Opinión / Columna
 
Alejandro Díaz 
La incertidumbre de las elecciones
El Sol de México
7 de febrero de 2012

  Uno de los aprendizajes más importantes en esta vida es saber tomar decisiones. Quizá sea más fácil vivir dejando que otros las tomen por nosotros, pero quien quiera realmente realizarse tiene que saber tomar las decisiones que marcan el destino. Por eso, a cierta edad los seres humanos se independizan de sus padres para tomar sus propias decisiones. No querer tomarlas significa no querer crecer, y por tanto no ser capaz de desarrollar todas las capacidades.

Al igual que como personas tomamos decisiones personales, las comunidades deben asumir las que les corresponden. Así como las personas asumen su independencia al llegar a la madurez, las comunidades de todo tipo, de municipios a estados, a su vez deben asumir su responsabilidad común y llevarla a la práctica. Sólo los pueblos que no han alcanzado la madurez prefieren un presidente vitalicio, un hombre fuerte o un dictador antes que correr el riesgo de elegir a un candidato, que quizá siendo carismático y atractivo, no se sabe con certeza sus reacciones frente a los problemas que tendrá que enfrentar.

Esa es la primera incertidumbre de la democracia, pero no es la única ni la más importante de los procesos electorales. El resultado de ninguna elección puede darse por seguro mientras no termine el debido proceso, y en muchos casos no sólo cuando el conteo de votos haya terminado, sino después que los tribunales hayan resuelto todas las inconformidades. Ninguna encuesta durante la campaña puede decir con certeza que el candidato A o el candidato B tiene seguro el triunfo; las encuestas son herramientas valiosas que marcan tendencias, pero no predicen los comportamientos. La encuesta definitiva es la del día de las elecciones, todas las demás no pasan de ser estimaciones, unas acertadas y otras no. El valor de que el resultado de las elecciones sea incierto obliga a los candidatos a trabajar para ganarse el cariño y el aprecio de sus conciudadanos.

Cuando un candidato confía en que su posición puntera le dará el triunfo, cae en el mismo error del general que considera que va a ganar la siguiente batalla porque hasta el momento nunca ha perdido una. Así perdieron Jerjes en Maratón, Napoleón en Moscú y Hitler en Stalingrado. Batallas y elecciones tienen que ser peleadas hasta el final.

Al igual que en el campo bélico los contendientes no pueden confiarse de su superioridad militar o numérica. Candidato que confía en obtener el triunfo porque va arriba en determinado momento en las encuestas se encamina a una derrota humillante. En el campo electoral hay multitud de ejemplos: en el 2000 vimos como en Estados Unidos ganó un candidato cuando todos los comentaristas y todas las encuestas le daban el triunfo a quien perdió; también en México ya vimos como en las últimas dos elecciones presidenciales el candidato al que se daba desde un principio como triunfador, y que encabezó las encuestas durante varios meses, al final no triunfó, en un caso por diferencia considerable y en el otro por la mínima.

¿Fallaron las encuestas? ¿Falló la estrategia? ¿No se consideraron todas las posibilidades? Seguramente no hay una sola respuesta, sino la combinación de varias, incluyendo la excesiva confianza del equipo que se sentía ganador y la astucia del equipo que finalmente se impuso. Por eso afirmo que la incertidumbre es un aspecto del proceso electoral que no se puede dejar de lado. Hacerlo es convocar a la derrota.

Los comentadores que festinan el triunfo de uno u otro candidato a la Presidencia a cinco meses de distancia se equivocan al creer que las elecciones son procesos lineales y predecibles. Cinco meses es un largo tiempo donde todos los candidatos -y sus equipos-, pueden cometer errores y tener aciertos, inclinando las preferencias hacia un candidato u otro. Deben recordar la incertidumbre del proceso.

Las encuestas no son perfectas y no garantizan el triunfo, marcan eso sí tendencias cuando están hechas profesionalmente y la muestra es correcta en tamaño y composición. Pero de ninguna manera aseguran resultados. El candidato que se confíe en su sólo indicio corre el riesgo de ser víctima de su propia inocencia al no reconocer la incertidumbre de las elecciones.

alediaz@elsoldemexico.com.mx
 
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