Opinión / Columna
 
Derrotero 
Fernándo Amaya Guerrero 
Orden
El Sudcaliforniano
7 de noviembre de 2009

  En su edición de ayer viernes, este periódico publicó una nota firmada por el reportero Gustavo Alonso Alvarez que nos entera de lo siguiente: La delegada de PROFEPA en el Estado, Maritza Muñoz Vargas, puso orden en esa institución, cesando a tres empleados por la pérdida de confianza, como acción inicial hacia el desempeño de una tarea donde las influencias naufragan.

La delegada, dice la información, ha sido conceptuosa, y en ese tenor ha establecido que las acciones emprendidas han sido en base en demandas interpuestas que inicialmente son investigadas a profundidad, para, una vez comprobadas las denuncias, actuar de acuerdo a la ley.

En estas acciones, se hace saber a la sociedad: la delegación, una vez comprobada la procedencia, ha actuado contra el estado, los municipios, e inclusive contra la misma institución, como lo prueba el hecho de haber sido destituidos tres empleados.

"Hemos investigado todas las denuncias y hemos actuado con pruebas contundentes y seguiremos haciéndolo", aseguró la delegada, que ha tenido la capacidad, dados los resultados, para elevar el presupuesto y contratar personal que estaba faltando a la delegación.

Sostiene la delegada de PROFEPA una tesis que debiera ser norma en todas las dependencias públicas de todos los poderes en el país: "En PROFEPA -dice-, no se hacen favores, se hace trabajo".

Esta es una expresión fácil como tal. Es en cambio, representativa de una acción que llega al ideal y que cualquier sociedad del mundo sueña con tenerla en el seno de sus organizaciones tanto gubernamentales como particulares.

No hacer favores equivale a privilegiar la equidad y centralmente la honestidad, la legalidad, independientemente de colores de siglas, de partidos, de calidad social y económica.

¿Persigue esta dama -me pregunto-, un ideal de este tamaño?

Pudiera ser desde luego. No la conozco, no sé nada de su persona, pero es claro que su expresión, y acaso su acción también, son parte esencial de una política que hace falta en el país. Trabajar sin dilación es tarea que riñe con el burocratismo. Hacerlo sin distinción de personas es acto justiciero de una oficina pública dedicada estrictamente a servir a la comunidad, por cuyo empeño, la misma comunidad paga sueldos decorosos y en forma puntual.

Lectora, lector:

Cuando un invitado ha sido contratado por el estado para el desempeño de una tarea, debe sentirse afortunado y muchas veces agradecido con la vida. Los tiempos que vivimos están cargados de angustia, porque muy frecuentemente, como ocurre en estos años, la economía mundial que dicta acciones y establece programas, se inclina hacia los despidos masivos, como ocurre ahora en nuestro país.

Si en una situación tranquila, de plena normalidad, cuidar el trabajo es una obligación insoslayable, porque de allí surge el alimento, la educación y el confort de la familia, imagine usted cómo será de urgente sostenerse en el trabajo cuando la situación es adversa en todos los frentes, como sucede ahora.

Los mexicanos que tienen la fortuna y la gran responsabilidad de encabezar una tarea, como es el caso de esta dama, deben ser escrupulosamente cuidadosos y defender su permanencia con uñas y pies, en la única forma justa legítima y honrada: Trabajando y devengando en justicia lo que se les entrega cada quince días.

La fórmula no es difícil. Solamente demanda educación que es decir buena formas. Tener ambiciones es justo y plausible. Ser ambicioso ya es otra cosa. Aquello nos invita al estudio, al trabajo, a la puntualidad. Lo otro, nos sugiere que robemos, que defraudemos y que nos olvidemos de que algún día hemos de rendir cuentas lo que también sucede con frecuencia, tanta frecuencia, que por eso está el país como está.

Ojalá que los propósitos anunciados y ejecutados en el caso que hemos comentado, se multiplicaran tantas veces como demanda un país en la ruta del progreso, en convivencia fraternal y solidaria, donde el estudio, la preparación del individuo, el alimento materno, y una nalgadita de tarde en tarde, siempre a tiempo, son pilares que sostienen de pie a la gente decente.

Por cierto, amigo lector, siempre estamos ponderando el valor de la familia mexicana. Ello nos lleva ahora a preguntarnos: ¿Todos esos funcionarios ladrones, defraudadores, mentirosos y corruptos que padece la República, donde tuvieron su origen? ¿No acaso en el seno de una familia honrada? ¿Cuándo y por qué torcieron el camino y se olvidaron de su patria?

Lector:

El día 31 de octubre, cuando el doctor Américo Alatorre Ozuna habló con motivo de la instalación del Parlamento Ciudadano de México, dijo inicialmente:

"Hoy 31 de octubre de 2009, inicia una nueva etapa en la historia de México, porque hoy, la ciudadanía libre y democrática de nuestro país ha decidido integrar el primer Parlamento Ciudadano de México. No se trata de un nuevo partido político, ni de una organización no gubernamental, ni de una estructura con tendencias políticas definidas o con orientaciones dogmáticas o religiosas preestablecidas; se trata de la unión de ciudadanos libres, miembros de organizaciones y asociaciones sociales, que se integran en una sola estructura, a título personal representando a los 32 estados del país en una nueva y única manifestación pública, política, pacífica y libre, que establezca desde el punto de vista de la sociedad, la posición y rumbo que queremos que lleve nuestra nación para su propio futuro. El país se encuentra inmerso en innumerables problemas económicos, políticos, sociales, y todos, todos tienen repercusión en la sociedad; somos los que mantenemos a este país, somos los que pagamos los sueldos y prestaciones de todas las estructuras gubernamentales, llámese los tres poderes de la Unión, somos los que hemos definido qué tipo de gobierno hemos querido a través de la historia, somos los que hemos decidido quienes son los que actualmente detentan el cargo en el gobierno iniciado por el ciudadano presidente de la República, en suma, los mexicanos, el pueblo mexicano es el dueño de México y por lo tanto, tenemos todo el derecho que nos ampara la Carta Magna de decir y decidir qué queremos y necesitamos para nuestro propio futuro".

Reflexionemos, lector: ¿No es acaso un toque de atención, el primero, el más serio quizá, que se le ofrece a la clase gobernante? Escucharlo o no, es su potestad, la potestad de la clase gobernante. Lo otro, es nuestra potestad como pueblo, ¿verdad?
 
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