La Paz
Una mirada a "La Otra"
Este pequeño adoptó la figura del Subcomandante Marcos como un paradigma a seguir, y a su edad ya participa en 'La Otra Campaña". Foto: José Luis Villafuerte / El Sudcaliforniano
El Sudcaliforniano
14 de octubre de 2006

Gustavo Alonso Álvarez / El Sudcaliforniano

La Paz, Baja California Sur.- Escoltado por dos motociclistas de la policía municipal y una unidad de la PFP llegó a El Centenario el convoy de la Otra Campaña, Marcos el delegado Zero a bordo de una voyager con placas de la capital del país, bajó libreta en mano, con la pipa en la boca a través de la máscara de delgada tela negra que esta vez sustituyó al pasamontañas ante el caluroso clima, la mirada del rostro cubierto que ha dado la vuelta al mundo como símbolo de izquierda y anticapitalismo es inconfundible, el Subcomandante con uniforme café, el de desierto, una gorra roída por las pacíficas batallas, su diadema auricular y esperado por una comitiva pequeña pero no menos comprometida con las ideas revolucionarias del guerrillero, le dio campo bajo la sombra de un tamarindo, donde una mesa de lámina con un mantel tejido sirvió para que se apoyara el personaje alistándose para tomar nota del parecer de la gente, en las memorias del diario de un insurgente. Sergio Rodríguez hizo las veces de un maestro de ceremonias en la coloquial reunión, donde su padre fue el primero en narrar una historia de impunidad, de ejidatarios despojados, de tráfico de influencias, represión, de presos políticos, como hay muchas en el país. Marcos hacía sus apuntes tras prender su pipa con un Vick color azul, el gesto de sus ojos, serio, atento enmarcado por el humo del tabaco quemado y la mirada rumbo a su libreta, empuñando una pluma cualquiera hacía recordar la estampa de fotos publicadas por todas partes, plasmadas en camisetas, en afiches del EZLN ponderando la estrella roja; la doña de la casa ejidal le puso un vaso de cristal, de esos de veladora con agua de jamaica, el cual no bebió y sólo tocó para convidarle a un niño que acompañaba a su abuela, una aguerrida ciudadana de El Centenario.

El desfile de inquietudes al micrófono era simplemente contra gobierno, de todos colores, de todos niveles, de todos lugares del país. Brillante, aunque extensa, fue la participación de un mocoso, como el mismo se llamó, que con 16 años y poca corpulencia, mucha cabeza y más corazón habló de una locura, de resistir hasta el final contra el sistema porque recordó: "Estamos jodidos", el delegado lo miró con atención y por un minuto dejó de escribir, prendía la pipa una vez más y regresaba inclinado en la mesa a ocuparse de su libreta.

Alrededor, atentos, como modernos discípulos de un salvador, estaban los asistentes y las cámaras mayormente de los medios alternativos, era una convención de camisas de manta, de pantalones cargo con camuflaje, de playeras de Zapata, de pelos rasta, de perforaciones y tatuajes, de pulseras de colores y chicas de ojos muy claros con vello crecido en las axilas, señas del perfil promedio de muchos de los presentes entorno al tamarindo.

De vuelta al micrófono, un hombre moreno de media estatura y gafas de aumento saludaba en purépecha con el morral tejido cruzando su pecho, todos, media docena de oradores, había hablado con el corazón acelerado, con anhelo y rebelión en los ojos, con hambre de organización y acciones, con ganas de recibir órdenes para ir a la lucha, la que sigue siendo pacífica e ideológica, cada vez, menos utópica.

Afuera la camioneta de la PFP patrullaba de manera permanente la cuadra, le daba vueltas y vueltas, cerca de la entrada un agente de gobernación tomaba nota; una perra parida miraba a los extraños, ajenos a su terreno, fue a atravesarse entre las cámaras y justo a los pies de Marcos decidió echarse y tomar reposo, mientras él seguía atento, seguía en sus notas y le salía humo de entre la máscara, en tanto el siguiente expositor, un periodista independiente exigía a gritos a los medios un diezmo social y no al chambismo, todos -decía- deben abrir espacio abajo y a la izquierda; Marcos nunca aplaudió, al final tocó su turno, se puso de pie y habló sereno, de pillerías de los gobiernos, de las ideas de sacar a los políticos todos del poder, de organización, de unidad, de despojo, de naturaleza agredida y de tierra por defender, de esa otra campaña, las palabras del delegado hicieron que los pocos presentes, salieran bien convencidos, más motivados, enfilados a una lucha legítima, a la rebelión futura, incierta, cercana aunque increíble y en todas formas romántica, una locura de corazón.