solo bloque comercial, así como la de interrumpir programas deportivos o de entretenimiento para ofrecer al público la transmisión de esos promocionales dentro de los mismos programas y no en los bloques comerciales normales, ha sido adoptada exclusivamente por las televisoras, pero no por el Instituto Federal Electoral". Por su parte, la CIRT se justificó en un comunicado: "Las pautas de las precampañas electorales fueron notificadas hace un par de semanas a las emisoras, cuando ya existían compromisos contractuales previos en la programación teniendo en cuenta que los tiempos y horarios de los juegos (de futbol que fueron interrumpidos el sábado y domingo) son predeterminados e imposibles de modificar". Y para rematar, alegan: "Si bien la Reforma Electoral aprobada indica que la transmisión de promocionales no costaría a los partidos, necesariamente tiene un precio o costo para la sociedad". Si analizamos estos fragmentos de lo dicho por ambas instituciones nos daremos cuenta de que "el orden de los factores no altera el producto" pues el único afectado, ¡qué raro!, es el público. Tanto el IFE como los partidos políticos creyeron que con la Reforma Electoral del 2007 ya se habían librado de pagar, pero ahora se dan cuenta de que las televisoras tienen un poder que ellos mismos les han dado durante décadas y no permitirán que sus mejores entradas se vengan abajo por pequeñeces; cumplen con lo predispuesto por la ley, pero a la vez logran que el ama de casa que ve su telenovela, los padres de familia que suelen gritar con el futbol, el joven que disfruta de una buena serie y hasta el niño que ni siquiera tiene edad de votar pero le interrumpen sus caricaturas, odie más las estructuras de una democracia, o como dijo Mario Vargas Llosa: "dictadura perfecta". |
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