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Opinión / Columna
Las diferencias se dirimen con los puños, cuando son insalvables, cuando se defiende una vocación, o cuando se tiene hambre de triunfo, de igualdad, de ser. Cada quien libra sus guerras como puede, con lo que tiene. Alí, el campeón, el sorprendente, siempre lo entendió así. Quizá por eso cuando intentaron darle otra arma que no fueran sus puños, se negó, no quiso aceptarla. A veces se pelea porque no queda otra, por sobrevivir, por demostrar. Pero los puños son una cosa y las balas otra, pero muy distinta. Clay lo sabía, lo supo siempre. Por eso no participó en la infamia, por eso su rebeldía, su negación. Vino la marginación, la cárcel. -¡Apátrida! ¡Traidor!- Nunca lo fue. A cambio escribió una leyenda no superada, intemporal. Las diferencias se dirimen con los puños. Las armas las empuñan los cobardes o los ambiciosos de poder. Alí, Clay, nunca peleó para ellos. Sus armas eran otras; un par de guantes y un ring como campo de batalla. Y ahí siempre fue un ganador, no había necesidad, nunca la tuvo, de demostrarlo en otra forma. |
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